Una siesta de invierno, las víboras de cascabel, que dormían extendidas sobre la greda, se arrollaron bruscamente al oír insólito ruido. Como la vista no es su agudeza particular, las víboras mantuviéronse inmóviles, mientras prestaban oído.
—Es el ruido que hacían aquéllos… —murmuró la hembra.
—Sí, son voces de hombre; son hombres —afirmó el macho.
Y pasando una por encima de la otra se retiraron veinte metros. Desde allí miraron. Un hombre alto y rubio y una mujer rubia y gruesa se habían acercado y hablaban observando los alrededores. Luego, el hombre midió el suelo a grandes pasos, en tanto que la mujer clavaba estacas en los extremos de cada recta. Conversaron después, señalándose mutuamente distintos lugares, y por fin se alejaron.
—Van a vivir aquí —dijeron las víboras—. Tendremos que irnos.
En efecto, al día siguiente llegaron los colonos con un hijo de tres años y una carreta en que había catres, cajones, herramientas sueltas y gallinas atadas a la baranda. Instalaron la carpa, y durante semanas trabajaron todo el día. La mujer interrumpíase para cocinar, y el hijo, un osezno blanco, gordo y rubio, ensayaba de un lado a otro su infantil marcha de pato.
Tal fue el esfuerzo de la gente aquella, que al cabo de un mes tenían pozo, gallinero y rancho prontos aunque a éste faltaban aún las puertas. Después, el hombre ausentose por todo un día, volviendo al siguiente con ocho bueyes, y la chacra comenzó.
Las víboras, entretanto, no se decidían a irse de su paraje natal. Solían llegar hasta la linde del pasto carpido, y desde allí miraban la faena del matrimonio. Un atardecer en que la familia entera había ido a la chacra, las víboras, animadas por el silencio, se aventuraron a cruzar el peligroso páramo y entraron en el rancho. Recorriéronlo, con cauta curiosidad, restregando su piel áspera contra las paredes.
Vivía en una pensión de la Rua Sao Clemente. Era voluminosa y olía como las gallinas cuando llegan medio crudas a la mesa. Tenía cinco dientes y la boca seca. Su reputación no había sido inventada: todavía hablaba francés cuando tenía la ocasión, aunque el otro también hablase portugués y prefiriese no ruborizarse con su propio acento.
La ausencia de saliva le quitaba cualquier volubilidad a su voz, le daba una contención. Había majestad en aquel gran volumen sostenido por unos pies minúsculos, en la potencia de sus cinco dientes, en los cabellos ralos que revoloteaban a la menor brisa (como un retrato de personas en el exilio). Pero llegó ese lunes por la mañana en el que ella, en vez de salir de su cuarto, llegó de la calle. Estaba limpia y con el cuello claro, sin ningún olor a gallina. Dijo que había pasado el domingo en casa de su hijo, donde se había quedado a pasar la noche. Llevaba un vestido negro de un satén ya gastado; en vez de ir a su cuarto para cambiarse de ropa y ser una persona de la pensión, se sentó en el salón y dijo que la familia era la base de la sociedad.
Se refirió de paso a un baño que había tomado en la confortable bañera de su nuera. Sentada durante horas junto al jarrón de la sala de estar -ojos húmedos, boca seca, con una conversación sólo adecuada a un ambiente invisible-, dejaba sin habla a los pensionistas en bata. Por la tarde se veía que los zapatos abotinados le apretaban los pies, pero siguió de visita, irguiendo la gran cabeza de profeta.
Cuando elogió la magnífica comida cotidiana de la casa de su hijo, sus ojos se cerraron de náusea. Se recogió, vomitó, rechazó la ayuda cuando llamaron a la puerta de su cuarto. A la hora de cenar apareció para tomar una taza de té, con las ojeras marrones, con el amplio vestido de estampado rameado y otra vez sin sostén. Lo que había de extraño era la piel más clara.
Los pensionistas evitaron mirarla. No habló con nadie, el Rey Lear. Estaba quieta, grande, despeinada, limpia. Había sido feliz inútilmente.
