No tiene ningún sentido seguir viviendo así
-¿No te das cuenta de que apareció por casualidad, de que nada de esto estaba planeado, de que todo ha sido sin pensar?
-Me he dado cuenta, pero tú llevas seis meses escondido en tu puta madriguera, y todo es para nada. No eres la misma que antes movías el mundo con un dedo. Era probable pensar que un día llegasen a destrozarte el alma. Eres una masoquista. ¡Sí, eso es lo que eres, una masoquista! Te envuelven muchos halos de masoquismo. En realidad, te gusta ser masoquista. No le encuentro otra explicación
.
-Tú no sabes lo que es sentir, lo que es amar con las entrañas, tú no sabes lo que es la sensación de un pinchazo en la boca del estómago, cuando te hieren. Solo te dedicas a flagelarme, cuando no sabes lo que es estar como estoy yo. No es justo, pero, en realidad, nadie sabe de qué manera puedo ayudarme, y tú crees que lo más acertado es tu terapia de choque, pero tienes que saber que eso no funciona, y nunca ha funcionado. Llevas tiempo intentándolo, ¿y de qué te ha servido? De nada. Absolutamente de nada.
-Pienso que el martirio que tienes ahora, sola te lo has ganado a pulso por idiota. Te avisé, te lo dije, pero, como eres una cabezota, hasta que no chocaste contra el muro no has parado. Te arrastrabas mientras te pisoteaban, así que tú solita te estabas aniquilando. Es mucha la frustración para que puedas entenderlo. Es duro ver a alguien que has amado destruirse de esta forma, y solo por cabezonería.
-¿En serio que era una cabezonería? Con decirme esto, me estás demostrando que no me conoces, y tampoco eres capaz de descubrir qué es lo que nos estás pasando, qué es lo que podemos hacer para amarnos, querernos. Sinceramente, por más que me esfuerzo, no te entiendo. ¿Cómo lo haces para no sentir, para no amar, para no querer? ¿Cómo te las arreglas para proteger tu corazón? ¿Puede saberse cuál es tu secreto?
El diálogo seguía, pero todo llevaba a un mismo punto: un punto de la nada. Yo era la masoquista, yo era la que me destruía sola. Nadie me conocía. Estaba harta de todo. Así que decidía irme a mi cuarto; y ya en él, cerraba la puerta por dentro con pestillo, me tumbaba en la cama y me ponía a pensar.
Y pensando me disponía a beberme de un tirón mis últimos comentarios y a intentar dormir, aun sabiendo de antemano que cuando cerrase los ojos, en mi mente aparecería él, tan hiriente que me dolería, y al final, sería como los demás.
Quedaría callada una noche más, y la verdad era que no sabía si podía aguantar por mucho tiempo más en silencio. Me daba miedo, miedo a que estallase, a que las frustraciones se escapasen y se mostrasen públicamente.
Empero, aunque soy consciente, aún estoy viviendo una farsa. Durante meses me he encerrado en banda, me he encasillado, me he creado mi propio mundo, me he aislado y me he protegido yo misma. Y eso no es bueno, pero era lo mejor que podía hacer para intentar que mi vida, cogida con alfileres ensangrentados, no caiga de nuevo y, por supuesto, que no me la pisen como me pasa siempre. Al fin y al cabo, él lleva mucha parte de razón cuando se atreve a decirme sin rodeos esas palabras tan duras...
Estoy saturada de vivir de esta forma, pero no de vivir normalmente. Así que no me queda de otra. En estos momentos estoy como un automóvil cuando está en punto muerto; si me empujan hacia atrás, sin mirar y sin precaución, caigo: si me meten una velocidad, ando.
Conscientemente me estoy dejando arrastrar por unas intuiciones absurdas, que solo sirven para envolverme en una tupida coraza que no deja pasar el daño, y ni siquiera el llanto, y, además, sin por mi parte querer combatir contra la gente que me lo ha causado. Y ya ven, este es mi Gólgota, mi calvario, mi INRI… Y así transcurre mi jodida existencia, tan triste como eso, tan real como mi vida misma.
Antonio Chávez LópezSevilla octubre 2005