Notario nuevo en mi pueblo"Un dios de la fe” era el nuevo y joven notario en mi pueblo serrano. En realidad, era un hombre atractivo: de alta estatura, moreno, ojos verdes: un porte impresionante
Además de todo eso, le complacía destacar en todo ámbito y ambiente, incluso ruines; estar en la primera fila de todos los acontecimientos del pueblo, presidir todos los actos públicos, ir al frente de un cortejo para recibir a alguna celebridad de la ciudad de Sevilla, y dejar caer su parla, elocuente en verdad, con cualesquiera de ésos motivos.
Su padre era millonario, pero de baja extracción. Había asistido a los mejores colegios, y sabía manejar las prerrogativas de ser el único heredero de una gran fortuna.
El notario era, pues, adinerado y no necesitaba trabajar, pero quería sumar al brillo de su dinero el lustre de un alto cargo oficial que empavonase su ego hasta borrar su imagen de sangre plebeya.
Se avergonzaba de sus orígenes y hasta trabas vería en ellos para ser el día de mañana el presidente del gobierno.
Lo que yo le negaba era que fuese de la talla suficiente como para enamorar a a mi ex esposa. Ahora, quizá, la vida de mi ex esposa transcurra feliz a su lado. Pero yo podía haberle dado más en un minuto que él en toda la vida.
Porque en el supuesto de que su vanidad de un hombre superior haya permitido esconder a mi ex esposa, ahora su esposa, los desagradables incidentes que le ocurrió conmigo, no es sino una repugnante generosidad de hombre comprensivo con una afectación falsamente cristiana y con la desdeñosa ejemplaridad de una vida recta, pero con "ciertas" concesiones.
¡Joder, se puede mutilar El Giraldillo, en un acto de locura; o incendiar La Catedral, en una ansia por figurar; o arrojar La Torre del Oro sobre el Guadalquivir, por esnob, pero no se pueden convertir en una casa de vecinos!
A Chávez LópezSevilla abril 2026