En aquel banco simulaba leer una chicaNada hay más hermoso y a la vez más poderoso que el amor y el deseo, cuando se ama y se desea de un modo irracional.
Una mañana cualquiera de un invierno gélido en Madrid. El autobús de siempre, a la hora de siempre. El Sol no quería salir, en su lugar, la niebla, que lamía la Tierra con las últimas sedas. En el firmamento, suave se dibuja la Luna. El tiempo y el espacio parecen disolverse si miramos hacia arriba.
Él pensaba en ella, un día más, como una devoción desde que aparecía en su vida. Él se creía feliz, estaba seguro de ello. No tenía la necesidad de pensar en el placer de la seducción, porque le parecería teatral. Se acordaba de sus bromas cuando un amigo o enemigo, vayan a saber, miraba a la chica con una mezcla entre lujuria y deseo, propio de un depredador.
En forma instintiva, imaginaba la mecánica del juego e intentaba recobrar su aire de altivez. Se sentía excitado y su corazón parecía ejecutarlo en sus febriles embestidas. Su mano parecería cobrar género en la entrepierna de ella. Cerraba los ojos para disfrutar de sus propias caricias. Notaba cómo su aliento rozaba sus mejillas. Un deseo ardiente iba apoderándose de su miembro, pero su mano se detenía a pocos centímetros él. Pasos que se acercaban a la parada del bus parecían haberlo puesto en contacto con la realidad.
El autobús se ponía en movimiento. La ventanilla de su asiento le devolvía el reflejo de la aromática decadencia de Madrid. Una exquisita decadencia. Un sentimiento de soledad lo acompañaba. En el trayecto, notaba esos afilados cuchillos de la soledad, pero trataba de sobreponerse.
No podía separar sus ojos de la silueta que estaba volviendo a ver, como cada día, desde la ventana de su despacho. Tiempo atrás, lograba zafarse de sus empleados y bajaba a la plaza, en donde la muchacha se sentaba en un banco a leer. Tenía que liberarse y estar en ese momento allí, con elle, junto a ella, por si algo le ocurriese.
Sabía todos y cada uno de sus gestos. Sabía la manera exacta en que ella cruzaba las piernas, para que su falda no dejase mucha intimidad expuesta. Sabía cuándo retiraba el pequeño mechón de su cabello, que se esparcía por su rostro. Sabía el sonido de sus manos, tratándose de ajustarse la minifalda.
En un principio, se había sentido ridículo, un mirón más, un salido más de los muchos que se paraban a mirarla, para tratar de entablar charla con ella. Pero pronto dejaba de torturarse con sus angustiosos pensamientos.
No podía ser tan malo dejarse llevar por un deseo. Por fin, ha sido capaz de reconocer que la deseaba por encima de todo. Quizás el deseo nacía en la parte interior de su minifalda. Lo cierto era que cada día estaba más ansioso por regresar a la plaza, incluso reunía el valor necesario para hablarle o para confesarle lo mucho que la deseaba.
Ahora solo necesitaba saber que ella seguía yendo regularmente a la plaza. Se quedaba escuchando con atención; realmente escuchaba el sonido de su voz al devolverle una pelota a un niño, que la había lanzado con mala puntería. Su voz, el brillo de sus ojos, el olor de su perfume, le parecían más embriagadores que nunca.
Uno de aquellos días cruzaba sus ojos con los de ella y sentía un agradable dolor de estómago. El tiempo y el azar habían hecho su trabajo. Pero bien sabía Dios que lo había intentado antes. Poco a poco, lograba reunir las fuerzas necesarias para irse hacia ella. Le atenazaba la angustia, pero seguía adelante. Solo eran veinte pasos, que se le antojaban aterradores
—Bonito día el de hoy –musitaba, de pronto
Ella esperaba una mejor insinuación
Él se decía para sí: “¡soy un puto imbécil; menuda perogrullada he soltado!”.
