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Me decidí a navegar

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

Me decidí a navegar

Me resulta difícil encontrar un motivo para empezar a escribir esta historia. Más que nada porque temo adelantar algunas anécdotas o delatar algunos sentimientos que tendrán que nacer en los próximos párrafos. Sin embargo, creo conveniente e incluso necesario describir mis días antes de conocerle a él.

Desde hace un año que mi vida ha dado un vuelco. Para muchos, el año pasado ha sido un año de recortes, paro, fracasos, desilusiones, promesas no cumplidas, cierres... La mayoría le echaba la culpa a los políticos.

A mitad de año, me separaba del padre de mi hija. Al mes, nos mudábamos de piso, mi hija y yo. Ahora Eva no duerme más en mi dormitorio; ya tiene el suyo propio. En el trabajo, estábamos viviendo cambios de dirección, reducción de personal, triplicación de trabajo pero con más exigencias… Y por encima de todo, mucho, muchísimo cabreo.

En mi universidad me faltaban tres meses para terminar mi carrera. Solo me restaba cursar Literatura Infantil y Cultura, dos materias que rendiría en septiembre. Esto me mantenía ilusionada, porque, cuando acabase, me daría de lleno a la docencia. Mi ilusión desde que era una mocosa.

También conocí a un chico, del que aprendí, aprendí a valorarme a mí misma y a mis actividades, a valorar la importancia de estar bien conmigo y a defenderme de los juicios ajenos, que olímpicamente se permitían algunos. Reafirmaba mi papel de madre, rearmaba el vínculo entre Eva y su padre, ponía en marcha la maquinaria de las relaciones armoniosas con mi gente, aunque la muerte de mi abuela obstaculizaba. Pero, más tarde, me presentaba como actriz de teatro, me desvinculaba de la empresa, en la que había trabajado desde los 22 años, y con la indemnización podía liquidar mis deudas, pintar mi casa e irme con Eva de vacaciones. Al regreso, empezaba a asistir a actos públicos, y tres meses después, contaba con una escuela cerca de mi barrio. ¡Por fin, tantos años de estudio estaban dando sus frutos!

Aquel chico era un buen apoyo para el periodo de transición que iniciaba ese año y que permanecía hasta el invierno del año siguiente. Empero, “no se puede vivir del amor”, y en abril rompimos, lo que me causó ansiedad. Pensaba que una relación acababa una vez desaparecido el amor, una vez que habíamos tirado tanto de la cuerda como para darnos otra oportunidad, pero veíamos necesaria la disolución. Nuestros puntos de vistas y nuestros proyectos en común eran tan diferentes que era prudente cortar por lo sano, y así evitar posteriores complicaciones.

Pero, aun nuestra mutua y pacífica determinación, la veía una decisión inmadura. Pero ahora pienso que era lo más acertado que podíamos hacer, porque, con tiempo para pensar en eso, no hubiese llegado la oportunidad de conocerle a él.

Avanzada la separación, aceptábamos que no era viable una reconciliación, así que empecé “mi caza de corazones”. Nunca he sido fervorosa de este tipo de cazas, pero recordé que días atrás había aceptado en Facebook a un amigo de un amigo mío. Hacía memoria hasta recordar desde cuándo conocía a mi amigo: y era en una obra de teatro en la que actuábamos los dos y que nuestro amigo en común también actuaba.

Realmente era un tío atractivo, de esos que las mujeres nos giramos para verle, e incluso dos veces. Demasiado atractivo. Figurita difícil de atrapar, diría. Y ante tamaño reto, empezaba a crear una estrategia. Lo primero que hacía era preguntar a su (nuestro) amigo cosas sobre él.

—Mira, Carmela, a Jaime no le gustan las chicas “lanzadas”.

—Bueno es saber eso.

—Para él se tiene que dar todo de una forma normal.

—Bien. Tomo nota.

—Es lento en sus decisiones.

—Por eso no tengo ningún problema.

—Y sobre todo, y no olvides esto, no esperes que se enamore, porque está a años luz de querer estar en serio con alguna chica. Es más, hace ya mucho tiempo que no le veo con ninguna.

Para mí eso era increíble. ¿Cómo tío tan bello podía estar solo? Pero más allá de esto, basándome en su atractivo sexual, confiaba en la información que me había dado mi amigo, y era que a partir de esto armaba una minuciosa estrategia.

