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Dulce y amarga cruz la mía

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


Slo escritos erticos - Pgina 2 Escrit53


Dulce y amarga cruz la mía

Después de un mes, tres semanas y cinco días sin saber nada de ella, decidí visitarla de nuevo. Y no quería hacer eso porque era una agonía de la que no quería ser partícipe un segundo más.

¿Acaso no se daba cuenta? Obviamente, no. Para ella solo era sexo, pero para mí no, para mí era amor. Lo podría definir de otras maneras disímiles, pero amor es la palabra más acertada. La amaba y la deseaba con toda mi alma, y en absoluto me importaba nuestra diferencia de edad.

El cielo estaba plomizo, encapotado, gris, como mis ojos, como mi ánimo… Para evadirme un poco, encendí el móvil y me puse los auriculares. Lágrimas Negras, versionada a violín Stradivarius por un joven cordobés, Paco Montalvo, sonaba en ese momento. Una música acorde con mi situación. Aquel violín hablaba, y sus cuerdas me estaban ahogando.

Cogí, entre otras cosas de mi escritorio, una fotografía de ella, y la besé. Rogaba mentalmente que estuviese en su casa, y, sobre todo, que me escuchase, que me gritase, que me dijese algo, un insulto, pero que no le fuese indiferente.

Cerré la puerta de mi casa y me metí las llaves en el bolsillo, pero con tanta fuerza que pensé que se iba a romper el forro. Cogí mi bici y empecé a pedalear hacia su casa, hacia mi salvación o hacia mi perdición. No lo sabía aún.

No tenía porqué apresurarme, y tampoco tenía porqué demorarme. Avanzaba a velocidad constante, constante y rutinaria como se había convertido mi vida. Durante el trayecto iba recordando sus abrazos, sus besos, sus gemidos, sus palabras de comprensión, pero también su indiferencia, su rechazo a mis abrazos, a mis besos, a mis palabras...

Las primeras gotas empezaban a caer, mojándome la cabeza, los brazos y la bici. Al poco rato, desbordaba en un chaparrón, que me estaba empapando. El móvil y los auriculares se apagaron de pronto. Estaban heridos de muerte, pero aquella agua torrencial terminaba por matarlos. Lágrimas hirientes aparecían inconclusas en mis ojos, mezclándose con el agua fría de la lluvia que fluía a través de mis mejillas.

Recorridos, a duras penas, los seis kilómetros que separaban su casa de la mía, llegué con la convicción de que era la casa de mi amiga, la que me doblaba en edad y también en sentimientos. Pulsé el timbre y, después de una impaciente espera, miré por una rendija y... ¡oh!, guapa y sensual venía hacia el portón caminando.

Traía un paraguas rojo. Llevaba puesta una ceñida camiseta y unos muy ceñidos vaqueros, exhibiendo la perfección de una anatomía de 44 años, y calzaba unas zapatillas transparentes. Sus delicados y nimios pies, que tanto me gustan, estaban decorados con uñas pintadas en rojo. Saltaba de puntillas, esquivando los charcos acumulados en el trecho hacia el portón. Me abrió la puerta y me miró largamente, con los ojos sorprendidos y las cejas enarcadas, como si fuese una aparición de ultratumba lo que estaba viendo.

- ¡¿Qué es lo que haces aquí?! -me preguntó, airada.
- Necesitaba verte. Y no me niegues la entrada que vengo empapado.
- ¡Venga, Pasa, pasa, pero eres un tonto y vas a coger una pulmonía!

Entré con mi bici, y, ya protegido de la lluvia, me sacudí la cabeza, rociando agua a mis alrededores.

- Voy a traerte una toalla –me dijo, más tranquila, y se fue hacia la vivienda, y yo detrás de ella.

En el interior del amplio y lujoso chalet, se podía oler el olor picante de las pasiones ocultas, y, en mi caso, el olor pasional de una cuarentona y un veinteañero.

Me dio con una toalla grande y verde. La cogí de su mano y me sequé. La toalla olía a su perfume. Cerré los ojos y aspiré con fuerza, durante unos segundos.

- ¡Solo a un loco como tú se le ocurre venir hasta mi casa en bici con este temporal! ¡Y no me digas que no sabías que iba a llover! -me recriminó, airada de nuevo.

A su modo, seguía protegiéndome. Le sonreí, como en agradecimiento.

-¿Es que no te agrada verme de nuevo? Mira que aún estoy a tiempo de irme –le dije, a la vez que le devolvía la toalla y me iba hacia el portón.

Me detuvo poniéndose delante de mí.

- Bueno... ya que has venido hasta aquí, quédate al menos hasta que escampe un poco -me pidió, acercándose más a mí, sonriéndome seductora y cambiando de talante.
- Anoche soñé contigo -añadió, súbitamente, con un repentino cambio de voz, ahora meloso.
- Y yo sueño contigo todas las noches. Pero, ojo, no de la forma que estás pensando. Solo vine a visitarte porque quiero que hablemos de algo -respondí.

