En ocasiones la vida nos lleva por caminos desconocidos y sobre todo inesperados. No importa los planes que hagamos los humanos, porque seguramente no se cumplirán ni siquiera la mitad. En eso pensaba Ana Castillo mientras se vestía para ir a comer con su familia. No era algo que le agradase; nunca sabía lo qué podía esperar cuando se encontraba con su madre. Su estado de ánimo variaba tanto como el clima en aquel rincón perdido del húmedo norte. Incluso en este día de finales de agosto sentía frío. Siempre tenía necesidad de más calor y quizá por eso cuando antes de marcharse tomó de su armario una chaqueta negra y se la echó sobre los hombros. También, y no sabía muy bien el motivo, se había puesto un vestido negro con pequeñas flores que apenas destacaban, largo casi hasta los pies. No era su costumbre vestir asi, sobre todo porque dada su corta estatura no le sentaba bien la ropa larga. Pero en aquel momento lo que menos le importaba era el aspecto que ofreciese. Ni siquiera se había puesto pendientes. ¿Para qué? Era coqueta por naturaleza, pero los días en que se levantaba con el ánimo sombrío no tenía ganas de nada; tan solo de quedarse sola en su casa, encerrada en sí misma y sin ver a nadie. Aquel dia, sin embargo, eso no era posible.
Cuando llegó a la casa de su madre la ayudó a ultimar detalles de la comida y luego se sentó con ella, con su propia hija y con su anciana tía en la terraza que daba a la entrada de la casa, desde la que se divisaba la iglesia. Eran las fiestas del pueblo y todo el mundo estaba animado. Cayetana estaba ya arreglada esperando que su novio viniese a buscarla, y de repente Ana se sintió muy vieja y muy cansada. No se encontraba con fuerzas para enfrentar la comida, pero sabía que no le quedaba otra opción, así que apretó los dientes y se dijo a sí misma que vivir consistía en no dejarse vencer.
Cuando la conversación entre las cuatro mujeres empezaba a decaer todas se animaron al divisar a alguien que se acercaba por el largo camino de acceso a la casa. Era un hombre al que nadie parecía conocer. Excepto ella. Ana Castillo sabía muy bien quien se acercaba. Su manera de andar era inconfundible y si cerraba los ojos todavía, a pesar del tiempo transcurrido, podía escuchar su voz o recordar el tacto de su piel y de sus labios. Se caló nerviosamente las gafas de sol y cruzó los brazos sobre el pecho, quizá para esconder el temblor de sus manos. Por fortuna estaba sentada, porque sentía que las piernas no podrían sostenerla si se levantaba. Se preguntaba si sería capaz de mirarle a los ojos o de mantener una conversación cortés y educada con él. Quizá se hubiese olvidado de todo aquello que les había unido cuando los dos eran tan jóvenes que pensaban que los planes se podían cumplir. Ahora ella sabía que rara vez se cumplen. ¿Lo sabría él también?
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