Aquel notario
A aquel notario nuevo en el pueblo le
complacía destacar en todo ámbito y ambiente, incluso ruines; estar en primera
fila, presidir los actos públicos, capitanear un cortejo que debía recibir a alguna celebridad, y dejar caer su parla, elocuente en verdad, con cualesquiera de
ésos motivos.
Su padre era millonario, pero de baja extracción. Había asistido a
los mejores colegios, y sabía usar las prerrogativas de ser el único heredero
de una inmensa fortuna. Tenía dinero y no necesitaba trabajar, pero ansiaba sumar
al brillo de su dinero el lustre de un alto cargo oficial que empavonase su ego hasta
borrar su imagen de sangre plebeya.
Se avergonzaba de sus orígenes y hasta trabas vería en ellos
para ser el día de mañana el presidente del gobierno.
Lo que le negaba era que fuese de la talla suficiente como para
enamorar a mi ex esposa.
Ahora, quizá, transcurra
feliz la vida de ella a su lado, pero yo podía haberle dado más en un minuto que
él en toda la vida.
Porque en el supuesto de que, en su vanidad de
sentirse un ser superior, haya permitido a su “ya estrenada” esposa guardar
bajo secreto lo que le había ocurrido conmigo, no era sino una repugnante
generosidad de alguien comprensivo, con una afectación falsamente cristiana y
con la desdeñosa ejemplaridad de una vida recta, pero con las concesiones de un
cabrón consentido. ¡Dios,
se puede mutilar el Giradillo en un acto de locura, o incendiar la
Catedral en una ansia por figurar, o arrojar la Torre del Oro sobre el río Guadalquivir por esnobismo, pero no se pueden convertir en una casa de vecinos!

A Chávez López
Sevilla ag 2025