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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Lengua encebollada
El caníbal guardaba celosamente una lengua humana en su nevera, envuelta en papel de plata.
El alargado músculo diseccionado esperaba el cuchillo y el diente caníbal. El frío del congelador daba punzantes pellizcos a su mineral persona.
Tras haber guardado la lengua del asesinado, salía del piso que había alquilado para darse un deleitoso paseo por las calles de la ciudad de Sevilla.
Ya en la calle, vestido informalmente, le extrañaba verse por primera vez con un pantalón vaquero azul y una camisa verde Betis de cuadros.
En el bonito jardín, situado a la entrada de la urbanización donde vivía, una fuente en la oscuridad rimaba una melodía de seducción a un coqueto limonero. Un rayo de Sol; que, con sus curvas y semirrectas podía cruzar el cuadrado del tejado, ponía en las flores los colores del arco iris.
El caníbal caminaba despreocupado mirando bares y escaparates. Y en su mente solamente había dos deseos: no parecer un turista y pasar desapercibido.
Sevilla ardía en julio, y a cualquiera podría someterse de pronto a un ataque de calor y luego llevarlo al servicio de urgencias del hospital más próximo.
El asesino, después de avanzar un buen trecho, oía el silencio hablante de la Plaza de la Pila del Pato (en el casco antiguo de la ciudad). Sacó un pañuelo de su bolsillo y se secó el sudor. Le costaba esa simple maniobra, manco como estaba después de la orgía de cerebros fagocitados que había lucido.
Aquella Plaza se correspondía con la sombra de un magnífico ombú, para que la gente que a ella acudía se aliviase un poco del calor. Y una fuente, de cuya salía un chorro de agua a presión del pico de un pato de bronce, facilitaba una fresca caricia para los días estivales asfixiantes, normales en Sevilla.
El loco admiraba la estática belleza del contorno, pero deploraba el ruinoso y deplorable estado de los edificios colindantes, que parecían inclinarse aceleradamente, para desplomarse sobre la calle, aplastando en su ruina a algún transeúnte.
Llegaba un niño vestido con un calzón y una camiseta del Betis y pegaba una patada a su balón verdiblanco, obsequiando al psicópata con un beso lascivo de cuero. Otro niño, de similar edad, pero equipado con la indumentaria sevillista, ignoraba al loco y hablaba con su amigo bético, con esa voz que sólo los niños tienen cuando son niños.
El caníbal continuaba caminando. El sudor le esta humedeciendo las nalgas y la espalda, para enseguida empapárselas con animadversión. Ya se veía a sí mismo untándose crema solar en su piel irritada.
En una calle paralela a la otra que había dejado, cuatro niñas, con uniforme escolar, jugaban a la comba.
Entraba en un bar, que olía a vino y a carne; pedía algo de comer y un vino; le servían media ración de carne encebollada (lengua en realidad), y el aristócrata del crimen la devoraba, de un añejo baco latino acompañada.
Salía contento y feliz del bar. Le había gustado el vino, y más todavía la carne, pero también unos azulejos árabes que había en la pared del fondo.
Volvía a su piso y, nada más entrar, ponía música clásica en su gramola.
Se asomaba a la ventana y miraba hacía la calle. Cuatro niños llevaban a cuesta una pequeña cofradía, de esas de la Semana Santa, con un diminuto Cristo de plástico sobre un lecho con claveles reventones.
Regresaba al salón y se ocupaba de descuartizar el cadáver que había dejado sobre la alfombra, la cual estaba roja de sangre por todos lados; así que tenía que deshacerse de su preciada decoración de suelo, fabricada en Irán.
El esquizoide lloraba desconsoladamente por la gran pérdida de una alfombra tan exclusiva, y tan valiosa.
Hacer desaparecer el crimen, lo liberaba del resto. Pero tenía que limpiar el piso con meticulosidad.
Y después de todo, tanto trabajo para comerse una lengua que ya antes había devorado en un bar. Se puso furioso.
Se fue hacia el espejo que había en el salón; y, mientras se miraba, se iba enfureciendo cada más consigo mismo.
