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No pescaba novio ni a la de tres

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado mayo 2023 en Narrativa

No pescaba novio ni a la de tres

La guapita sevillana Manuela había sido educada al modo antiguo, de esos llamados estrictos, y no podía disfrutar de libertad personal porque tenía que hacer culto a su virginidad.

A sus 15 años, su madre le regalaba por su cumpleaños una monjil falda. Manuela la lucía frente a su madre con una risita en los labios, pero avergonzada frente a sus amigos y amigas del instituto.

Cuando iba creciendo, sometida era a un severo control y, por eso, con doble actitud trataba de encajar en el mundo, pero sin abandonar los valores que le habían inculcado desde muy niña.

Cumplía los 30 y todavía no conocía intimidad con ningún hombre, sólo esporádicas “manitas” con casuales acompañantes que no se interesaban por ella al día siguiente.

Pasaban los años y por día le resultaba más complicado encontrar una relación amorosa estable. Pero es que el amor parecía lejos de su alcance, y lo que ella veía como una virtud, se había convertido en el principal motivo de su fracaso.

Dejaba de acudir a las discotecas, dejaba de maquillarse, dejaba de comprarse vestidos y zapatos novedosos, dejaba de hablar con los amigos y amigas de siempre y adoptaba como un único refugio la fantasía que encontraba en la lectura de novelas románticas.

Una lluviosa mañana de mayo, cogía su metro rumbo a su trabajo. Y, como siempre, se sentaba y sus ojos los mantenía fijos en la lectura. Pero, de pronto, se sentía observada. Un atractivo joven no dejaba de mirarla, y esto la incomodaba, lo que la llevaba a comprobar si estaba “correctamente” sentada; una vez comprobado que su vestido cubría las partes que podrían excitar a cualquier hombre, enseguida volvía a la lectura, que era una lectura de una novela en la que se sentía identificada con uno de los personajes.

Imaginariamente mantenía un diálogo con aquel desconocido, explayándose en contarle sus virtudes y confesándole sus ocultos deseos. Era la primera vez que hacía un juego mental de esta clase y esto le parecía divertido. 

Al llegar a su parada, le regalaba a aquel extraño una sonrisa cómplice, como si la conversación con él hubiese sido real.

Ese episodio del metro comenzaba a hacerse presente en sus dorados y deliciosos sueños, en donde el joven iba adoptando una persuasiva actitud, que, poco a poco, iba ganando su corazón.

Manuela se enamoraba, porque aquel joven la envolvía con palabras románticas y, sobre todo, picantes, y sus sueños cada vez eran más subidos de tono, lo que hacía que ella se excitase.

En un intervalo de una ficticia cita erótica, su amado la obsequiaba con una rosa roja, que Manuela guardaba celosamente. Pero cuando se despertaba la buscaba infructuosamente, porque no recordaba donde la había guardado.

Comenzaba a creerse la ilusa Manuela que no se trataba de una fantasía, que realmente habían conectado, de algún modo, y que aquel atractivo joven, sin duda, era el amor de su vida.

Manuela había creído siempre en el amor trascendente, y ésta era la demostración de su acierto. En su siguiente sueño le sugeriría un encuentro diurno en el mundo real.

Las noches iban pasando y en una de ellas se veía con su alma gemela, pero siempre que trataba de proponerle una cita, un sobresalto interrumpía su sueño, despertándose de forma abrupta y nerviosa.

Dejando, por el momento, a un lado sus creencias religiosas, dedicaba todos sus esfuerzos a su vida onírica, y disfrutaba en cada sueño con su amante nocturno, tocándose las partes más íntimas de su anatomía.

No se estaba dando cuenta Manuela que estaba llevando una vida paralela; es decir, recatada e insulsa de día, y enamorada y juguetona de noche.

Una de aquellas sevillanas mañanas, su metro llegaba más lleno de lo normal. En uno de los vagones delanteros viajaba su supuesto amante y ella intentaba por todos los medios llegar hasta él, pero se quedaba atrapada entre el gentío. Nerviosa, trataba de visualizarlo, pero la mole de pasajeros lo impedía.

Decidía no bajarse del metro en la parada de La Puerta de Jerez (céntrica Puerta sevillana) y seguía en él hasta la parada de la Catedral (famosa Catedral en todo el mundo). Era su última oportunidad y no podía desperdiciarla.

Ya en la parada de enfrente de la Catedral, lo veía esperando el verde de peatones. Corría hacia él y cuando llegó a su lado lo cogía del brazo, y por primera vez escuchaba su voz:

—Muy amable, señorita, pero puedo cruzar solo.

—Pero yo no –respondía resuelta ella, sin soltarse de su brazo.

Y haciendo más bueno el dicho de lo curiosas que son las mujeres, inspeccionaba al joven de arriba abajo, percatándose de que llevaba un pequeño breviario en la mano.

Caminaban los dos en silencio hacia la Plaza Virgen de los Reyes, pero él se separaba de ella nada más llegar al portón alto y ancho de la Archidiócesis Arzobispal de Sevilla.


Antonio Chávez López
Sevilla mayo 2023

 :)

 

  


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