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Los cazadores de ratas
Una siesta de invierno, las víboras de cascabel, que dormían extendidas sobre la greda, se arrollaron bruscamente al oír insólito ruido. Como la vista no es su agudeza particular, las víboras mantuviéronse inmóviles, mientras prestaban oído.
—Es el ruido que hacían aquéllos… —murmuró la hembra.
—Sí, son voces de hombre; son hombres —afirmó el macho.
Y pasando una por encima de la otra se retiraron veinte metros. Desde allí miraron. Un hombre alto y rubio y una mujer rubia y gruesa se habían acercado y hablaban observando los alrededores. Luego, el hombre midió el suelo a grandes pasos, en tanto que la mujer clavaba estacas en los extremos de cada recta. Conversaron después, señalándose mutuamente distintos lugares, y por fin se alejaron.
—Van a vivir aquí —dijeron las víboras—. Tendremos que irnos.
En efecto, al día siguiente llegaron los colonos con un hijo de tres años y una carreta en que había catres, cajones, herramientas sueltas y gallinas atadas a la baranda. Instalaron la carpa, y durante semanas trabajaron todo el día. La mujer interrumpíase para cocinar, y el hijo, un osezno blanco, gordo y rubio, ensayaba de un lado a otro su infantil marcha de pato.
Tal fue el esfuerzo de la gente aquella, que al cabo de un mes tenían pozo, gallinero y rancho prontos aunque a éste faltaban aún las puertas. Después, el hombre ausentose por todo un día, volviendo al siguiente con ocho bueyes, y la chacra comenzó.
Las víboras, entretanto, no se decidían a irse de su paraje natal. Solían llegar hasta la linde del pasto carpido, y desde allí miraban la faena del matrimonio. Un atardecer en que la familia entera había ido a la chacra, las víboras, animadas por el silencio, se aventuraron a cruzar el peligroso páramo y entraron en el rancho. Recorriéronlo, con cauta curiosidad, restregando su piel áspera contra las paredes.
Horacio Quiroga
Instantánea de una señora
Vivía en una pensión de la Rua Sao Clemente. Era voluminosa y olía como las gallinas cuando llegan medio crudas a la mesa. Tenía cinco dientes y la boca seca. Su reputación no había sido inventada: todavía hablaba francés cuando tenía la ocasión, aunque el otro también hablase portugués y prefiriese no ruborizarse con su propio acento.
La ausencia de saliva le quitaba cualquier volubilidad a su voz, le daba una contención. Había majestad en aquel gran volumen sostenido por unos pies minúsculos, en la potencia de sus cinco dientes, en los cabellos ralos que revoloteaban a la menor brisa (como un retrato de personas en el exilio). Pero llegó ese lunes por la mañana en el que ella, en vez de salir de su cuarto, llegó de la calle. Estaba limpia y con el cuello claro, sin ningún olor a gallina. Dijo que había pasado el domingo en casa de su hijo, donde se había quedado a pasar la noche. Llevaba un vestido negro de un satén ya gastado; en vez de ir a su cuarto para cambiarse de ropa y ser una persona de la pensión, se sentó en el salón y dijo que la familia era la base de la sociedad.
Se refirió de paso a un baño que había tomado en la confortable bañera de su nuera. Sentada durante horas junto al jarrón de la sala de estar -ojos húmedos, boca seca, con una conversación sólo adecuada a un ambiente invisible-, dejaba sin habla a los pensionistas en bata. Por la tarde se veía que los zapatos abotinados le apretaban los pies, pero siguió de visita, irguiendo la gran cabeza de profeta.
Cuando elogió la magnífica comida cotidiana de la casa de su hijo, sus ojos se cerraron de náusea. Se recogió, vomitó, rechazó la ayuda cuando llamaron a la puerta de su cuarto. A la hora de cenar apareció para tomar una taza de té, con las ojeras marrones, con el amplio vestido de estampado rameado y otra vez sin sostén. Lo que había de extraño era la piel más clara.
Los pensionistas evitaron mirarla. No habló con nadie, el Rey Lear. Estaba quieta, grande, despeinada, limpia. Había sido feliz inútilmente.
Clarice Lispector