-sigue y termina en página siguiente-

Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Por un instante, una estela de temor se asomó en sus ojos. No creo que fuera miedo a que la dejase; era una mujer fuerte y me lo había demostrado más de una vez. No tenía porqué tener miedo, porque estaba en una excelente situación económica y además tenía una armonía física sensacional con la que podía conquistar fácilmente a cualquier hombre. Pero si realmente tenía miedo, no me lo iba a decir. Seguro estaba de ello.

    - ¿Y de qué quieres que hablemos? -me preguntó, pasados unos segundos
    - De algo que tú no sepas. Te amo.
    - ¡Ya estás de nuevo con tu cantinela de siempre! -se apartó de mí.

    Alargué el brazo y la pillé. Enmudeció cuando la estreché contra mi cuerpo, mojada mi ropa aún. La miré y le dije:

    - No lo comprendes o no lo quieres comprender. Yo no me conformo con tenerme en tu cama cada vez que te pique, lo que quiero es estar contigo en todos los lugares. Lo que siento por ti es más grande que el mejor polvo del mundo. ¡Por favor, tómame en serio!

    Se soltó bruscamente de mis brazos, sintiendo de pronto un dolor en el pecho. Pero, al poco, se repuso y me dijo en forma de pregunta:

    - ¿No ves que lo que me estás pidiendo es un imposible? Tengo 44 y tú 22. En 7 más habré sobrepasado la barrera de los 50, y probablemente mi mirto no funcionará de la manera que tú quieras y yo quisiera, por lo que buscarás a otra para tus desahogos. Fui engañada una vez, y te juro por mi único hijo que no lo seré más.
    - ¡No buscaré a otra! ¡Seguiré enamorado de ti! -me sulfuré.
    - ¡Sal inmediatamente de mi casa! -me ordenó, como única respuesta.

    Empero su enérgica respuesta, me aproximé más a ella, llevé mi cara a la suya y la miré a los ojos, color miel, y le dije:

    -Tú no quieres que me vaya, así que de nada te sirve sofocarte.
    - ¡Lárgate! ¡No piensas! ¡Eres un inconsciente!
    - Impetuosa me ordenas, pero sin convencimiento. Te conozco más de lo que tú crees. Conozco perfectamente bien cada detalle tuyo. ¡¿Obligarme a que me vaya?! ¡Intenta echarme si es que puedes y eres capaz!

    Dicho eso, le besé el cuello, suave y terso para su edad. Movió la cabeza y cerró los ojos. Sus manos hacían presión contra mi pecho tratando de que me apartase, pero, poco a poco. la presión iba cediendo.

    - Por favor, no me hagas esto –ésa su frase, “calientemente sexual”, la incitaba.
    - Sientes lo mismo que yo, pasa que no te atreves a reconocerlo -le dije, como si mi corazón contraatacase.

    En un fuerte arrebato, le besé la boca; suavemente, primero, y, después, salvajemente, acariciándole la lengua con la mía. Pero como su respiración empezaba a agitarse, me aparté.

    Comencé a tranquilizarla, abanicándola con una de mis manos. Los auriculares, aún en mis orejas, me estaban fastidiando, así que violentamente me los quité y los arrojé contra el suelo, junto con el móvil.

    - ¿Por qué tiras eso? -me preguntó, una vez que estaba medio recuperada su respiración.
    - No funcionan. Se los cargó la lluvia. Pero eso no importa ahora.

    Súbitamente y con desesperación, sus manos se aferraron a mi espalda, intentando arañarme por encima de la camisa, la cual, rápidamente me quité. Mis dos manos se posaron en su cuerpo, recorriendo con lentitud cada curva de él, como si quisiesen memorizarlas. Sus sentidos se iban aflojando y un suspiro hondo embriagaba mi oído izquierdo, cálidamente.

    Entre leves lágrimas de ella y suave sonrisa mía, en brazos la llevé hasta la amplia y mullida alfombra roja de su salón, extendida en medio de dos modernos y cómodos sillones reclinables con fundas rojas.

    Una vez en la alfombra y ahora con más libertad de movimientos, profundicé mis besos en su cuello, mientras una de mis manos iba transitando por la parte más alta de sus muslos.

    Se le escapó un largo gemido, a la vez que accidentalmente mis labios rozaron uno de sus erectos pezones por encima del sujetador, y ahí me corroboré, una vez más, que me sentía, que me amaba, que me deseaba, pero que luchaba contra sus sentimientos para no sentirme, no amarme y no desearme.

    Empero su aparente oposición, con ternura y no menos decisión me quitó toda la ropa, lo que me alentó a quitarle la suya, admirándome, una vez más, la perfección de una desnudez. No me dio tiempo a ser yo el primero en iniciar lo que tanto ansiábamos, porque ella ya tenía separados los muslos, invitando a que mi lengua, como lanza, se hincase a fondo en su humedecido y deseoso sexo.

    Y seguidamente -disfrutando los dos al máximo- vino lo demás que dos amantes enamorados son capaces de inventar, saliendo de nuestras bocas los gemidos más fuertes de todas las veces que antes habíamos hecho el amor. Y al final de tanto y tan variopinto placer, ella, con ojos llenos de lágrimas, me dijo que su voluntad pedía a gritos que no nos viésemos nunca más, pero que su corazón y su sexo estaban completamente sordos.


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    Antonio Chávez López
    Rota (Cádiz) julio 2001

     <3 


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