La primera fase era "una observación virtual", que consistía en seguir su flujo diario en el Facebook, para tratar de conocerle más. Saber qué clase de música le gustaba, encontrar sentido a las imágenes que compartía y hacer un cronológico repaso de sus fotos, para suponer lazos familiares o de amistad.

Y así hasta que me lanzaba con un “me gusta”, y al otro día figuraba en mis propias notificaciones que él me había devuelto la gentileza, cliqueando alguna de las miles de cosas que yo subía al muro, con la esperanza de que mi nombre figurase en las noticias diarias. Pasaban semanas en las que los “me gusta” iban y regresaban, pero no había ningún indicio claro de una comunicación real.

No sabía si mi criterio sobre la lentitud sería igual al de él, y por ello me mordía las uñas pensando cuál iba a ser el siguiente paso que denotase naturalidad.

Y así era como, carcomida por la ansia de saber más de él, entraba en el Google y escribía su nombre completo. Y ahí estaba su currículo, en Linkedin. Pero, sin darme cuenta, mi propio usuario estaba bloqueado, desconociendo por completo que esa página contaba con un servicio de notificaciones que avisa qué usuario visitaba tu perfil. Así que, mientras yo feliz mirando sus últimos trabajos y fantaseando charlas, a él le llegaba un correo, con mi nombre, apellidos y fotos, comunicándole que había entrado en su perfil. Tendrían que haberme visto la cara al otro día, cuando en mi correo tenía la misma notificación. ¡Él también había entrado en mi perfil!

Rabia sentía en ese momento, como si estuviese jugando al ajedrez y en una pésima jugada hubiese dejado desprotegido al rey. Me sentía tonta, torpe, inútil... Sin embargo, mi vagina no se desanimaba y volvía a la carga.

Sabía que podría haberle dicho cosas bonitas, pero no podía formularlas con tanta presión. ¿Y con su respuesta qué querría decir? La leía y releía y no hallaba el dato concreto que me confirmase que yo le gustaba. ¿Y si era una respuesta de cortesía? Por suerte, esa misma noche empezó a hablarme por chat del Facebook. Justo esa noche había venido a casa nuestro amigo común, y mientras él jugueteaba con Eva, yo respondía a sus mensajes. No podía disimular mi felicidad, pero tan pronto mi amigo veía una expresión de júbilo en mi cara, me decía: '¡Carmela, Carmela, no te vayas a enamorar!'.


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Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Pasaban los días y nuestras charlas eran casi permanentes. Nos saludábamos por las mañanas, y si él no estaba conectado por las tardes, le dejaba yo algo y así permanecía abierta la puerta del intercambio.

    En ese tiempo participaba yo en un programa de la radio, y le ofrecí pasarle un tema de la banda, a la que él pertenecía de trompetista. Aceptaba, y al poco tenía su respuesta. No importaba el mucho trabajo que tuviésemos cada uno en el día, ya que siempre encontrábamos un hueco para hablar, aunque solo un poco. Y digo poco, cuando en realidad pasaba una hora en la que nos dedicábamos a… eso, a conversar. Incluso recuerdo un sábado por la mañana, tempranísimo para ser sábado, que me despertaba mi gata. Encendí mi ordenador por instinto. Y él estaba ahí. Se había levantado al alba para estudiar.

    Sorprendidos por la casualidad de ambos madrugar, empezábamos nuevas charlas. Intentaba por todos los medios hacerle partícipe de mi vida, contándole el itinerario de actividades que me había propuesto para ese sábado, y con el deseo de que no se desconectase, incluso le pasaba las crónicas destacadas del periódico del día.

    Obviamente, esperaba que algunos de mis tiempos libres coincidiesen con los de él, pero ante cualquier indicio que dejase vislumbrar un encuentro entre ambos, de él recibía evasivas. Así que me limitaba a encarar las charlas con otras temáticas, algo que en ese momento veía fútil. Pelis de cine, familias, amigos, aficiones…, eran lo que completaba nuestro incontable listado de comentarios.

