Palabras que diría un seductor sevillano (ya desaparecido), amigo mío y colega de batalla de mis años mozos
LA SEVILLA DE MI AMORES
Es corriente oírme decir que me encanta mi ciudad, que me fascina mi ciudad, y es porque siempre he sido un enamorado de ella. Nada mejor que caminar a través de los duendes de sus calles para quedarse extasiado.
Omitiendo hablar de sus numerosos tesoros artísticos, que han sido y son loados a diario por personas más cualificadas en el menester que yo, me detengo en el embrujo de sus noches, en su adorable clima, casi los doce meses del año, dotado de una salsa densa y sabrosa que envuelve y que termina impregnando la nariz y los labios.
Sus guapas y alegres mujeres, primorosamente equipadas para cada ocasión, empezaban comportándose como auténticas damas, pero concluían entregándose literalmente encima de uno.
Yo, sin modestia, con mi siempre impecable indumentaria, mi siempre educación y mi respeto, y mi ‘gancho personal’, cada vez que podía y me dejaban 'remataba' mis correrías nocturnas.
La gente masculina que hallaba al paso se iba dando al tono sentimental, pero con la decadencia del desgastado e ingenioso bon vivant.
Cuando me percataba de que no lograba captar la atención de ninguna damisela de bella estampa, recurría a mi tesoro, y sin rodeos le hablaba a la primera que venía hacía mí de intríngulis románticos, destapando apolillados sentimientos.
Aun mi timidez en la juventud y de ahora también, soy un hombre seductor, aunque en la actualidad me conforme con ser un rendido espectador del sexo femenino, al que le embriaga el olor a hembra, y, quizás, con ello recupero un poco de la juventud de mi antaño, que, por desgracia, nunca más volverá,
"¡Chiquilla, eres lo más bonito y lo mejor hecho que he visto nunca!’, decía con el mismo énfasis y arrebato con que trataba de pasar a la acción.
"¡Ninguna tan despampanante como tú!", seguía con mis caramelos.
Luego de tan precisos requiebros, siempre lograba ser conquistado, que no conquistador. Porque, vamos a ver, no seamos arrogantes y vayamos de tenorios; los hombres no conquistamos a las mujeres, ellas nos conquistan. Claro que para esto es necesario (por no decir imprescindible) tener un algo diferente para que a ellas les merezca la pena conquistarnos. Todas las mujeres, sin excepción, no se fijan en cualquiera. Ellas son tenedoras de un sexto sentido, del que carece el sexo masculino, que les propicia habilidad y seguridad fuera de lo común. Y cuando una hembra pone el ojo en un macho, difícilmente se le escapa; lo consigue sin esfuerzo. Y si les falla esta táctica, recurren al sexo, literalmente hablando, y es entonces cuando no hay escapatoria posible.
Esas palabras anteriores son suficientes para conocer las dotes ocultas de las féminas de mi ciudad, la guapa Sevilla de mis años mozos, porque ellas no necesitaban más para hacer valer su poder de seducción y de dominación.
Fijaba mis ojos en la lozana fachada de alguna muchacha, que me miraba con la claridad de una mujer que es sabedora de sus encantos. Mientras medía sus palabras, dejaba caer yo el largo de mi brazo en su anatomía, para ir explorando el relleno de su esqueleto.
Sentía ella un cosquilleo en todo su cuerpo. Le atraía y lo disfrutaba. Entonces, exhalaba un hondo suspiro, como haciéndola percibir que a sus numerosos primores me rendía. Pero, desgraciadamente, mi libido en su punto más álgido no siempre me acompañaba, y era por esto que a veces no lograba alcanzar "la dureza animal". Pero no me preocupaba. No todos los días puede ir uno de semental.
Me acercaba prudentemente, con la idea de descartar un desencanto. Posaba mi mano sobre su espalda, y, poco a poco, la dejaba resbalar para que se pasease cuerpo abajo.
Con disimulo, y también con arte, le hablaba de la belleza de, verbigracia, La Catedral, La Torre del Oro, El Alcázar…, o de cualquier otro tesoro de la ciudad, pero no ponía demasiado interés en el menester, solamente lo hacía cuando topábamos con alguno de esos impresionantes monumentos.
Seguía con mi plan de ataque, pero dejando todo al azar, puesto que la planificación en estos asuntos nunca han sido mi fuerte. Las rutas, las miradas insinuantes, los gestos seductores, los abrazos espontáneos, los besos, leves o enroscados, normalmente o casi siempre, era ella la que marcaba la pauta y la medida. Según dónde fingía entusiasmo, no desmesurado porque no yo era quien llevaba el mando. Ella lo intuía, y lo entendía y lo comprendía, pero también se iba dejando atrapar en mis redes. Una palabra oportuna en esos momentos era una llave.
La pasión y el deseo iban creciendo a medida que iba avanzando la noche, y sin importarnos nada ni nadie, allí estábamos los dos: ella, ¿deseosa?, y yo deseoso cogía su mano, que no retiraba; llevaba mi boca a la suya, que tampoco se resistía al contacto. Y mi canario, al loro estaba para un posible banquete dentro de su jaula.
Las calles nunca estaban baldías a determinadas horas del la noche, ni siquiera cuando llovía o hacía frío. Nos estudiábamos nuestras anatomías sin tocarlas y en silencio, pero me miraba en sus ojos, de iris más celadores que ladinos. Si se le ocurría parlotear en ese preciso momento, arremetía contra su boca, cerrando ella sus ojos, sin decir nada, sólo gemir.
Con una sutil impaciencia abría la cremallera de su falda y dejaba caer la tela. Sus interrogadores ojos, condescendientes me miraban, pasmados y expectantes. Con miradas retadoras, una de mis manos viajaba a sus a sus intimidades más íntimas, y un imperativo deseo, venido de las calderas de Pedro Botero, la obligaba a que que se entregase.
Insistía en acariciar sus glándulas hasta que ella superaba la timidez. Mis dos manos actuabas con firmeza, y dando un paso más, dos de mis dedos, aventureros, se iban a saludar lujuriosamente a la parte más sensible de toda fémina.
Ella gemía, y yo listo estaba ya para todo. Era mi turno. Sacaba mi canario y suavemente lo metía en su jaula. Mordía ella mis labios, ebria de concupiscencia, mientras flotando descargaba de una forma incontenible. Y era en ese momento cuando se autentificaba la expresión del triunfo.
Mis ojos, agostados por la pasión, capturaban todos sus movimientos.
Dicen que los ojos son el espejo del alma, pero esto es una cuestión distinta.
Se abrazaba a mí, y yo libaba todas las reacciones que pudiese expresar. Su mirada, incrédula, negaba el apego. Su mente intentaba desmentirlo, pero lo negaba, como también negaba la experiencia de ser de nuevo mujer, olvidando súbitamente su primera vez.
Culminada la gesta, caminábamos cogidos de las manos, quedando ornado el cielo con el primoroso olor de los azahares.
Y todo aquello junto y en armonía iba a parar a su erizada hondura, repleta de deseos, que no esperaba pero que deseaba y que finalmente le resultaba de lo más placentero y con un ansia desmesurada por repetir.
Antonio Chávez LópezSevilla mayo 2023