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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Carla escritora
Era jueves y todos los alrededores del mercadillo “Jueves Macarena” (típico barrio de la ciudad de Sevilla), se hallaban llenos de vendedores y compradores. Y en el famoso y pintoresco bar-restaurante “Sevilla es especial”, punto de encuentro de escritores, no cabía un alfiler. Saludé a algunos mientras el portero me abría la puerta.
—¡Oh, me alegro de volver a verla, señorita Carla; está usted guapísima! -se inclinó reverencioso-: el señor Chalop la está esperando.
—Gracias, Arturo. Eres muy amable.
También me saludó el maître, y después lo seguí hasta la mesa que ocupaba el señor Chalop, que era una que se hallaba sobre la pared que separaba el restaurante del bar, el lugar más estratégico del local, desde donde se podía ver sin ser visto.
Sabía que el señor Chalop acudía al “Sevilla es especial” todos los días desde hacía veinte años, salvo cuatro meses del pasado año porque había estado ingresado en un hospital e intervenido quirúrgicamente, debido a una úlcera de estómago. Pero, a pesar de eso, se hacía servir las comidas desde el “Sevilla es especial”.
Estaba el señor Chalop sentado en su “pedestal” cuando me aproximé. Intentó levantarse, pero su enorme barriga topaba con la mesa, lo que lo obligaba a mantenerse semi incorporado hasta que yo me sentaba a su lado, que entonces se desplomaba en su asiento, y, después de besarme repetidamente en las mejillas, me decía, con su peculiar voz ronca:
—¡Qué bonita te veo, querida Carla!
—Gracias por el cumplido, señor Chalop.
—Sólo Antonio –me dijo, mirándome a los ojos- Tutéame. Después de todo, somos viejos amigos. ¿Cuántos?
—Cinco años, señor Cha…, Antonio -accedí a su petición. Este tiempo era visto en el mundo del teatro un período largo, aun siendo una relación amistosa.
De pronto, se aproximó el maître a nuestra mesa.
—Un cóctel de champán para la señorita Carla -el maître se alejó y el señor Chalop se volvió de nuevo hacia mí, regodeándose con ojos lujurioso en mi generoso escote-. Siempre lo mejor para ti, querida Carla –sonrió.
Me gustaba el champán, pero ese cóctel me causaba náusea. Pero no quería desentonar y le devolvía la sonrisa.
—Gracias. Ust... tú siempre tan amable.
—Degústalo, querida Carla -añadía después de que el camarero dejase la bebida pedida sobre la mesa.
Llevaba la copa a mis labios.
—¡Espera, espera un momento! Tenemos que brindar por algo -levantó el señor Chalop su copa, que parecía contener whisky, pero era agua, ya que la úlcera le había obligado a abandonar el alcohol-. ¡Éxito para tu novela y para la obra de teatro!
—¿La obra de teatro? -le preguntaba y extrañada me quedaba.
Asentía y bebía un pequeño sorbo; y, aunque me revolvía el estómago, me las arreglaba para relucir una sonrisa.
—¡Exquisito! -exclamaba, sin mostrar desagrado.
—Sí, he dicho hace un momento obra de teatro. Tengo que comunicarte algo importante –anunciaba una boca solemne, mientras una mano traviesa se posaba atrevidamente en mis rodillas.
—¿Qué es? –mi curiosidad forzaba mi pregunta.
—Después de leer de nuevo tu obra, he decidido representarla -su mano iba ya por mis muslos-. Empezaremos a hacer el libreto la próxima semana.
Interesadamente, me olvidé de la intrépida mano.
—¡¿En serio?!
—Por supuesto. Yo siempre hablo en serio. Me impresionó como ha quedado después que la corrigieras. Y la protagonista va a ser la gran actriz sevillana Ofelia Lemos
—¿Y piensas que le gustará a Ofelia?
—Ofelia nunca va a encontrar un papel más idóneo para ella. Además, siempre ha querido trabajar con Gay. Me lo había pedido expresamente algunas veces.
—¿Y el gran director de teatro Gay va a dirigir mi obra?
—¿Y quién mejor para dirigir una obra de teatro de mujeres que una "mujer"? –sonrió-. Le telefoneé esta mañana a su domicilio de Madrid y aceptó -la mano proseguía afanosa en su ascensión. Empecé a tomar precauciones.
—No había conocido antes a nadie que se moviese con tanta rapidez –dije, de pronto, con la mayor intención.
—Es que cuando algo me gusta, ahí estoy yo. No soy partidario de andar con rodeos –sonrió de nuevo.
—Y tampoco yo –lo miré recriminatoriamente-. Y precisamente por eso no respondo de las consecuencias si no retiras de inmediato tu mano de mis muslos –sonreí también, pero con los labios abiertos y los dientes apretados.
Chalop me miró con ojos “inocentes”, su osada mano ahora sobre la mesa.
