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parte V

editado julio 2023 en Narrativa

hechos y con pocas palabras. Nadie sabia a ciencia cierta qué callaba y hasta donde sería capaz. Me miraba de reojo en la distancia sin ninguna contradicción.

Yo le guardo su secreto: encontré la pluma al fondo del cajón de su escritorio medio oculta debajo de mil papeles.  A veces desde pequeña, la cogía cuando no se daba cuenta, y también su pipa vacía y sus grandes zapatillas.  Me encantaba ponerla en mi boca  y volver a saber del gusto a tabaco que él antes se había fumado; de su olor dulzón contradictorio con el amargor que dejaba al final y como le sacaba de quicio no encontrarlas debajo de su cama,  llamarme o recorrer el pasillo para buscarlas; me gustaba ver como lo toleraba. Yo era la hija digna entonces para el padre.

 La robé, la deseé para mí y la robé. No la voy a vender, aunque sea de oro; algunas cosas en esta vida no se pagan con dinero y esta es una de ellas. En ella se quedó el recuerdo de verle escribir con su letra gótica y perfecta que todos admiraban. También tengo derecho a una imagen de él apacible y lo más parecida a un padre normal y soñado. Solo yo tengo el derecho a dibujarlo.

No dejé de escribir con ella un tiempo hasta agotar la tinta. Cuando fui a rellenarla, dentro envolviendo al cartucho había una pequeña nota, con su letra inconfundible una dirección y un número, — seis cuatro siete— había escrito.  Contrató una caja de seguridad desde hacía mucho tiempo.  La tengo sobre la mesa del patio. Estoy segura que nadie tiene constancia de ella. Conocía a mi padre. Esta pistola es tan fantasma ahora como él.

No dejan de gritarme al unisonó. La tercera está rabiosa, dicen que va a batir las alas con fuerza para despeinarme y que abra los ojos. ¡Gritan su nombre y que lo resuelva ya todo pronto! — ¡Recuerda! ¡Recuerda! — Me dicen de constante:

— ¡Recuerda aquella noche! ¡Eres su hija! ¡Brilla como él! ¡Haz justicia para nosotras! ¡No dejes que la muerte nos venga a visitar! ¡Nosotras te mantuvimos en pie siempre! ¡Si nos matas, tú también morirás! ¡Recuerda aquella noche! ¡Recuerda sus palabras! ¡Ejecuta la venganza! ¡Nosotras te guiaremos en su nombre! — Me repiten sin parar.

No saben que nunca olvidé cuando regresó sin afeitar. Yo era pequeña, demasiado diría, me levanté para el baño y lo encontré sentado en el sofá a oscuras. Le iluminaba la luz de la luna llena que entraba por el ventanal. Me acerqué y me sentó en sus rodillas. Esperé un beso o un abrazo:

—Ojo por ojo y diente por diente, mi niña. La dignidad tiene un precio, que nadie te la quite. Ven que te enseño a cargarla por si alguna vez la necesitas. — Para soltarme de su regazo y mostrarme como meter la bala.

Poco después tampoco pudo resistir la tentación de robar a su hijo su regalo de comunión, le convención con argumentos esquivos que debía entregárselo.  No vivía sin su trono delirante de poder en su reino de mierda, rodeado de lacayos moribundos que le entregaban la vida y las fuerzas a cambio de una mirada de soslayo. Pese a todo, aquella noche, realmente sonó algo a ternura y protección para una hija. Quien no sabe amar no da amor. Quien no lo tiene, no lo regala. Quien no lo siente, no lo comparte. Quien se casa con el poder, vive en las tinieblas. Siempre me conformé con aquel momento y volví a la cama en silencio y a oscuras.

 


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