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—No come, a penas bebe y lleva días sin pronunciar palabra alguna, ¿qué le pasa doctor?
—La enfermedad es así Clara... sus facultades irán decayendo, y el grado degenerativo —paró el médico ante el llanto desconsolado de la joven.
—No me reconoce, me mira y noto la indiferencia en sus ojos, ¿qué hago doctor? Debe de haber alguna forma... —dijo la pelirroja con una voz tomada por una mezcla de angustia y tristeza.
El médico frunció el ceño y se agarró el mentón. Intentaba reunir en su mente las palabras más acertadas para responder a aquella hija de un padre con Alzheimer.
—Bien Carla, cálmate y escúchame —decía el doctor mientras apoyaba sus dos manos sobre aquellos finos hombros —debes encontrar la tecla que bloquea su mente y pulsarla. A veces reaccionan a rostros, canciones, nombres, o incluso a olores. Son los recuerdos más fuertes los que pueden provocar un impulso en su cerebro y devolverle algo de tiempo.
Los ojos azulencos de Clara se abrieron como dos platos y sus manos se agarraron con violencia a sus cabellos carmesís.
—Mi padre era escritor, y de los buenos... recuerdo una frase qué el solía decir cada cierto tiempo —señaló Clara, tras lo cual se dirigió como una centella hacia su bolso negro, y tras rebuscar como una posesa entre un sinfín de objetos, al final la encontró.
—Esta es la pluma de mi padre. Parece ridículo pero pasó más tiempo con ella que conmigo —dijo Clara, la cual miraba aquel objeto de color azabache con devoción. El brillo de aquellos finos acabados en oro se reflejaba a la perfección en su mirada.
—Pues adelante Clara. Entra ahí e inténtalo con todas tus fuerzas.
Tras las palabras del doctor, la joven se armó de valor y procedió a girar la manilla de la puerta. Al entrar en la habitación, la visión de aquel hombre tan demacrado le volvió a provocar un nudo en el estómago. No reconocía a su padre en aquel cuerpo decrépito y esquelético, el cual iba ataviado con un pijama azul celeste.
—Hola papá —dijo la joven, esperando tal vez una respuesta qué nunca llegó —ya sé que no me recuerdas... pero te he traído algo.
La mirada del anciano se perdía por un gran ventanal de aluminio, el cual dotaba a la habitación de una buena iluminación natural. Su boca permanecía entreabierta y su respiración parecía ciertamente dificultosa. Sus hombros estaban arqueados hacia adelante, su espalda conformaba una chepa considerable y sus piernas colgaban inertes desde el borde de la cama, sin llegar a rozar con sus dedos el frío suelo.
—Toma, agárrala.
La joven colocó la pluma en la huesuda mano zurda de su padre. Parecía que mano y pluma estuviesen hechas a medida, hechas una para la otra.
—¿La reconoces papá? Mírala... —Las lágrimas se apoderaron de nuevo de los ojos de la joven. Su padre no reaccionó y ésta lo abrazó con todas sus fuerzas.
Más cuando las lágrimas de su hija recorrían la clavícula del pobre hombre, un gesto imprevisto del mismo provocó el asombro y la incredulidad en el rostro de la muchacha.
Su padre le había devuelto el abrazo.
Poco a poco Carla fue separando su rostro de aquel cuerpo esquelético, y lo primero que vio: la sonrisa de un hombre que había renacido.
—Papel —dijo el anciano con un tono de voz débil y visiblemente enfermo.
Sin dudarlo dos veces la joven acudió como un rayo hacia su bolso, y tal como una loca, vacío todas sus pertenencias sobre la cama. A pesar de su gran estado de nerviosismo, Carla logró encontrar su bloc de notas.
—Toma papá, aquí tienes papel —dijo la joven con voz temblorosa y con el corazón a punto de la taquicardia.
Así el anciano con pluma en mano y papel en la otra escribió unas palabras:
De pronto dejé de escribir,
y mi pluma dejó de ser feliz
Sin pensar, por dejar de escribir me dio,
y, súbitamente, mi pluma feneció
Más tú me devolviste la pluma vida mía,
y escribiéndote este te quiero,
rescataste a mi memoria perdida.
Comentarios
"El espíritu sacrosanto de la escritura". Con ésta frase se me antoja definir tu buen relato, que, mientras lo leía, me estaba entristeciendo (la cosa no era para menos, estando de por medio esa terrible enfermedad degenerativa -sin cura- que es el Alzheimer), pero tu pluma, dando un quiebro al estilo Messi, da por finalizado el texto en un apoteósico final con esas tres estrofas, que dos de ellas... pues... no sé por qué me suenan tanto.
Se ve y casi se palpa que amas a la Literatura y que eres un entusiasta de Ella. Tienes tablas y madera de escritor, amigo galleguiño.
Un saludo afectuoso
Gracias por leerme y por tus buenas críticas socio 😁
A mandar