Aquellos pueblerinos ricachonesEn las tertulias vespertinas en la casa del señor alcalde, a las que yo acudía regularmente, tenía la oportunidad de escuchar a cada momento hacer el panegírico de mi novia, la nueva maestra, joven y guapa; la alababan hasta la saciedad.
Pero antes, inmediatamente después de almorzar, me encaminaba hacia el Centro Social y Cultural del pueblo. Allí se jugaba a todo, incluso con puestas crecidas. Yo no jugaba, sólo miraba. Me divertía observar los diferentes ardides que empleaban los jugadores.
Por supuesto, ¡faltaría más!, largar sobre la maestra nueva era obligado. Salía a la palestra, entre sonrisas maliciosas, guiños alusivos y frases hirientes. Tenía que hacer un esfuerzo para no liarme a golpes contra aquellos palurdos. Y así se producía día tras día, invariablemente.
A Chávez LópezSevilla ag 2025