Soy un novato en esto de escribir cuentos, pero pretendo escribir uno. ¿Se animan a leer el prólogo y a ver si os gusta cómo empieza y un adelanto de cómo acaba?
Hay ascensores que intimidan
Para escribir un cuento, estrujándome al máximo el coco, planto una pareja (un chico y una chica) en un ascensor. No es una pareja, esas llamadas formales, pues no viven juntos, nada comparten, solo un ascensor. No saben nada el uno del otro; de hecho, nunca se han hablado; pero, al menos, son personas y llevan viéndose dos años a diario durante los cuarenta eternos segundos que tarda en llegar el ascensor a la planta baja.
¡Pssss, silencio! Ahora vamos a tratar de interpretar lo que dicen...
“Dile algo”, se dice él para sus adentros. Mientras ella repasa a media voz: “tengo que ir a la peluquería "Pelos moldeables", para que me pongan extensiones rubias”.
El ascensor baja dos plantas más. Y no pasa nada. "¿Se van a quedar ahí, calladitos?". Planta baja. Se abren las puertas. Ella sale. Tiene unas piernas de escándalo. Él se queda mirándola, hipnotizado, desde el ascensor.
- ¿Por qué no le has hablado? -le pregunto.
- Es que... es que no sabía qué decirle -me responde.
- Le podía haber dicho cualquier cosa, pero siempre sonriendo: hola, buenas, qué tal... o algo romántico. No le hables del clima y tampoco caigas en conversaciones vulgares. Algo sutil, no sé, el personaje central del cuento eres tú. Ingéniate lo que sea, sobre la marcha.
- Pero tú eres el escritor -me responde.
- Bueno, vamos a hacer una cosa. Pero ahora voy a pensar que le puedes decir, y mañana lo intentamos de nuevo. ¿Vale?
- Vale.
- Pero ahora sal ya del ascensor, que parece que la dirección del edificio te ha contratado como ascensorista.
Al otro día, allí de nuevo. Ella lleva el pelo largo y sus gafas de siempre, que tan bien le quedan. Él va sin corbata, es que no sabe hacerse el nudo. Se lo hace a diario un compañero de su trabajo antes de entrar a currar los dos.
- Empezaremos fácil. Prueba con decirle: hola.
Silencio sepulcral de mi protagonista.
- ¡Échale huevos, coño ya, y dile al menos un hola! Solo eso. Tan difícil no es, ¿no crees?
- Es que no me atrevo.
- ¿Cómo que no te atreves? No te pido más por hoy, un simple hola, y punto. Es que así puede empezar un vínculo.
Me dice que seguramente se atragantará, o se le va la voz, o le dan ganas de estornudar. O... ¡su puta ma...! ¡Pamplinas! ¡Joder con este tío!
- Aunque mira por dónde no es una pamplina. Estornudar, aunque forzado, es lo mejor que te puede pasar. Por lo menos te va a decir ella: “Jesús”.
- Pero seguro que pensará que soy un tonto.
- Ya eres un tonto porque no te arrancas a hablarle a una chica bellísima, a la cual ves todos los días en el ascensor. Venga, solo te quedan seis segundos, no es tarde todavía para decirle un hola. Se va a dar cuenta ella que eres tímido y va a sentir ternura. Cinco segundos, cuatro, tres, dos… un segundo. ¡Venga, va... hola!
Ella sale sin mirar hacia atrás, y otra vez la misma historia.
- Hola.
Y el pedazo de carajote le dice "hola" cuando la chica se va alejando. Así la viese en trescientas mil plantas, que iba a hacer lo mismo que ahora. ¡Joder con este tío!
-¡¿Sabes que eres un cagón?! -lo miraba, airado.
Pero lo tranquilizo y le digo que probaremos mañana, que hoy practique en el trabajo o durante la noche en su casa. Que haga incluso un viaje de prueba, que se meta en el ascensor con una esas muñecas hinchables y pruebe decirle "hola", y así va entrenándose. Que haga... ¡qué ya me tiene loco este tío con su timidez!
Es miércoles y mi protagonista está en el ascensor. Casi que me quedo dormido y me lo pierdo. Ahí está de nuevo ella; hoy está guapísima con ese traje tan sexy. Seguro que estará pensando en algún chico. Él lleva una corbata en la mano. Ahí está, puede decirle que no sabe hacerse el nudo, y a ella le va a dar lástima y lo va a comprender.
- Otra planta que te mantienes en un silencio insultante.
- ¡Cállate ya! -me dice, que no se puede concentrar.
Los dejo bajar tres plantas más. Le toco el hombro, sin hablarle. Otra planta. Toso. Planta baja. ¿Otra vez lo mismo? Ahí va ella con sus andares provocativos. Y ahí queda él, haciendo la mejor imitación del poto que está en la entrada del edificio, más quieto y más callado que un preso, recién golpeado por el carcelero.
