Tras una agobiante tarde a solas, decidí salir a la calle a compartir mi soledad con sus transeúntes. El reloj marcaba las 11 de la noche y la calle tenía un aspecto inhóspito. Casi desierta, acogía únicamente a aquellos denominados asiduos de la noche y en menor medida a trabajadores retornando al hogar.
Estando absorto en reflexiones y nublada mi mente por la avanzada hora, fueron a tropezar mis errantes pasos con un solitario y sombrío parque. Aquel lugar daba verdadero miedo, pensé en continuar mi camino bordeando aquel espacio sin iluminación pero algo había en sus profundidades que incitaba mi curiosidad. Fuese lo que fuese ese algo pronto lo descubriría, ya que mis piernas desobedeciendo a mi mente se dirigían con gran decisión hacia el parque.
Al penetrar en aquel lugar, únicamente iluminado por una trémula farola, me di cuenta de que no era el único al que sus alocados pasos habían conducido hasta allí. En el medio del recinto infantil, vestida con un elegante mono azul, se atisbaba la inconfundible figura de una mujer de temprana edad. Sin comprender aún mi actitud, posiblemente fomentada por mi "amigo" Jack Daniels, me descubrí dirigiendo mis pasos hacia aquella dama nocturna.
El trayecto de unos veinte metros pareció cambiarse por el recorrido de una maratón, el único motivo por el que seguía caminando era el de poder poner cara a aquel misterioso cuerpo y la única explicación que hallaba a mi actitud era una persistente embriaguez que no me dejaba pensar con claridad.
Tras un agotador trayecto, bajo la vigilancia de una de las más bellas y enigmáticas miradas que he contemplado en mi no tan corta vida, alcancé mi objetivo. Era hermosa y pálida como una cala y en su cara, sonrojada y delicada, brillaba una sonrisa inocente e idílica que despejó toda la oscuridad existente en el parque. A medida que el tiempo pasaba el amor hacía mella en mí y expectante, como un niño la mañana de Navidad, esperaba una voz que nunca llegaría a escuchar.
Suavemente despegó sus labios y cuando parecía que podría escuchar su esperada voz, afloraron de su boca estridentes sonidos que hicieron que toda la oscuridad resurgiera y cayera desmayado en el mullido suelo del parque.
Cuando di en abrir mis pesados párpados, descubrí con gran sorpresa la solitaria calidez de mi habitación. Una vez más me había sorprendido el sueño en plena lectura...
Todo seguía exactamente igual, para mi decepción. Me levanté del mullido sillón y me dispuse a asearme.
En mi recuerdo flotaba aquella chica, y lo que había sido solamente una mañana se me antojaba como un día entero. Abrí mi armario, me puse lo primero que encontré y enfilé decidido la puerta que daba al exterior de mi apartamento. Una vez fuera, la frialdad invernal de la calle me recibió y acompañó hasta mi puesto de trabajo, que esperaba tentadoramente caliente.
Tras saludar protocolariamente a toda aquella gente, desconocida y a la vez conocida por mí, me senté en mi incómodo cubículo, dispuesto a malgastar un nuevo día de mi existencia. Lo único que aparentaba interesante era la incorporación de un nuevo borrego, fiel y dispuesto a todo por dinero.
La mañana pasó, y cuándo me había olvidado de la llegada del nuevo trabajador, llegó éste, mejor dicho ésta. Vestida con una simple camisa blanca y unos pantalones chinos, me pareció la figura más bonita que, hasta aquel momento, había contemplado. Tras realizar un pertinente saludo a toda la plantilla, llegó mi turno y me dispuse a darle la bienvenida, pero al plantarse frente a mí, un escalofrío recorrió mi cansado cuerpo por completo. Aquella cara me resultaba demasiado familiar, y lo peor era que no conseguía descubrir el porqué de esa familiaridad. Me encontraba tan ensimismado con ese rostro que mi saludo fue de lo más torpe posible, sin duda alguna, aquella chica debió de cuestionar mis habilidades sociales en aquel momento.
Tras el almuerzo, regresé al trabajo y alargando mis tareas, hice que mi hora de salida coincidiese con la de Diana, que así se llamaba mi nueva compañera. Entablamos una trivial conversación hasta llegar a nuestros destinos, fortuitamente cercanos, y nos despedimos. Su casa se encontraba enfrentada a la mía, al otro lado de la vía pública.
Entré en mi silenciosa vivienda, y rápidamente salí a la ventana, buscando cualquier rastro de luz en el edificio vecino. Me demoré tanto en la observación y reflexión, que cuando me dispuse a abandonar el contacto con la ventana ya habían dado las dos de la madrugada y la opción de cenar me parecía muy poco factible. Cerré las ventanas del apartamento y, tras echar la cerradura a la puerta de entrada, transladé mis reflexiones al lecho nocturno.
Diego Fernández Núñez