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CRECIENDO ENTRE PREJUICIOS

Estábamos sentadas en medio del salón vacío cuando Teresa habló.

—¿Crees que tenga mejor carácter? —Su pregunta llegó a mí al mismo tiempo que su mirada verde. No necesitó dar más detalles, pues esa mañana todos hablaríamos del mismo tema.

—Cualquiera tendría mejor carácter que la señorita Mariela —respondí mientras colgaba mi mochila del respaldo de la silla—. Me alegra que se haya ido de la escuela.

—Siempre venía enojada…

—Y le encantaba gritar —acoté, a pesar de estar muy concentrada en sacar útiles de mi mochila y colocarlos sobre el banco.

Cada objeto tenía un lugar particular en mi mesa, y me gustaba que fuera así: la cartuchera de tres pisos, siempre en la esquina superior derecha; la agenda de clases, a la misma altura del lado izquierdo y, finalmente, el cuaderno de espirales centrado.

—¡Hola! —saludó Adrián, llegando al salón con su ostentosa mochila de rueditas.

En el salón de clases era más conocido como Pulgarcito, dado que era muy pequeño de tamaño. Él, lejos de enfadarse, ya conocía las ventajas de su corta altura: siempre iba primero en la fila.

—¡Hola! —saludamos nosotras. Teresa agitó su mano muy exagerada, y es que todos sabíamos que le gustaba Pulgarcito y ella no lo ocultaba en absoluto.

—¡Bien! ¡Presiento que hoy tendremos un profesor nuevo!

—¿Un profesor? —repetí yo, con una mezcla de sorpresa y desagrado.

—Sí, sería mejor que fuera varón —expuso el niño, transparente—. Mi papá dice que son más divertidos que las mujeres, y saben mucho más.

—Tu papá es un machista —me animé a decirle, a pesar de que apenas había aprendido la palabra la semana anterior.

Mi hermana mayor, Laura, había cumplido diez años y sabía mucho de muchas cosas. Me explicó todo al respecto. Los machistas eran personas normales, vestían como cualquier otra y hasta hablaban igual. Sin embargo, Laura me enseñó que, para los machistas, los hombres eran mejores que las mujeres en todo, excepto para las tareas del hogar.

—Yo también prefiero un profesor —intervino Teresa, mientras veíamos llegar a Camila con un ramo de tulipanes en sus manos.

Yo la odiaba, y mi estómago también. Tan pronto como la veía, empezaba a sentir que la panza se me retorcía. Era muy desagradable.

Camila era linda y siempre usaba ropa perfecta, como la pollera rosada de vuelos que se había puesto esa mañana. Pero no era por eso que la odiaba, sino porque el primer día de clases me dijo que yo era gorda, y todos se rieron de mí. Teresa fue la única que me defendió.

Desde entonces, me prometí que odiaría a Camila por siempre, que Teresa sería mi nueva mejor amiga y que nunca permitiría que alguien llamara gordo a otro, porque es muy cruel.

—¿Para quién traes ese ramo? —preguntó Pulgarcito, curioso.

—Para la nueva señorita, por supuesto —respondió Camila, enroscando un mechón de su pelo oscuro alrededor de su dedo índice—. ¡Espero que sea tan linda como la señorita Mariela!

—¿Y si no lo es? —cuestionó Teresa. Aquello pareció descolocar a Camila, porque detuvo el movimiento de sus manos de manera abrupta.

—Mi mamá me… —comenzó a decir, pero hizo silencio para pensar—. Todas las maestras que conozco son lindas…

La entrada de Tomás al salón hizo que mi mente la ignorara y me enderezara con disimulo. Sí, me gustaba, y él lo sabía porque Pulgarcito se lo había dicho hacía unos meses. Me enojé por eso, y durante varios días lo llamé «Pulgar».

Laura me explicó que, cuando te gusta alguien, sientes mariposas en el estómago. Yo solía sentir mariposas cuando veía a Tomás, aunque muchas veces desaparecían si comía algo. Esto me hacía suponer que el amor era un poco aburrido, y solo hacía que te enojes con tu mejor amigo.

—Tomi, ¿crees que la señorita será linda? —le preguntó Camila mientras dejaba el ramo de flores en su banco.

—Me da igual en tanto no nos dé tarea —respondió él, colocando sus pies sobre la mesa.

—Su trabajo es darnos tarea —apunté con cierto aire de superioridad—, si no, no sería una maestra.

Tomás me miró mal, pero no me importó mucho a pesar de que se suponía que me gustaba. Probablemente se sintió un bobo.

Mi mamá solía decirme que debía dejar de tratar de tontos a los demás. Yo no sabía bien a qué se refería. Si alguien se sentía tonto cuando hablaba conmigo, quizás realmente lo era.

El resto de mis compañeros fue llegando a cuentagotas esa mañana hasta que llegó la hora esperada. Todos hablaban de lo mismo: la maestra nueva. Nora quería que fuera una mujer protectora y dulce, quizás porque su mamá había fallecido poco tiempo atrás y necesitaba de eso. Héctor, un compañero bonachón que aspiraba a ser sacerdote, repetía que esperaba una mujer católica que nos hablara de Dios. Camila insistía en que fuera bonita como ella. Yo sólo quería a alguien que nos enseñara mucho y nos retara poco, y que no viniera a al salón como si fuera su peor pesadilla, como le sucedía a la señorita Mariela.

Una vez que sonó la campana, todos permanecimos parados al lado del banco, esperando con ansias la llegada de nuestro nuevo maestro. Y no pasó mucho hasta que alguien cruzó la puerta, una figura que apenas consiguió traspasarla poniéndose de perfil.

Se trataba de una mujer de casi cuarenta años, de cuerpo amplio como una heladera, casi del ancho del marco de entrada. Sus ojos estaban perdidos en sus mejillas abundantes, y su cabello enrulado le caía voluminoso hasta los hombros.

No pudimos evitarlo, todos nos encogimos junto al banco con miedo de lo que aquel ser humano grotesco pudiera hacernos.

—¡Buenos días! ¡Mi nombre es Amelia! —La voz dulce que salió de su boca, que para ese entonces dibujaba una sonrisa luminosa, contrastaba bastante con su figura—. ¡Qué hermoso día!

Sonaba como un hada madrina encerrada en el cuerpo de un ogro. Tenía una energía contagiosa, y una alegría que pronto nos alcanzó a todos.

Recién entonces nos dimos cuenta de que traía una guitarra colgada del hombro y, a pesar de que no era la maestra de música, no demoró en desenfundarla. Antes de que pudiéramos cuchichear sobre la expectativa y la realidad, la señorita Amelia comenzó a presentarse al ritmo de su instrumento.

Fue muy divertido. Y, mientras todos nos sumábamos a la canción por medio de las palmas, Teresa y yo nos miramos con los rostros sonrientes.

Qué extraños son los prejuicios. En la cabeza, parecen quitarnos la posibilidad de imaginarnos una idea diferente. En la realidad, se caen de forma abrupta y automática cuando nos animamos a contrastarlos abriendo la mente.

Fue la primera vez que me sentí una tonta. Pero me alegré por esto, tanto que comencé a cantar a viva voz la música que Amelia entonaba para nosotros.



®Lourdes Vera Rueda

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