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El pudor de Rosa

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

El pudor de Rosa

Era una mañana como cualquier otra de invierno, con un cielo teñido de gris que anunciaba  lluvia.

Rosa se levantó temprano, como en ella era costumbre. Pero esa mañana había algo distinto. Sentía una ligera presión en el pecho, una incomodidad que no podía explicarla del todo. Tal vez era el recuerdo de lo ocurrido la noche anterior, cuando en una reunión con amigos dijo algo que ahora le parecía embarazoso.

El pudor se manifiesta así: es una sensación personal silenciosa que, aunque no la menciones, te acompaña a todas partes como una sombra. 

Rosa repasó mentalmente cada palabra que dijo, cada mirada que hizo y cada mirada que había recibido, cada sonrisa que interpretaba como un gesto de burla. ¿Exageraba? Probablemente, pero el pudor rara vez escucha razones.

En el trayecto hacia su trabajo, decidió detenerse en su cafetería de siempre. Quería darse un pequeño capricho: un café con leche calcio y un croissant con mermelada de fresa y mantequilla. Mientras esperaba su pedido, sentía cómo el pudor volvía a atacarla cuando el camarero le dijo: "¡Rosa, hoy estás guapísima!". No supo reaccionar; su mente, siempre rápida para ver las cosas de un modo negativo, pensaba que tal vez lo decía por cortesía o, todo lo contrario: una burla encubierta.

El día transcurría entre tareas laborales y momentos de introspección. En su oficina, Rosa intentaba mantenerse al margen de las conversaciones grupales. Sabía que, en el fondo, su timidez era la que alimentaba su pudor, pero no podía evitarlo. Su compañera del trabajo, Manuela, se percataba de su actitud retraída y le preguntaba: "¿Te encuentras bien?". Rosa respondía con una sonrisa breve, pero por dentro se sentía expuesta y triste.

Por la tarde, Rosa tenía que asistir a una presentación en público; algo que normalmente la ponía nerviosa. Había ensayado durante toda la semana, pero a detenerse ante la gente, sentía que sus palabras quedaban atrapadas en su garganta. En ese momento, el pudor no sólo se manifestaba como una emoción, sino también como una barrera física. Cada tropiezo en sus palabras era un recordatorio de su temor a los juicios ajenos.

Empero, algo cambiaba al final del día. Mientras regresaba a su casa, veía una niña que jugaba sola a la comba. La pequeña sonreía con una libertad que Rosa no recordaba haber sentido nunca. Ese momento la hacía pensar: 

“¿Por qué permito que el miedo al qué dirán controle mi vida?”.

Esa misma noche, Rosa tomaba una drástica determinación. Se prometía a sí misma que iba a aprender a vivir con su pudor, en lugar de dejarse dominar por él. Sabía que no era fácil, pero entendía que el pudor, igual que otras emociones, era parte de su humanidad, y no una sentencia.

Y así, con esa tan significativa resolución, Rosa se sentía más ligera. Tal vez al día siguiente podría enfrentarse al mundo con menos miedo y más valentía.


A Chávez López
Sevilla abril 2026

 :)
 

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