—No me lo tomes a mal, querida Carla, pero siempre me ocurre lo mismo. Cuando me entusiasmo, suelo distraerme.
—Te entiendo. Pasa que yo me excito con facilidad. Y no he visto nunca un hombre tan entusiasta como tú.
—¿De verdad? –sonrió socarronamente.
—Eres único e irrepetible. En un ambiente lleno de personas titubeantes, tienes los suficientes cojones como para mantenerte firme en tus convicciones, y esto es digno de admiración.
—Yo sólo tomo decisiones –dijo, con aparente modestia-. Pero, como te decía, sé lo que quiero y lo que no quiero. Y tú formas parte de lo primero.
—Tu sinceridad es algo que me gusta de ti.
—Vamos a vernos ahora con más a menudo –taimadamente, cambió de tema-. Yo no soy de esos productores que dejan todo en manos de sus empleados. Me gusta identificarme con mis escritores y mis escritoras, y también con sus obras.
—Por eso me alegro de que hayas admitido mi novela.
—Pero he de comunicarte que falta trabajar un poco más los diálogos. Me gustaría tener un cambio de impresiones contigo antes de que Gay regrese de Madrid.
—Dime cuándo y dónde, y yo me ocuparé de estar libre.
—Te telefonearé -respondió, obviamente satisfecho de la manera en que iban desarrollándose las cosas. Su pícara extremidad volvía de nuevo a las andadas.
—En mi oficina están preparando ya tu contrato –se apresuró en añadir-. Un anticipo de tres mil euros lo veo justo. Pero es necesario que sepas que es más del doble de lo que ofrezco a un escritor por su primera novela.
-sigue y termina en página siguiente-
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Y eso era verdad. En la jerga del teatro se comentaba que sólo ofrecía mil doscientos. Por eso y por agradecimiento a su inesperada esplendidez, mi pudor se puso de acuerdo con mi interés crematístico y no rechazaban, por el momento, su impúdica mano.
—Gracias, Antonio–respondí.
—Te lo mereces. Eres una gran mujer, una mujer luchadora. Además, pienso que no te vendrá mal ese dinero. Ha llegado a mi oído que tu exmarido no te pasa ni un euro.
—Ya veo que estás bien informado. Pero él no lo hace por propia voluntad, soy yo la que no quiero nada de él –respondí eso para dejar las cosas claras y para evitar suspicacias.
—Sin embargo, conozco otras mujeres en tu misma situación que no actúan de la misma forma que lo haces tú.
—Allá ellas, es su problema. Yo puedo cuidar de mí misma.
Mientras tanto, sus “inocentes cinco dedos” serpenteaban, incansables y procaces, reemprendiendo su lujurioso viaje, rumbo hacia “otras partes más íntimas”.
—Me gusta tu estilo, querida -me miró, sonrió y enseguida trató de acercarse más a mí.
—Disculpa, Antonio, pero me ha entrado hambre de pronto -empecé a moverme de un lado a otro en mi silla, con la intención de disuadirlo de su empeño-. Ni siquiera he desayunado aún.
—Pues eso tiene arreglo. Pidamos algo de comer.
Pero antes que le diese tiempo de llamar al maître nos veía Tribulete, un redactor de la revista Teatro, que se acercaba hacia nuestra mesa. Una sonrisa boba aparecía en su insulsa expresión y en sus ojos llevaba sus acostumbradas y anticuadas gafas redondas con lentes de culo de vaso
—¡Chalop y Carla en la misma mesa! ¿Qué diablos estáis tramando?
—¡Has pescado un cachalote como primicia, amigo Tribulete! –le dijo Chalop como un saludo-. Esta lindura de mujer ha sido la que ha escrito la obra que voy a representar y que estará en cartelera dentro de dos meses.
Tribulete dejó escapar un silbido.
—¡Qué buena noticia! –exclamó, y me preguntó-: ¿te ha ayudado tu marido?
—Su marido, que es ahora su exmarido, es un buen escritor, pero no tiene nada que ver en esto -se interpuso Chalop-. Carla escribía antes de casarse.
—¿Has pensado en alguna actriz para la protagonista? –le preguntó a Chalop.
—Ofelia Lemos.
—¿Y qué opinas tú, Carla? -me preguntó Tribulete, sus labios cerca de mi oreja derecha.
—En este momento sólo te puedo decir que estoy entusiasmada –respondí, pero con los muslos apretados y el cuerpo encogido, a la vez que oprimidos los labios para no gritar.
Pues sí, la mano del productor Chalop era una mano experta en las olimpiadas, porque finalmente conseguía una medalla de oro; ¡había llegado a mi entrepierna! Lo cual no me importaba demasiado, porque, por fin, empezaba a despuntar en el difícil oficio de escritora, y en parte gracias a una mano trepadora.
Sevilla feb 2026