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Y todo comenzó con una copa de vino, suave en el paladar y chispeante en el alma. El catador no lo vio venir, la barrica le explotó en los morros, y salió despedido hacia atrás unos metros, partiéndose la columna contra unos toneles.
De los restos de aquella desdichada barrica, cuyos despojos desparramados eran un crimen para los sentidos por su desperdicio, se configuró aquel ser. Gelatinoso, con un tímido matiz púrpura, pero predominantemente granate, el humanoide se arrastró dejando por el suelo un rastro del más tierno de los vinos, como si fuera su sangre.
Delante de mis ojos, la bestia se acercó poco a poco a un aterrorizado
catador, que desbocado miraba a todas partes sin advertir mi humilde presencia.
“...Ayuda… Ayuda por favor…” Gritaba el hombre sin recibir respuesta.
Rodeado por aquellas nobles maderas, inició una carrera arrastras, cuya meta
era la salida de aquella bodega… Seguramente no quería que fuera su tumba. En
mi época, los médicos recomendaban dos copas al día de buen vino para mejorar
la salud, pero el catador debía tomar cuatro, porque con empeño, se mantuvo a
distancia de la bestia haciendo gala de las capacidades atléticas que brinda la
desesperación.
Monstruo y hombre se arrastraban el uno detrás del otro, dejando a su
paso aromas de amargo sudor y primarios cítricos, sin duda demasiado ácidos
para mi gusto. Pero aquella masa deforme, cuyo único sonido era similar a la
pisada de uva, ganaba terreno con cada brazada.
Pobre de ti catador, cuyo único pecado fue el no apreciar un caldo como
se merece. La madre del vino va a por ti, para hacerte pagar tus faltas de
respeto a este alimento del ánima. La madre del vino no se cansará, no
desfallecerá por mancillar con tu ego un producto tan antiguo como el ser
humano. Pobre de ti, falso catador, que con tu ignorancia has insultado al
espíritu del vino.
Sin poder escapar, en aquella bodega sagrada, la criatura sin forma
alcanza las piernas del catador y, con su ácido, las derrite dejando los huesos
mondados. Los gritos eran ahogados por las tradicionales maderas y el dolor fue
tan intenso que invitaba desmayarse, pero el catador no desfallecía. Desde lo
más hondo saca fuerzas para seguir braceando en el suelo, mientras la masa iba
degustando sus caderas.
Pero la madre del vino, ahora alimentada, crece en tamaño y aumenta el
hambre, un hambre que solo podrá ser saciada por un catador, un catador
sicótico que escondía personas en las barricas para que, al deshacerse, sus
taninos fueran únicos al paladar. Pues ahora él estaba destinado a dar calidez
al alcohol; primero con sus piernas y después con su cuerpo.
Del catador solo han quedado sus huesos, blancos y pelados como las patas
de buen jamón que peladas quedan, siempre y cuando sean acompañadas de un buen
tinto.
¿Yo…? Soy una de sus víctimas, un humilde sumiller que en fantasma me he
convertido, velando por que la gente no cometa crímenes contra el vino.
Escrito por Zarcancel Rufus.