Las esquinas doblaron en estrechas calles.
Soñaban los lápices con el carbón vegetal
de árboles bien plantados por la justicia.
La torpe lengua aún tarareaba la canción
que un día fue la ilusión de las alamedas.
Unas yemas frotaban la túnica de papel
mientras aquella sombra aún sollozaba
la verdad de un pueblo que fue golpeado
el 11 de septiembre de 1973.
Los cigarros olían la nausea del carbón
cuando vomitamos en la boca del metro.
Abrazado al gallo circundaba un teatro
tratando de sorprender a los dictadores
que se apresuraban a dormir en el Liceo.
Traficaba el sueño con un viaje de regreso,
sin más equipaje que la ansiada dignidad.
Y crecía nuestra enemistad con la policía,
acuartelada en los laberintos de la sangre
donde se oculta el verdugo de un pueblo.
Abrazados al ideal sorteamos la basura.
Huyendo de aquella noche interminable
nos adentramos en callejones sin salida;
besamos la pálida mejilla del fantasma
que preguntaba por la plaza de mayo.
La luz apesadumbrada fue a parar al último paki,
seducida por la magia de la levadura fermentada,
guiada por el dedo de Colón tendido hacia un mar
que nos mira desde lejos -guardando la distancia
con el cuartel militar donde se adoctrina un país-.
A la entrega de las latas, suspiramos -Insha Allah-
cayendo cual astros sobre la vidriera de los ojos,
caminando sin prisa alguna por la aurora boreal.
Un dulce frenesí hurtó la palpitación de la arteria
postrándonos a la mesa rodeada de comensales.
Un congregación de serpientes besaba el tobillo,
contextualizando con la henna los sacramentos,
por el cordón umbilical enamorando a la estrella
que aquel día iluminó la Casa de la Moneda.
Regresamos con Salvador Allende,
cantando al alba con el puño en alto
y la razón desatada.
Comentarios
He leído tus otros poemas recién publicados y todos son patrióticos. No recordaba esta faceta tuya.
Saludos.
Saludos
saludos
Saludos
Un saludo