Sevilla abril 2026
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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
De interactuar en Internet a conocernos en persona
Chateando en la red contacté con una
mujer de 38 años. Después de seis meses intercambiándonos mensajes,
decidimos dar el paso de conocernos en persona. Ambos estábamos casados por lo
civil, pero pasábamos de juzgado para tramitar los divorcios. Ninguno de
los dos teníamos hijos, lo que ayudaba a más libertad. Su esposo y mi esposa
eran personas liberales, por lo que también "se lo montarían a su modo".
Pero eso no nos importaba, porque nosotros íbamos a lo nuestro.
En el Facebook se hacía llamar pe, pero su
verdadero nombre era Pepa. Y, aunque sabíamos nuestros apellidos, esto
era algo que no interesa a esta historia. Por cierto, yo me llamo Alberto y tengo
40 años.
Nos citamos una tarde para tomar algo, y así ver si nos gustábamos en el
trato y en el físico. En realidad, no sabíamos qué nos íbamos a encontrar.
Conocíamos nuestra marcha cibernética, y a veces nos tocábamos las intimidades más íntimas con fotos de desnudos de nuestros cuerpos desnudos, que nos enviábamos vía
privado, acompañadas de palabras picantes, que contribuían a calentarnos más.
Pero no conocíamos nuestros rostros ni nuestra voz.
Llegué a la cafetería en la que quedamos y la localicé pronto, ya que me dijo
que llevaría un pañuelo azul en cabeza. Y allí estaba ella, sentada en un
taburete de la barra. Era morena, y no iba vestida provocativa: blusa
larga azul, zapatos de medio tacón y pantalón azul; pero eso sí, ajustado. Su blusa
dejaba ver un apetecible canalillo. Podría decirse que en conjunto era una
mujer atractiva. Me gustó a primera vista.
Y, además, tenía un algo especial. No sabía si eran sus ojos o su boca, pero me
embobaba y, al vernos, conectamos pronto. Después de tomar un café y de hablar
un poco, nos fuimos a un motel de a las
afueras de la ciudad, que previamente había reservado yo un cuarto. Entramos y después de superar los primeros momentos de pudor, empezamos a besarnos; primero
tanteando, después con más intensidad, lengua suya serpentosa incluida.
Me di cuenta enseguida de que le urgía sexo. Mis ojos se iban a sus tetas,
cuyos pezones se traslucían a través de la blusa, tan afilados que parecían
lanzas atravesando la tela del sujetador. La empujé suavemente hacía la pared,
y botón a botón le abrí la blusa, que no la dejé caer. Acaricié sus tetas por
encima del sostén. No eran grandes, pero no los abarcaba con una mano.
Deslizaba mi mano por su cuerpo, y ella, impetuosa, buscaba mi pene.
Mi mano bajaba por sus muslos hasta llegar a su vagina, dejando al descubierto
un poblado pubis. Me puse en cuclillas y lamí su mirto, pasando a
lengüetazos. Sentía que mi pene crecía, así que o metí en su vagina y
empecé con un mete y saca repetido, como calibrando su calentura sexual. Y de
nuevo me percaté que estaba famélica de sexo. Me pedía con los ojos y con la
voz que me dejase de ensayos y que la penetrase.
Aún estaba vestido, pero con el pene erecto. Quería trabajármela despacio, al menos la primera vez, !ya tendríamos más", me dije, cuando su mano se
iba a mi pene. Pepa estaba a punto del primer orgasmo, mientras le
mordisqueaba los pezones a través del sujetador. Pero, de pronto, me apartó y
empezó a devorarme, como posesa, deleitándose en mi pene.
Estaba lanzada, lo que hacía lanzarme más a mí. Le daba la vuelta, la ponía de cara
a la pared, le bajaba las bragas y le daba cachetes en su redondo y duro trasero. Su
blusa caía, y con los dientes le desabrochaba yo el sujetador.
Y aparecieron dos redondos pechos con pezones rosados, que hasta ahora
no había visto. La tenía desnuda frente a mí, cara a la pared. Dejé caer mi
pantalón, y mi pene salía brioso de mis bragueta. Se lo puse en el agujero
negro. Antes sólo lo había sentido a través del pantalón, pero ahora lo tenía en el ano. Mi lengua lamía su cuello, rogándome Pepa que la penetrase de una vez,
pero como yo estaba enfrascado en mi lujuriosa tarea, nerviosa se volvía hacia
mí y gritaba suplicante y repetido:
—¡Hazme el Amor ya, hazme el Amor ya!
Con sorpresa para ella, con su sujetador le até las manos a la espalda. Y esto
le gustó. Después, la tumbé en la cama
con el trasero en pompa. Y también le gustó. Acabé de desnudarme, y metí mi erecto tallo en su hambrienta orquídea.
—¡Empuja fuerte! -gritaba como una condenada.
La tenía a mi merced: manos atadas, trasero en pompa y pidiéndome que empujase más el pene. Y la penetré, la hice mía. Y tanto gozamos que al siguiente día nos
vimos de nuevo. Y, sin apenas hablar, directamente al motel.
Y a partir de ese día, nueve meses ya, nos vemos dos veces a la semana y nos
acostamos. Paca no quiere cena, ni copas, ni cine, ni discoteca... ¡Sólo quiere cama!
Pero, con el paso de las citas, me daba cuenta de que no sólo tenía
carencia de sexo, también de cariño. Tanto llegamos a congeniar y a desearnos
que hasta llegué a pensar que era la mujer de mi vida. Y, en realidad, lo era,
porque, entre otras cosas, deliciosas para nosotros dos, ella estaba abandonada por
su esposo y yo por mi esposa.
Al año de nuestros rituales encuentro le propuse que nos divorciásemos de nuestros cónyuges y nos
fuésemos a vivir juntos, e incluso hasta que nos casásemos. Ella me miró escéptica, me sonrió
irónica y sabiamente me respondió, como sólo lo sabe hacer una persona
realista:
Siento que te quiero y te deseo como nunca he querido y deseado a nadie, y
jamás te seré infiel. También siento que tú me quieres y me deseas. Pero se
supone que ambos tenemos la suficiente experiencia en este asunto como para deducir que la convivencia diaria es la asesina de la pasión, por lo que tu propuesta podría ser el principio del
fin de nuestra historia. Y dicho esto, ahora soy yo la que te propone
que sigamos como estamos, que podemos permanecer juntos mucho tiempo.
