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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Mi uniforme de trabajo
Recuerdo que antes de acudir a aquella entrevista de trabajo, sentía algo extraño que se me iba acrecentando tan pronto me bajaba del autobús y me iba aproximando a aquel club de campo.
Tenía unos muros altísimos, como los de esas urbanizaciones que con el tiempo y las reiteradas crisis económicas quedaban en la miseria. Y hasta el portón enrejado de la entrada se hallaba cubierto por una lona negra, la cual no dejaba ver ni el más mínimo resquicio de dentro.
Luego de lo largo y pesado que se me había hecho el viaje desde Sevilla hasta aquel lugar escondido del último pueblo de la jurisdicción, llegué al portón de la entrada y pulsé el timbre del portero eléctrico.
— ¿Quién es? –preguntaron.
— Vengo por lo del anuncio de fontanero -respondí.
— Un momento -contestó la misma voz cascada, como la de un hombre mayor.
Aquel club estaba en una parte aislada, en medio del campo, lo que aumentaba mi curiosidad de por qué de tanta manía por la privacidad. El anuncio del periódico pedía "un jardinero con experiencia para club de campo". Necesité subirme al metro y tres autobuses para llegar a aquel rincón de la zona alta del Aljarafe sevillano.
Diez minutos después, unos ojos se asomaron por la mirilla:
— ¿Quién es usted?
— Soy la persona que llamó antes y vine para lo que le dije antes.
— Ahora mismo le abro.
Se corrió el portón y apareció un señor de bastante edad, totalmente desnudo, salvo unas alpargatas de color beige, quizás para hacer juego con el tostado de su piel. Me quedé helado, clavado en donde estaba. El anciano me vio una expresión rara en la cara, después me preguntó:
— ¿No sabía usted que este es un club nudista?
— No. El anuncio no mencionaba esa “particularidad” –respondí, matizando.
— Bueno, ya que vino hasta aquí, aproveche la entrevista –notó mi indecisión.
— ¡Pero pase, pase, que no le vamos a comer! –se apresuró en añadir.
Pensé que los empleados no tenían por qué imitar a los socios de ese club en su hábito. En realidad, el nudismo no es una religión y yo no tenía por qué ponerme en pelotas para entrar al templo. Pero el anciano se aburría de esperarme y entré.
Le seguí en una vereda de laja hasta una casa con un cartel: "Club Embolas - Dirección". En el trayecto vi a algunas familias burguesas haciendo vida al aire libre. De mi primera impresión, nada placentera por cierto, recuerdo a una señora gorda que jugaba al voleibol con un señor. Sus mamas descomunales se bamboleaban cada vez que la gorda golpeaba la pelota, casi a punto de abofetearse su propia cara. En ese momento, me acordé de un chiste: "¿por qué en los clubes nudistas no les dan tickets a sus socios? Porque no tienen dónde guardarlos'. Y se quedaba flotando mi gracia por pensar que en la raja del culo podrían meterse el cartoncito con el numerito de socio.
Entramos. El señor mayor golpeó la puerta de un despacho. Al asomarse un sujeto con unas gafitas apoyadas en la punta de su nariz, le dijo:
— Señor director, este joven viene por la entrevista de trabajo.
— Pase usted -y me echó una mirada de abajo a arriba.
Vestía elegante: camisa y pantalones de marca, zapatos mocasines. Parecía esmerado en su ropa para un sábado en medio del campo. Le di mi currículo. Se retrepó sus gafitas. En el papel aparecía mi experiencia como jardinero en urbanizaciones de lujo. Si la gente adinerada había confiado sus propios jardines a mi persona, era obvio que tenía capacidad para ocupar el puesto. Así que el director no necesitó de preguntas y fue directamente al grano:
— Usted ha visto, señor... -volvió al currículo a leer mi apellido-, Pérez, que éste es un club naturista, un campo nudista que le llamaban antes.
Unos segundos se me quedó mirando en silencio. Lo que hacía suponer que debía corroborar su dicho.
— Así es. Lo he visto con mis propios ojos -le dije, sin ninguna ironía.
— Y usted imaginará… –seguía hablando- …que aquí los empleados se adaptan a la filosofía del club.
Odiaba que usasen la palabra filosofía para una pamplina. Solo le dije: "claro", y esperé hasta ver qué iba a decir él después. En realidad, era un tipo pedante.
— En consecuencia -concluía el director- toda la plantilla de operarios debe hacer su trabajo como vino al mundo, ya lo ha visto en Don Tejo, el portero. ¿Se anima, señor Pérez? Según su currículo, es una persona cualificada para cuidar del parque y el jardín de nuestras instalaciones, pero el acoplarse al modus vivendi de nuestros socios es una condición sine quam para que consiga este empleo.
