Conozco a dos personas entrañables. A una de ellas la conozco más y mejor, es que es hija mía, Patri, y a la otra la conozco menos, pero si es amiga de mi hija, tiene que ser buena gente: es su compañero sentimental, Pepe.
Bueno, pues resulta que un buen día decidieron visitar las Islas Griegas, y para ello, tras varios medios de transporte desde su localidad malacitana, cogieron un crucero en el puerto de Málaga.
Se deleitaron durante toda la travesía con el ambiente tan exquisito que reinaba entre la gente del barco. Pero, como todo lo que empieza acaba, llegó la hora de regresar a casa.
Pero, ¡oh!, sorpresa. De pronto el barco se elevó suavemente hacia arriba empujado por la testa y el lomo de un enorme pez marino, quizá enviado por Dios, un poco celosillo, para que también visitasen su hogar: el cielo

