Fue una noche de cuentos. De palabras juguetonas y gestos cómplices, de guiños y música intercalada, de comunicación escuchante, de risas y cercanía con extraños. De fantasía.
¿De fantasía?
Apareció aquella figura pequeña y armoniosa; elegante, sencilla; con su voz dulce y su cara simpática. Y empezó a contar. Y a decir cosas, a arrancar risas. A lograr el juego entre los escuchantes.
Cuando salió del bar llevaba sabor a caramelo en el estómago y su sensibilidad seguía sentada en la silla escogida para escuchar los cuentos. Creyó que la noche había terminado, pero no. Algo en su cuerpo aún seguía bailando al ritmo de las palabras escuchadas y de los guiños compartidos.
Al llegar a su casa la recibió el silencio, ya era tarde. La noche era la dueña del entorno.
Quiso aprovechar ese silencio para recordar, una vez más, ese sabor a caramelo.
El silencio se hizo denso, se llenó de formas invisibles. Invisibles y tangibles. Lo sabía porque sentía el ritmo de los pies minúsculos en su piel, el roce de sus giros, la presión de su presencia multiplicada en cada poro.
El aire estaba habitado de música, de baile y de sabores. De la misma música que llenaba los cuentos, el mismo baile que saltaba en sus poros y el mismo sabor que ocupaba su cuerpo. Aquella noche el silencio de su casa fue música y compañía, su cuerpo una nota más y el salón, un salón de baile donde hicieron pareja las palabras y el silencio.
Aquella noche, en aquel rincón, y a pesar de las luces de la ciudad, en el cielo pudieron verse algunas estrellas.
Comentarios
saluditos
cantala hierba.