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Baja autoestima

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

Baja autoestima

La baja autoestima es muda. Tampoco se presenta como una voz que diga “no vales”. Simplemente se filtra en los silencios, en las comparaciones automáticas, en esa manía de pedir perdón incluso cuando no hay culpa.

Para Lorena, ese eco lo acompañaba desde que tenía memoria.

—¿Por qué nunca hablas en las reuniones? -le preguntaba su compañera de trabajo Sonia una tarde mientras salían de la oficina.

Lorena se encogía de hombros, pero respondía:

—No sé… Es que los demás siempre tienen mejores ideas.

Sonia la miraba y le decía:

—¿Mejores según quién?

Lorena no contestaba porque esa pregunta lo incomodaba. No sabía según quién. Sólo sabía que, de algún modo, siempre sentía que llegaba tarde a todo: a la inteligencia, a la seguridad, a hacerse notar…

Desde niña había aprendido a medirse con otras. En la escuela, cuando su profesora le daba el resultado de los exámenes, Lorena miraba primero la nota de las otras compañeras colegialas antes que la suya. Si alguno de ellas sacaba más nota, su resultado se volvía pequeño, insuficiente.

—Has sacado un ocho. Está nota es muy buena, Lorena -le decía su madre.

—Sí, pero Alejandra ha sacado un diez -respondía ella.

—Bueno… Siempre hay alguien que sobresale -respondía la madre.

Lorena asentía, pero no lo entendía. En su cabeza, “otra alumna con más” significaba automáticamente “yo con menos”.

Ese patrón la seguía hasta la adultez. En la universidad, evitaba levantar la mano, incluso cuando sabía la respuesta. En el trabajo, prefería pasar desapercibida antes que arriesgarse a equivocarse. El miedo no era al error en sí, sino a confirmar lo que ya creía: que no estaba a la altura. Se equivocaba por temor a equivocarse.

—Lorena, ¿puedes presentar tú el proyecto mañana? -le preguntaba su jefe inmediato una mañana.

Sentía la indecisa Lorena un nudo en el estómago.

—Jefe, creo que sería más conveniente que lo haga Laura. Ella se expresa mejor.

Laura, que estaba sentada frente a ella, alzaba las cejas.

—¿Eso lo has dicho porque no quieres hacerlo tú?

Lorena bajaba la mirada, pero respondía:

—No. Lo digo porque es la verdad: tú eres mejor.

—¡De eso nada! -respondió Laura con firmeza-. Sólo soy distinta, no mejor.

La palabra “distinta” se le quedó a Lorena dando vueltas en la cabeza durante todo el día. Nunca se había permitido pensarse así. Para ella, las personas no eran distintas; eran superiores o inferiores. Y ella sabía en qué lado se colocaba.

La falta de autoestima no nace de la nada. Nace a partir de experiencias repetidas, de críticas constantes, de comparaciones, de expectativas imposibles… A veces, basta con una frase dicha demasiadas veces.

Lorena recordaba perfectamente bien la voz de su profesora de secundaria:

—Lorena, podrías hacerlo mejor si te lo propusieras.

Y lo decía con buena intención, pero Lorena sólo escuchaba: “no eres suficiente como eres”.

Una noche, durante una cena familiar, su padre comentaba:

—Uno de las hijas de mi amigo Pedro, precisamente la más pequeña, ya tiene su propio negocio.

Lorena sentía cómo el pecho se le cerraba.

—¡Qué bien! -decía, con intencionado énfasis.

—¿Y tú, Lorena? -le preguntaba su tía carnal-. ¿Cuándo vas a hacer algo grande?

Lorena sonreía, pero por dentro algo se rompía un poco más.

“¿Algo grande? Como si todo lo que he hecho hasta ahora no contara”, pensaba.

Más tarde, en su dormitorio, hablaba consigo misma en voz baja.

“Tal vez tienen razón. Tal vez yo no soy tan capaz”, se decía.

Esa trampa es la más cruel de la falta de autoestima: convierte opiniones externas en verdades absolutas. La persona deja de preguntarse quién es y empieza a preguntarse qué le falta.

Un día, otra compañera del trabajo, Clara, lo convencía para que asistiera a sesiones de terapia.

—Pero no porque estés mal -le aclaraba-, sino porque tienes la necesidad de entenderte.

En la tercera sesión, la terapeuta le preguntaba:

—Lorena, ¿qué es lo peor que crees de ti?

Lorena dudaba.

—Que soy menos interesante, menos inteligente, menos valiosa…

—¿Menos que quién?

Lorena se quedada en silencio. Esa pregunta aparecía otra vez, como un espejo incómodo.

—No lo sé… Supongo que menos que los demás.

La terapeuta lo miraba fijamente y sonreía:

—¿Te das cuenta de que “los demás” no es una persona real?

Esa frase descolocaba a la ofuscada Lorena. No había pensado en ello. “Los demás” era una suma borrosa de expectativas, de comparaciones y de miedos. Una competencia infinita ante la que siempre iba a perder.

—La falta de autoestima -seguía la terapeuta- no significa que seas inferior. Significa que no te valoras.

Lorena sentía un nudo en la garganta, y seguidamente preguntaba a la terapeuta:

—¿Y cómo se deja de hacer eso?

—Cuestionando esa voz. No silenciándola, sino preguntándole: “¿De dónde vienes?” y “¿Eres justa conmigo?”.

El proceso no era inmediato. Había días en los que volvía a sentirse pequeña. En los que una mínima crítica la desarmaba. Pero también había días nuevos prósperos.

En una reunión de su empresa, Lorena hablaba. Su voz temblaba, pero hablaba.

—Creo que podríamos intentar otra estrategia -decía.

Se producía un silencio breve. Luego, su jefe asentía y decía:

—Esa es una buena idea.

Nada extraordinario ocurría. Nadie aplaudía. El mundo no cambiaba. Pero dentro de Lorena algo se movía.

Más tarde, Laura le decía:

—¿Has visto? No te has desintegrado.

Lorena reía nerviosamente y respondía:

—Es verdad, no me he desintegrado.

—Nunca lo haces -le decía Laura-. Sólo te escondes antes.

Esa noche, cuando llegó a su casa, Lorena se miraba al espejo. No veía a alguien superior. Tampoco inferior. Veía a alguien humano, lleno de dudas, pero también de posibilidades.

“¡Tal vez no soy menos! -decía en voz alta-. ¡Tal vez sólo me convencía de que lo era!”.

El eco seguía ahí, pero ya no dominaba el silencio. Y por primera vez, Antón sentía que podía responderle.


A Chávez López
Sevilla feb 2026

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