Sin embargo, ella era más directa:
—¿Quieres hacerme el amor? –le preguntaba en un tono dulce.
“De eso se trataba”, pensaba y quería aunar el aplomo suficiente para contestar, pero la chica de nuevo se le adelantaba:
—Te vengo observando en estos últimos meses, y he visto que tienes una muy extraña forma de seducirme. Es más, había pensado en seducirte yo.
Ya no tenía escapatoria posible. Se había resuelto el asunto de una forma tan inesperada como inusual, y ahora tenía que aplicar su ingenio. Mucha gente no sabe lo que quiere, empro, aquella chica lo tenía muy claro; le quería a él. Puede que su mente anduviese vagando por las páginas del libro que simulaba leer, pero en su corazón estaba él.
Sus pechos temblaban al contacto de los dedos de él. Sus mamelones se endurecían. Las palmas de sus manos y una dudosa sensación de vértigo, por el calor auspiciada. Las caricias invadían un pubis, levantando el suave vello cual leve y tibia brisa. El placer que inundaba el cuerpo en la entrega de la piel. El gustoso impacto de su cabeza contra la suya, con todo el cabello enmarañado por sus dedos, como el rayo de Sol que en forma inesperada se posa en el agua. Su aliento como el aliento del mar, desembocando en la playa, esperando el juego prohibido; el primer beso profundo, suculento de salivas y estridencias de dientes.
Ella admiraba el cuerpo estilizado de él, con ese tipo de sentimientos que desarma. Pero su mente iba por un camino disímil: calculaba el tiempo que podía mantener una erección un hombre tan bien dotado.
Sus ojos, sus manos y sus labios se alejaban, pero volvían a su pene, a sus nalgas, a sus piernas, a su pubis, haciéndole el amor, deslizándose como cera en vela que se extingue. Le acariciaba como si el tiempo muriese con ellos, ofreciéndose al placer con la furia de placeres largamente acariciados. El fuego alumbraba sus ojos, mientras él llevaba su mano, como una ave rapaz, dirigiéndola a algunos puntos inexplorados de su cuerpo. Unos escalofríos se convertían en lavas, en un sentir de anatomías que tiemblan al unísono.
La noche que terminaba no acababa al mismo tiempo en este espacio. Aún ganaba la ansia y los picos de la madrugada. Cerraba los ojos, rotos por la batalla y sintiendo la firmeza inagotable de la lujuria. Él aún le permitirá descubrir el oro de un corazón blando entre sus nalgas; esa era la puerta que se cerraba y se abría con los silencios rotos por los gemidos. El dolor y el placer se entremezclaban en la tormenta. Durante algunos minutos, sentía las mortales cornadas del semental, pero el languidecer del estremecimiento, el principio de la embriaguez en la gran cama blanca.
Iban tocando el cielo en cada uno de los acentos suspendidos. Pronunciaba él palabras dulces a su oído, y rememoraba los deliciosos momentos frescos, en la búsqueda de un paraíso y la miel que quedaba dentro. No le importaría morir de placer ahora... Ahora sabía que en sus brazos podía pasar el resto de sus días y que podía ahogarse en sus ojos, lentamente, sin sentir frío.

Antonio Chávez López
Sevilla marzo 2001
Comentarios
Gracias por compartir.
Las palabras de tu respuesta, me han parecido inocentes. ¿Eres mayor de edad? Quiero decir que si has cumplido ya la mayoría de edad. Si es así, nada o poco debería impresionar a tu intelecto; aunque, si no la has cumplido, tampoco es, necesariamente, necesario (valga esta redundancia), puesto que puede que tengas la suficiente preparación y madurez como para entender que esto solo se trata de un simple relato; aunque, eso sí, un relato con dosis eróticas, pero que éstas también te pueden servir de aprendizaje o enseñanza.
Desde mi ciudad, Sevilla, Felices Fiestas Navideñas y un saludo afectuoso, guapa.
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Ah, perdona algunos fallos de mecanografía en ese relato. Gracias.