    De esta forma nos íbamos conociendo desde otro lado más personal, y poco a poco se iba entregando, en charlas, claro (no seáis mal pensado jajajajaja) Un día me contaba que había hecho un curso sobre la fabricación de la cerveza, pero como yo nunca he bebido una cerveza en mi vida…, jajajaja, aprovechaba y le decía:

    —Algún día me explicarás de qué va ese curso, y así me lo aplico yo.

    —¿Sola?

    —Sola.

    Era lo primero que había pensado, y no me gustaba demasiado, pero me salió “sola”.

     —¿Eres tú de esos que beben cerveza a cualquier hora del día?

    —Debo admitir que sí. Anoche a las tantas, antes de irme a la cama, me bebí una lata helada de Cruzcampo.

    —Mejor, así hay más versatilidad horaria para implantar la cerveza a las cuatro de la madrugada.

    —¡Pues sí, jajajajaja! Lo tendré presente si me toca trasnochar alguna vez con una cerveza en la mano.

    —La cerveza es vida para mí. Y me encanta hablar con cerveza o sin cerveza... ¡de lo que sea’! -le daba cierto énfasis a: “de lo que sea”.

    —Jajajaja. ¿Hasta quedarte sin voz? Eres graciosa.

    —No, eso no. Trato siempre de cuidar mi voz, como actriz y como docente. Pero yo puedo hablar infinitamente, sin que se perjudique mi voz…

    —Uf, ya tengo el primer reto. Responder hasta que te canses.

    —Ojito con lo que acabas de decir porque cuando me canse de hablar, voy a querer llenar mi ocio de otra manera...

    “Tirarme a la chimenea, en pelotas y en pleno julio, era poco en comparación con la calentura sexual que sentía a medida que avanzaba la conversación”.

    A cada instante volvía a mi mente las palabras de mi amigo: “a Jaime no le gustan las chicas lanzadas”. Y ahí, ahí sentía yo un retorcijón en el estómago que me indicaba que quizás no le podía gustar mi forma lanzada de ser y acabase por perder interés por mi personas. Pero el que se plantease un reto en el que me incluía, me llevó a sentir la sensación de que estaba haciéndome un huequecito en su vida, aunque en el plano de pasatiempos. Pero una vez más, para no variar, aparecía su puta evasiva ante mi propuesta, “casi indecente”:

    —¿Tienes tú problema con los vacíos?

    —Un poco. Estoy en terapia para eso, jajajajaja…

    —Todo tiene un por qué. Mira, solo por ser un sábado a las nueve de la mañana, voy a hacerte la pregunta del millón. Ahí va: ¿crees en el amor?

    —Creo.

    —¿Y qué es lo que no puedes llenar con semejante inmensidad?

    —Nada. La cuestión es saber dejar amor en todas las cosas que uno hace, para así llenarte. Y no solo en las personas o en los vínculos.

    —En un imaginario baremo del 0 al 10, ¿cuántas veces te has sentido frustrado esta semana?

    —Dos. Pocas en realidad. Me siento bien con lo que soy y lo que hago.

    —Bueno, dos veces pueden causarte un vacío. La idea es estar en armonía. Así es el amor.

    —Sí, el amor es ese equilibrio al que todos aspiramos, por momentos más tangibles y por otros más utópicos.

    Intercambiábamos ideas que dejábamos a propósito en forma inconclusa, creando así un interés por seguir, mediante “esa cerveza Cruzcampo de por medio”.

    Pero, de todo lo que no es lo óptimo se cansa uno. Y precisamente por eso, a los tres meses y tres días de estar chateando, conseguí su número de móvil, y yo le di el mío.

    Estaba claro que yo podía domar a la fiera. Empero, había en mí un fallo, porque mis ganas, casi enfermizas, por saber todo y más acerca de él, estaban superándome. Hasta que una tarde ambos, sin mutuo acuerdo, llegamos a un punto en que ya no nos conformamos con el chat del Facebook…

    Y a raíz de ahí, echamos mano de nuestros respectivos móviles, convirtiéndose nuestras diarias conversaciones en “más sabrosas”, lo que nos daba pie a conocernos personalmente. Y nos conocimos. Y nos gustamos, tanto en el trato como en lo físico. Y nos enamoramos y... paro ya de contar. A partir de aquí, que trabaje un poco la imaginación de cada cual...




     :) 

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