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Nostalgia de un joven viudo

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


Nostalgia de un joven viudo
 
Me llamo Alonso y tengo 35 años. Soy alto, moreno y más o menos agraciados de cara y cuerpo. Luego de enviudar, 4 años ya, sólo salía de mi casa para acudir a mi trabajo, ir al supermercado una vez a la semana, pasarme por mi banco, o a otro lugar a resolver algo que tenía que ser en persona, por lo que estaba prácticamente enclaustrado. Hasta que un viernes de mayo por la noche, decidía salir un rato a tomar algo, y a ver si veía algún amigo de entonces 

Estaba siendo una noche animada en la discoteca El Loro Alegre, de los pocos lugares donde aún se podía disfrutar de merengues y salsas. El local no era grande, pero el buen ojo del dueño hacía que el poco espacio fuese distribuido de modo que los beodos y los bailones pudieran disfrutar de su vicio sin estorbarse. A un lado estaba la barra, atestada de gente joven, donde tres guapas camareras de anatomías ¡uf!, ponían sin parar copas. Justo enfrente, la puerta de entrada/salida, la cabina del DJ y los aseos. En el centro, en forma circular, rodeada por focos con luces de colores, la pista de baile, que, por cierto, no estaba en ese momento concurrida.

Después de un empalagoso merengue, el DJ pinchaba una pieza de salsa. Cambiaban el tempo y el compás. Era atrevida e incitaba a bailar, pero sin experiencia en mover bien los pies. Pronto se ponía la pista llena. Decenas de personas rompían sus esqueletos. Por eso, nadie se percataba de que una pareja bailaba espectacular al fondo de la pista.

Ella llevaba minifalda y sandalias de tacón bajo; tenía el pelo liso, que le colgaba hasta el coxis. Era delgada y de mediana estatura. Lucía una figura muy femenina. Mostraba una sonrisa pícara, y sus ojos fijos en los de él, que se entregaba al juego de la seducción, y lo gozaban. Él vestía pantalón rojo a juego con la camisa y las botas. Ancho de espaldas, más alto que ella, pero con una complexión próxima a la delgadez. La miraba con deseo. 

Como el primer día que te vi aparecer por la oficina. 

Se mordía los labios mirando su contoneo. Su mano izquierda sujetaba con firmeza la cintura de avispa de ella.

En todo momento jugaban con las miradas, sincronizando los vaivenes. Se sentían felices.

No dejaba de pensar en la noche en que te besé en los labios, tras una cena de empresa; que te propuse otra noche y tú aceptabas. Era la primera vez que rozábamos nuestros cuerpos al compás de la música, y como tú sospechabas, yo era tu pareja ideal de baile. Dábamos una vuelta y te cogía entre mis brazos; y te volvía a alzar y nos estirábamos en un ejercicio que era aplaudido por las camareras, que, con sonrisas forzadas, no hacían sino ocultar la envidia, pero no por no bailar como tú, sino por tus perfectas hechuras, y eso que las camareras eran bellezones.
 
Ella se arrimaba a su pecho, y él se giraba; un paso atrás, dos adelante y un giro de 360 grados, quedando pegadas las espalda. Justo cuando el número concluía, pero volvían a enfrentarse con vaivenes suaves. Ella le acariciaba la cara, y él besaba la de ella en la mejilla, y en la boca.

Ahora recuerdo nuestro primer beso, mi amor.
 
Luchando contra la nostalgia, decidí ir a la barra a pedirme una copa.
 
-¿Qué bebes, guapo? –me preguntaba melosa una de las camareras.
-Un JB con hielo y sin agua –le pedía y pagaba.
 
Calmado el fuego en mi entrepierna, que la cara, los muslos y las tetas de la camarera que me sirvió me causó, seguí deleitándome con la espectacular pareja de baile, que tan buenos recuerdos y tan malos a la vez me hacían rememorar.

Pienso en nosotros por lo bien que nos movíamos marcándonos unos pasos, y el público de entonces de esta discoteca disfrutaba a rabiar con nuestros movimientos y nuestras sincronizaciones. Descansa en paz, mi amor. 
 
No dejaba de mirar a la pareja en todo el tiempo que duraba una nueva pieza, incapaz de abandonar la nostalgia.
 
Y hasta un loro alegre, pintado en la pared del fondo del local, se contagió de mi nostalgia. Así que, como ya no pintaba nada allí, me levanté de la silla y me fui de la discoteca.

La misma discoteca en la que bailamos por primera vez, hace ahora exactamente tres años, once meses, seis días y... (¡Espera un momento, mi amor, que voy a mirar mi reloj-cronómetro…!) …quince horas, catorce minutos y seis… siete… ocho…segundos.



A Chávez López
Sevilla oct 2025

 

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