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Tomás, así se llamaba este joven pícaro, el cual atravesaba el Bosque Prohibido en busca de una nueva fechoría, para seguramente, engrosar su gran currículum de travesuras. Su vestimenta iba acorde al calor estival propio de la época: pantalones cortos, camiseta de tirantes blanca, y playeros del mismo color. A sus diez años de edad, el joven ya había alcanzado el metro sesenta; y su sobrepeso era un buen indicador de la cantidad de dulces que engullía a escondidas. Sus rasgos celtas explicaban sus raíces, de pura cepa gallega. Sus cabellos anaranjados le tapaban las puntas de aquellas grandes orejas; sus ojos azulencos parecían dos mares embravecidos; su nariz era chata y gruesa; y su piel blanquecina estaba sutilmente pintada por un incontable número de pecas.
Así fue como Tomás decidió adentrarse en el Bosque Maldito, el cual se encontraba en alguna montaña perdida de la Sierra de los Ancares. Su nombre era, ya de por sí solo, un buen motivo para no adentrarse en su penumbra. Dicha oscuridad venía dada por la abundancia del roble, castaño, y pino, los cuales se entrecruzaban, tal como en una batalla, peleando con sus ramas por apoderarse de los primeros rayos de sol. Mas, la osada y traviesa mente del joven, lo incitaría a adentrarse en la profundidad del bosque, y de esta forma, llegó a una especie de claro, en el cual encontraría un buen motivo para detenerse.
—¡Setas de colores! —exclamó el joven pícaro, mostrando gesto de asombro, a la vez que se agachaba para contemplar más de cerca a los hongos.
Cualquier persona adulta, y con dos dedos de frente, habría evitado tocar aquellos hongos, los cuales estaban coloreados de tonos carmesís y de lunares blancos. Mas, y sin pensárselo dos veces, el muchacho arrancó la seta de entre las hierbas, para finalmente zampársela, mostrando en su deguste un gesto de placer.
Así pues, el niño siguió caminando por el bosque, como si nada, aunque los efectos de aquella seta estaban cocinándose en su interior, llegando el primer síntoma más pronto que tarde.
—¿Quién eres? —preguntó el niño con gesto asustado.
Pues enfrente a él, un gran sapo le bloqueaba el paso. Entre sus grimosos labios, llenos de fístulas y de granos, sostenía una gran pipa. Éste lo miraba con gesto de odio; y aquellos grandes ojos redondos se achinaron al percibir la presencia del joven.
—Soy el sapo Joaquín,
¿qué haces en el Bosque Prohibido?
Verás tú, pillo galopín,
verás como te voy a comer vivo.
La voz del sapo era grave y tosca; y ante los versos de aquel animal, Tomás comenzó a gritar, y huyó de su presencia.
Mas los efectos de las setas empezaron a ser más notorios, y durante la huida, el joven vio rostros demoniacos en los árboles; sus ramas parecían garras de oso, y estas parecían querer atraparlo. Las avispas, las mariposas y las hormigas, se había vuelto gigantes, y sus mandíbulas intentaron comerlo.
—¡Mamaaaaaaa! —gritó el joven, asustado y con el rostro bañado en sus propias lágrimas.
Tras escapar de los insectos gigantes, el joven vio una gran charca, y de repente, una ferviente sensación de sed inundó su paladar. Así pues, el joven se agachó al borde de la charca, y con sus dos manos unidas, comenzó a beber, tal como si llevase días sin probar el líquido de la vida. Sin embargo, el joven bebía y bebía, y por más que bebió, la sensación de sed no desaparecía. Entonces, una enorme salamandra, de más de dos metros de largo, salió de la charca, y lo miró fijamente con aquellos ojos de sangre.
—Hola —le dijo la alimaña, con una voz potente y aguda.
De nuevo el muchacho huyó despavorido de la charca; y cuando estaba cansado ya, de escapar de todos aquellos animales malditos, vio un gran seto. Allí fue donde se escondió el joven; sentado y agarrando sus piernas con ambas manos. Cada vez que pasaba alguna de aquellas bestias, escondía la cabeza entre las piernas. Allí estuvo durante media hora más, tiempo en el cual se hartó de llorar y de suplicar por el fin de aquel suplicio; hasta que escuchó una voz conocida.
—¡Tomaaaaaaaaás!
Era la voz de su madre. Y al escucharla corrió desesperadamente, intentando encontrar a la salvadora de aquella pesadilla. Y la encontró, mas cuando estaba a punto de abrazarse a ella, su progenitora le pegó tal tirón de orejas, que hasta le debió de doler a ella.
—¡Serás granuja! ¡Pasa para casa Tomás! ¡Cuantas veces te he dicho que te portes bien!
¡CASTIGADO!
Comentarios
¡Qué cuento más aleccionador! Y que bien redactado está. Pero pienso que los peques preferirán leer Blancanieves o Cenicienta, porque este les puede quitar el sueño el sapo, las hormigas, las mariposas, la salamandra y... la madre que los parió.
Un saludo, socio