-sigue y termina en página siguiente-
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A la otra mañana está ella sola en el ascensor. A él no lo veo por ninguna parte. Me asusto. Voy rápidamente a su casa y allí lo veo tirado en el sofá. Le pregunto qué hace ahí y así y porqué no está ya en el ascensor. Responde que lo tengo agobiado, que no quiere hablarle a esa chica ni a ninguna otra, que es feliz así y que le deje en paz. Le insisto en que no puedo, que tengo que escribir mi cuento y que necesito que ocurra algo entre ellos dos para que lo mío sea un cuento de verdad, que se produzca un diálogo, que se conozcan para llegar a una relación, primero amistosa, y con el tiempo, quizá sentimental. Él se queja de que nunca me había pedido estar en mi cuento, que es tímido y que no quiere hablar en ese ascensor con nadie, que, aunque la chica de marras es guapísima y está buenísima, no es razón suficiente para que lo obligue a conquistarla. Le contesto que confíe en mí, que soy el escritor y que me voy a ocupar de que ella se fije en él, haga lo que haga.
Finalmente, logro sacarle del sofá, y hasta le hago el nudo en la corbata. Ahora está seguro de poder hablarle. Lo presiento. Mañana será el gran día. Le dejo a su aire y le propongo vernos antes para repasar el ansiado encuentro que tengo pensado.
Pero, al día siguiente se queda dormido, lo que hace que le espere directamente en el ascensor. Estoy nervioso. Quiero ver qué es lo que va a pasar pasa. Ella ya está adentro, y el ascensor se acerca a su planta. Se abren las puertas, es el momento. Ella lo mira y sonríe. ¡Uy, casi!
- Tienes un moco en la cara -le dice y lo señala.
Y, efectivamente, en su cara, debajo de su nariz estaba ese colgante verdoso, amenazando mi cuento. Con lo que me había costado arrastrarlo hasta aquí... ¡Y, joder, ahora un puto moco! Él se quedó mirándola, con la boca abierta, pero sin decirle nada más, hasta que las puertas se cerraron, y él afuera y ella dentro.
“¿Y este es el fin de mi cuento?, ¡no!”, pensaba mientras veía que el ascensor seguía hasta la planta baja.
Ahora no podré recuperar a este mamón se tío, y mi cuento se va a acabar por culpa de un moco, que no podía aparecer en otro momento. ¡Me cago en el cabrón moco!
Pero lo busqué y lo encontré; empero, no me quiso atender. Esperaba algo banal para bajar corriendo por las escaleras las veinte plantas. A veces se disfrazaba para que ella no lo reconociese, se ponía una peluca y unos mostachos, falsos. Ella, en cambio, seguía cogiendo el ascensor como todos los días, con el mismo silencio. Un día la escuché decir esta exclamación “¡ "¡pobre, se habrá asustado!”, que de haberla el hablado hubiese tenido una nueva oportunidad.
Pasó un año y nada. Y no se volvieron a cruzar. Me enteré por un vecino que él cambió de trabajo, y ahora trabaja en su casa confeccionando webs para diversas empresas, lo que le permite no tener que salir a trabajar en la calle, y así y con su nueva ocupación, podría evitarme a mí, a la chica, al cuento y... ¡a su puta madre!
Un día, finalmente, lo encontré y le hablé y me habló. Disfrazado compraba un paquete de cigarrillos. Lo acorralé contra una de las paredes del estanco.
- ¡Necesito el final de mi cuento, y no puede acabar contigo yendo a comprar tabaco! ¡Esto es un desastre!
De nuevo me pide que lo deje en paz, que no quiere seguir viviendo en mi cuento, y que yo lo termine como me salga de los cojones. Le ruego, le suplico que se lo piense, que se lo plantee, que ya pasó mucho tiempo y ahora esto del moco va a ser una anécdota graciosa. Le di la idea de que mañana apareciese en el ascensor con una bella sonrisa en los labios y cuando, por fin, se hablen se van a reír a carcajadas. Luego hablarían sobre eso del moco, y listo. Ya estaba plantada la semilla de la relación. Solo quedaba regarla cada día un poco y crecería. Luego de una discusión, aceptó si acabo mi cuento y lo dejo en paz para siempre. “Trato hecho”, le dije y tendí mi mano que, incrédulo, estrechó.
Al otro día, todo listo. Él había cambiado radicalmente: bañado, peinado, afeitado y perfumado. No iba a ningún lugar, pero igual cogía el ascensor para verse con con aquella espectacular chica. Le hago el nudo en la corbata. Salió al pasillo, cerró la puerta y pulsó el verde que lo llevaría al reencuentro. Movimientos se escuchaban, y ahí estaba él con los brazos abiertos y con una sonrisa de oreja a oreja. Llega el ascensor y se abren las puertas. ¿Ella no está? “Se mudó ayer tarde”, respondió el conserje a la pregunta mía.
Vi por última vez una cara de desconcierto en mi protagonista. Pero le dije, para que saliera de su desconcierto, que, por fin, tenía ya el final de mi cuento.
Se lo agradecí con una sonrisa y un fuerte apretón de manos, y después lo dejé solo. Pero, a muy poca distancia, me quedé mirándole de reojo durante unos segundos y, por la expresión de confusión en su rostro, parecía que estaba pensando en cómo sería el final que le anuncié.
Antonio Chávez López
Sevilla enero 2023