Tanta fineza en latinismos me estaba cabreando en demasía. Después de todo, allí había viejos decrépitos que paseaban sus alicaídos órganos reproductores.
Tenía que decidirme, pero antes, con desparpajo y sin rodeos, le dije:
— Pues usted está vestido, y es el director, el máximo responsable.
En mi despacho, pero si salgo a pasear por el campo, tengo que quitarme la ropa -y como si se le hubiese activado la puesta en marcha, añadió: venga, le voy a enseñar nuestras instalaciones, así sabrá con cuanto verde tendría que lidiar.
Se bajó de su sillón giratorio, se escondió detrás de un biombo y en un segundo emergió en totalmente desnudo, salvo unas zapatillas de lona. Era un tipo muy velludo, un mono con anteojos. Me acaloraba solo con mirarle el pecho.
Salimos al exterior. Me llevó por los cuatro rincones del recinto. Saludaba, amable, a los socios, e iba enumerándome mis hipotéticas obligaciones, si yo aceptaba el empleo: poda, abonado, plantación, regado... Me era incómodo seguirle la charla, mientras íbamos hacia una mesa de cemento con su parrilla correspondiente, y una mujer me distraía con sus atributos. No quería mirarla, pero no podía evitar que mis ojos se fuesen a su culo firme y sus redondos senos. El director la miraba, y yo no podía explicarme cómo podía evitar una erección. Mientras me hablaba, pensaba que el nudismo era, paradójicamente, antinatural: el hábito a él llegaba hasta a apagar el deseo de tal forma que volvía a las personas asexuadas.
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Comentarios
Se acercó a hablar con uno que asaba trozos de carne en su parrilla.
— ¿Y tu familia? -le preguntó, dándole la mano.
— En la piscina. Yo soy el criado de todos ellos, el que se quema los huevos frente a este fuego -se rieron.
Al verme parado y en silencio, el socio inquirió con la vista al director. Éste me hizo un gesto como para que me acercase mientras le decía al otro:
— Te voy a presentar al señor Pérez. Ha venido a ofrecerse como jardinero, pero se llevó una sorpresa y todavía no se ha decidido.
Le di la mano al tipo, el cual le dijo al director mirándome:
— Es comprensible.
Los tres sonreímos. Nos despedimos y continuamos recorriendo el campo. Dimos la vuelta al muro perimetral, inexpugnable por donde se mirase, y volvimos a la puerta de la dirección.
— ¿Qué, señor Pérez, acepta o no? -me preguntó el director, refugiándose de un sol de sentencia de julio bajo el alero de la edificación.
Le dije que sí, porque necesitaba el empleo. Me dio la mano otra vez como señal de bienvenida y se presentó:
— Mi nombre es Roberto Izquierdo.
Hablamos sobre mi remuneración, o más bien, él me ofreció un sueldo y yo acepté. Antes de despedirse me dijo:
— Ahora vaya a ver a Don Tejo. Él tomará sus datos para hacerle el contrato y darle de alta. Es urgente cortar este pasto, así que, si le parece bien, empezará usted mañana.
Y claro que me parecía bien, como a cualquier parado con necesidad por trabajar.
Cuando llegué a mi bloque, lo primero que hice fue ir al piso de mi vecino y amigo y le pedí que me prestase su moto, hasta que viese la manera de cómo desplazarme a mi nuevo trabajo, sin la necesidad de metro y autobuses. Ta en mi casa, busqué un tanga beige, que usaba para tomar el sol en la terraza. Lo había pensado a la vuelta durante el interminable viaje. Cogí el tanga y reforcé con una correa de cuero todo el contorno, y de mi banco de trabajo cogí un alambre fuerte y corté con unos alicates varios trozos de tres centímetros, y fui adhiriéndolos al tanga con el mayor cuidado, manteniendo la simetría en la distancia. Y este era mi único e inefable uniforme de trabajo. Seis ganchitos circundaban el hemisferio de la tela del tangas. Acabada la transformación, volví a mi cuarto, me lo puse y me miré al espejo: sonreí pensando que, si me ponía un casco de operario, podría pasar por un streeper en su disfraz del papel a representar.
Esa noche me costó conciliar el sueño. Aunque parezca broma, me venía a la mente la imagen de Don Tejo, con su escroto alicaído entre pelos canosos del pubis, y me revolvía inquieto en la cama pensando que así podría terminar yo.
