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supusiera el sufrimiento para muchos. Hasta la muerte le hizo una reverencia porque le reconoció tal y como le parieron y se conserva enterrado de igual forma; con el epitafio escrito con manos temblorosas a lápiz y casi a oscuras sobre la madera del lateral de la mesita de noche. Fueron ellas quienes me despertaron. Todos comprendieron al leerlo el día de su entierro.
El sin querer oscureció mis ojos azules y a la vez me regalo su mirada. Podía leer al otro para devolverle la puñalada perfecta en el lugar más letal, cosida despacio, puntada a puntada, asegurando el zurcido con noches en vela que también padecía, acompañado por el sonido de un encendedor al abrirse para alumbrar un cigarro. Creo que también le hablaban, pero con más claridad, y hasta se arrodillaban ante su presencia. Jamás tuvo que poner orden porque él era el propio orden; las convencía de su verdad, la única que le otorgaba el derecho y la posibilidad para cualquier acto.
Lo curioso, era la ambigüedad que provocaba al resto; tanto les hacía pasear entre el odio y la admiración, que labraban con sus pies descalzos un surco en el suelo tan profundo que nadie era capaz de saltar. Llegaban pidiendo su ayuda y protección, regalándole alabanzas superfluas y se marchaban con un extraño agradecimiento. Realmente creo que sus criticas no eran para mi padre, sino para ellos mismos por haber vendido su alma al diablo y haberle confesado su propio precio. Nadie escapó. A ninguno les creció las piernas para poder dar el salto. Todos envidiaban a un hombre libre sin miedo.
Yo miraba y escuchaba levantando un muro. Y él callaba porque lo sabía. Descubrió que era la hija digna contra el padre cuando me retaba y no agachaba la cabeza. Podía soportar su mirada y no desfallecer:
—Saliendo por esa puerta, sólo encontraras cabrones e hijos de puta. Cada cual contará su verdad para salirse con la suya. — Me recordaba cada vez que salía al mundo a por algo nuevo. No se elige tu legado. Cada quien enseña lo que sabe.
Me contaron, que una vez, cuando volvían en un Citroën de un almuerzo de amigos, vió al pasar entre la arboleda de los laterales de la carretera a un hombre. Dijo que le había parecido que estaba colgando una soga. Nadie de los que iban en el coche le dieron crédito, pero él, aun así, dio un volantazo, cambió de sentido y fue a buscarlo. Lo encontró tal cual había dicho, pero no sabia hacer el nudo perfecto que le partiera el cuello o le cortara la respiración, y él, —mientras otros intentaban convencerle de su locura— se lo hizo. Lo agarró después de un brazo y con total soltura metió su cabeza por el hueco creado en la soga, mientras le empujaba a subirse a la banqueta de madera que había llevado para morir, repitiendo que había elegido una rama fuerte que no se partiría. Se negó y rompió a llorar. La llamada a la muerte de mi padre, le trajo a la vida. Dicen que ni cambió el ritmo de su respiración. Era la contradicción para lo demás y una línea clara y recta para sí mismo:
—Llegado el momento, sin piedad; a los conejos solo hay que darles un golpe certero en la nuca, así sufren menos. — Me explicó mientras despellejaba al que había sido nuestra mascota para comérsela media hora después repitiendo que estaba exquisito. El me enseñó que algo que un día es dulce y tierno, en cualquier momento se puede transformar en un cadáver para ser devorado. Para entonces ya es demasiado tarde. Nadie ni nada retorna de la muerte.
Creo que las tres, hasta se desnudaban y despojaban sus ropas llenas de ternura y compresión para vestirse con armaduras, transformándose en amazonas con ganas de sangre. Las tornaba en la valentía y el riesgo, exactamente igual que si fueran mujeres verdaderas a quienes las