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Máximo erotismo en nuestros juegos

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII




Máximo erotismo en nuestros juegos

Recuerdo aquella tarde-noche como si fuese ahora mismo. ¡Y cómo no recordarla!

Estábamos solos en mi casa, él y yo. El ruido habitual de los transeúntes y el de los coches, entraban por todas las ventanas de la casa. De pronto, me ponía sobre la pared y me mordía los labios. Su boca entera era candela. Sobre la marcha me daba un repaso minucioso por todo mi cuerpo con la punta de su lengua, parándose deliberadamente en esas partes que tanto le gustan, y a mí también: los muslos, los pechos, el culo y el sexo, que éste ya estaba humedecido. Se estaba portando como un niño pequeño con un juguete de los Reyes Magos

Cuanto más me tocaba, más lo quería. Pero lo que más deseaba era que me penetrase. Bajaba él la boca hasta mi cuello, lo mordía y después… se apartaba. Me quedaba perpleja.

"¿Por qué se habrá apartado?", pensaba.

No podía soportar mi pensamiento, así que me echaba sobre él y lo arrastraba hasta mi cuarto; ya allí, lo empujaba hacia la cama y me ponía encima de él, procurando no dejarle escapatoria posible.

"Ahora me toca a mí", pensaba, de nuevo.

Le desabrochaba los botones de la camisa, para poder besar y mordisquear a mi gusto sus tetillas. Le cogía las manos y las ponía sobre mis pechos. Me mordía los labios mientras mis dedos iban desabrochando su bragueta. Acto seguido empezaba a lamerle el miembro, pero… de pronto, retiraba mi boca. Él me miraba, me cogía del brazo y me decía, airado:

- ¡Tú no te vas y me dejas así!

Me quitaba toda la ropa, hasta dejarme en pelotas vivas, y yo se la quitaba a él, hasta dejarlo en pelotas vivas; me echaba sobre la cama, me abría las piernas y me metía el pene. ¡Ah, aún puedo notarlo dentro de mí!

Un placer ¡oh! era lo que sentía en aquel momento. Pero él quería más y, como en un movimiento rítmico que hacía rugir, me decía:

- Voy a hacer que tu vulva chorree sin parar.

Dicho y hecho. Un orgasmo al unísono y al menú de su carta.

Pero yo no había acabado todavía. Y volvía a la carga y comenzaba a hacerle un deleitoso limpiado a su miembro; pasaba suavemente la lengua desde el meato hasta que acaba el glande, y luego me lo metía hasta lo más profundo de mi garganta. Me gustaba tanto esa experiencia que incluso repetía la misma maniobra tres veces más.

Cuando se reponía un poco, me metía sus testículos en la boca mientras se la iba masturbando. Apenas veía en la expresión en su cara que se le aproximaba un nuevo climax, lamía suavemente la punta del glande, hasta que aparecía mi alimento: el regalo especial que me hacía.

Mis piernas me tiemblan convulsivamente cada vez que recuerdo aquel increíble polvo y nuestros juegos. Sin duda alguna, el polvo más sabroso y más juguetón de toda mi vida. ¿Y con quién mejor que con él?


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Antonio Chávez López
Sevilla agosto 1999


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