Al otro día, llegué al club a las 7,30 AM, media hora antes del horario ordenado. El club abría para los socios a las 9,30 AM, así que Don Tejo me abrió el portón vestido con su indumentaria de trabajo: pantalón de dril blanco y camisa azul. Esta vez, me llevó a un almacén, junto al vestuario de los naturistas. Ya allí, me mostró una ficha de cartón con mi nombre y apellidos y me explicó cómo había que marcar las horas en un reloj eléctrico, para que constara mi horario de entrada y salida. Luego, me entregó la llave de un casillero de metal, el número 16, que era el mío.
Después me señaló un vestuario rústico con bancos de madera, y clavos en la pared para que allí colgase mi ropa del curro. Don Tejo me dejó solo, como si allí hubiese privacidad. Me desnudé. Bajo los vaqueros llevaba el tanga adaptado. Metí mi ropa y mis cosas en el casillero, y después colgué la llave del mismo en uno de los ganchitos de mi única prenda.
Cuando salí, no había nadie. ¿Dónde está el almacén de las herramientas? Caminé hasta una casilla de techo de uralita y una puerta sin llave. Dentro encontré algunas herramientas, una carretilla y seis macetas de plástico, esperando a ser plantadas. Me enganché del tanga una pala y un hacha de mano, y salí empujando la carretilla. Al cabo de una hora, estando agachado y preparando el terreno a la vera de una de las calles internas, sentí que alguien me tocaba el hombro.
Tan concentrado estaba en mi trabajo que no vi que el director, en pelotas vivas, estaba a mi lado. Me preguntó qué estaba haciendo. Me justifiqué alegando que nadie me había dado instrucciones de por dónde empezar a trabajar. Se quedó atónito con mi aparente vulgaridad y me dijo que por dónde empezase o acabase no era el problema. Señaló mi tanga con la mano derecha: el problema era que no estaba íntegramente desnudo, y añadió que pronto llegarían los socios y que le llamarían la atención. Pensé decirle que solo los de la piscina estaban desnudos, que los otros llevaban calzado o gafas. Pero en lugar de eso le dije que el mío no era un tanga corriente, sino un accesorio necesario para hacer mi trabajo:
— En algún lugar tengo que enganchar mis herramientas, ¿no cree? –le aclaré.
Me quedé mirándole, y a ver si mi justificación merecía un chiste sexual al respecto. Él lo entendía mirando los ganchitos que yo le había adaptado. Al fin me dijo:
— El reglamento es claro para todos: debemos seguir la filosofía naturista como norma de nuestra convivencia. Pero voy a llevar su petición a la junta de socios del club. Así que por el momento siga trabajando así.
Y así seguí trabajando, pero antes pensé: "¡y dale que te pego con la filosofía!".
Aquel domingo no paré un solo momento ni para comer. Iba por el campo, podando, plantando, regando. Había sectores abandonados que no guardaban consonancia con el resto. Algunos nudistas me miraban pasmados, pero no podía evitar que mi pequeña prenda, en su estrechez provocativa, marcase genitales. Y la verdad era que, más allá de la excusa de no querer despelotarme, me era práctico el poder acarrear conmigo los útiles más indispensables para mi trabajo.
A la otra semana, tampoco nadie dijo nada sobre mi tanga beige, lo más parecido a estar en bolas. Pero con humor pensé qué reacción tendrían algunas mujeres, a las que obsequiaría con un despelote integral, si yo decidía desnudarme por mi propia voluntad. Así que todo era cuestión de probar.
Un mediodía en que estaba regando vi a una mujer sola poniendo la mesa para el almuerzo. Era guapa y con buen cuerpo, y por suerte para mí, porque esto significaba que no me había camuflado entre el entorno, me ereccioné. Desvié mi camino y me acerqué al árbol más cercano a ella. Esperé a que viese mi presencia, y cuando se quedó mirándome me quité el tangas, simulando estar revisando la resistencia de los ganchitos, mientras de reojo observaba la reacción de la naturista.
Y, para mi sorpresa, se turbó; ella, que estaba en pelotas ante cualquier extraño. Se puso roja y desvió la mirada. ¿De qué podría acusarme? ¿De cumplir con la "filosofía" del club, que por él conseguía el empleo? Pero mi lucimiento acabó segundos después cuando volví a ponerme mi uniforme de jardinero. La mujer se sentó en un banco, dándome la espalda. Y hasta que no me fui de aquel sector, no comenzó a reanudar sus quehaceres domésticos.
En realidad, era aquella mi única diversión ese verano. Repetí la performance algunas veces más, con los mismos resultados: las nudistas se ruborizaban al verme "de repente" en traje de Adán.
Entonces pensé que quizá mi actitud abyecta devolvía a aquellas damas (quizá su 'filosofía' las había convertido en mujeres recatadas, frígidas) un poco del erotismo que su estúpido hábito de muros para adentro les había esquilmado.