Le hablé a alguien del pasado: una reminiscencia confusa, llena de sentimientos inconexas. Le dije, como un poema de Borges, o un verso de Rimbaud, todo lo que pensaba; creo suponer, además, que todo fue fausto antes de eso. Le expliqué que aún, a pesar del tiempo, seguía estando vigente en mis recuerdos infaustos como una flor florecida del norte florido. Mi corazón, palpitante, en el momento de mandar los mensajes, automáticamente necesitó la pítima.
Augurando las posibles respuestas, con el corazón suplantando al cerebro, no vio el futuro donde ella no quería hablar conmigo; donde ella, indiferente, escribiría tres carácter a una respuesta de diez mil versos en prosa.
La noche se volvió una mancha de mutismo; paralelamente estaba achispado en la oscuridad sin haber tomado una gota de ron. Todo se volvía confuso en el escritorio: un cuaderno, tres lápices (ausencia de luz, bermejo y la mezcla rojo-violeta), una carpeta con palabras extemporáneas, el diccionario arcaico y, delante del foco, iluminando la prosa de Asturias, "El señor presidente".
Escribía yuxtapuesto cuando mis ideas eran claras; "¡Pero te lo dije", dijo el cerebro.
Aciago, entraba sin salir; la puerta del suicidio la mantenía abierta con la frescura de la noche, dónde la luna estaba vacía.
Recordé, lacónico (o fue el corazón), un número.
Mis pasos eran indefectibles: el destino prefijado lo llevaban a una banca del parque.
La brisa, volatil, peinaba mis cabellos; mezclaba los pensamientos: ya no entendía casi nada, empero, solo algo, centelleante, seguía estando ahí, un número de tres caracteres y dos símbolos.
Miraba los ojos de los cándidos. ¡Que miserro fue ver los castaños ovalados colores en mi espejo del alma, trizado en su oscuro reflejo!
Dos niños jugaban en una oscuridad; sus padres, en cambio, me miraban, como quien ve a un patibulario.
—¿Diga? —dice una voz fémina.
—Si —responde mi voz afónica.
—¿Me dice su RUT y nombre? —pregunta, mientras el teclado retumba mis tímpanos.
—El auto, en una calle transcurrida, viene a 120. ¿Lo escucha? Es fugaz. Ya no hay sentido de la vida, —voy diciendo. Mis ojos se posan en los padres que me ven con duda: "¿Qué hace aquí?", preguntan. "Nada", le respondo con el entrecejo— ¿lo entiende?
Voy languideciendo como los incendios, solo ahogado con las cenizas de otro. Porque así es la vida: recuerdos del otro. Usted posiblemente tenga las cenizas de otro, y ese otro las de un vagabundo, y el vagabundo las de un aristcrotata, y el aristcrotata las de un peón, y el peón las mías, y... ¿Lo comprende? Tengo los recuerdos suyos y cometo los mismos errores. Mas ya no; los vehículos pasan a 120 en una calle colegial. Solo hay que dar un paso. —digo, y automáticamente corta el teléfono.
El número del suicidio me depara la muerte.
Los padres me siguen mirando como si ahora entendieran que soy yo el patibulario.
—¡Si! —grito, dando un paso.
Comentarios
Particularmente amé esto:
"Porque así es la vida: recuerdos del otro. Usted posiblemente tenga las cenizas de otro, y ese otro las de un vagabundo, y el vagabundo las de un aristcrotata, y el aristcrotata las de un peón, y el peón las mías, y... ¿Lo comprende? Tengo los recuerdos suyos y cometo los mismos errores. Mas ya no; los vehículos pasan a 120 en una calle colegial. Solo hay que dar un paso".
Empatía universal de un sujeto a solas y sin esperanza.
Bienvenidx al foro y muchas gracias por compartir.
Bueno, entonces, como somos contemporáneos, la invito del antebrazo a que lea lo último que escribí, ya que, según pienso, todos deberían leer:
"Una palabra te lleva a todas; un humano es una diferente definición de la misma palabra."
Ya lo leí antes de que me llevara del antebrazo
Hace poco días, diriase entre cero a mil lustros, entré a un taller de literatura de una universidad emblemática de este país (no España; aún no he ido a la diferente definición de la misma palabra). Alguien me vió con diez hojas, escritas en ambas caras, meditabundo en ellas; y dijo: "¿Qué escribiste?"
Un cuento sobre como matar al escritor, en este caso, Roberto Bolaño. Se quedaron callados; el poeta, mediocre, que cantaba versos sobre la vida pasada, también cesó.
"Léelo", dijo una voz.
Al final era una sátira sobre los pésimos poetas, sobremanera los de talleres universitarios.
Y rápidamente me fui;
pero tú sigues aquí.
Es que de qué iban a valer mis deducciones si las tuviera (qué las tengo!). Cada uno vemos en otro lo que queremos ver. Qué pudor expresar algunas cosas de todas las que siento.
Leerle me gustó y lo seguiré haciendo. Y me resulta bonito que considere un halago el que alguien le diga que amó algo en todo lo que escribió, siendo yo ese alguien, claro, precisamente.
Usted también sigue aquí, ¿alguna vez se ha ido?