Aquí estoy, tirado en medio de la calle, y aunque es una avenida bastante transitada nadie repara en mí. Total, soy insignificante. Pasan a mi lado sin detenerse y más de uno me ha pisado sin miramientos. Por que, ¿qué hay más insignificante que un céntimo?. Con un céntimo ya no se puede comprar nada. Un céntimo es eso que estorba en el monedero, que nos perdonan si nos falta para pagar la compra en el supermercado y que nadie nos exige cuando nos falta.
Y eso que cuando me fabricaron en la Casa de la Moneda me sentía el rey del mundo. Tan brillante, tan bien acuñado, acompañado por miles como yo, con la expectativa de no saber cuál sería mi futuro. Recuerdo que me metieron en un blister con 99 céntimos más. Todos juntos hacíamos un euro que ya es algo mucho más importante. Nos llevaron a un banco donde permanecí poco tiempo ya que unos días más tarde me dieron a una señora que fue a pagar la luz.
Ella me metió en su monedero y pude codearme con las más grandes. Allí había toda clase de monedas, aunque yo sólo me relacionaba con mis hermanas (las de céntimo) y mis primas hermanas (las monedas de 2 y de 5). Las de 10 ya se consideraban de otra casta, y no digamos las de 50 que se paseaban por allí como pavos reales siempre haciendo la pelota a las grandes (las de euro y de dos euros). Pero yo, que estoy en lo más bajo de la ecuación, no tenía ni posibilidades de entablar conversación con esas señoritingas. La única moneda de 2 euros que había en el monedero se hizo la reina de todas nosotras que debíamos rendirle culto. Las dos de euro eran tan estiradas y vanidosas que no se relacionaban más que entre ellas. Lo cierto es que fue un poco aburrido estar en aquel lugar apiñadas las unas con las otras, juntas pero no revueltas.
De aquel monedero pasé por las manos de innumerables dueños y en todas partes pasó lo mismo. Yo queriendo destacar y quedando siempre en último lugar.
Si es que un céntimo sólo es importante a la hora de las rebajas, cuando el producto rebajado pasa de 10 euros a 9,99. Entonces sí se nos da importancia, por que un producto que vale 9,99 parece mucho más barato que uno que vale 10 euros (¡ya ves que tontería!).
Lo peor de ser un céntimo es que muchas veces te quedas olvidado en el bolsillo de un pantalón. Y qué mal lo pasamos si además nos meten en la lavadora y venga a dar vueltas como un tío vivo. Sales de allí medio muerto, temblando y sin saber ni quién eres ni dónde estás. Eso sí, blanco como una patena y más brillante que una cascada al sol.
Pero tras mis muchas correrías nunca pensé que acabaría aquí, muerto de calor, pisoteado y despreciado. Y todo por culpa de un descuidado que no sabía que tenía un agujero en el bolsillo donde me depositó tras recibirme como cambio del periódico que había comprado. Y aunque intenté con todas mis fuerzas evitar la caída, no tenía manera de agarrarme, puesto que soy redondo y no tengo manos.
Bueno, todavía me queda una esperanza: con suerte pasará pronto por aquí un niño pequeño, me verá y me recogerá. Por que los niños son los únicos a los que se les encienden los ojos cuando nos tienen en las manos. Los niños nos tratan como si fuéramos tesoros, nos meten en sus huchas y cada vez somos más y podemos entretenernos, hablar con los que son como nosotros y divertirnos haciendo apuestas sobre qué moneda será la siguiente en entrar.
Mientras tanto no llegue el niño que me rescate, mi futuro estará aquí, tirado en la calle, ignorado y pisoteado. ¡Qué triste es mi sino!
Comentarios
Simpático relato. salud y ventura.
A veces las cosas más mundanas, las que tienen menos valor son las que más inspiran. Gracias por tu comentario.
Es tan umilde el centimo que se comió la hache. Perdodona la falta de ortografía.
Saludos.
Escribes con gracia; se me ha hecho ameno, por su lenguaje sencillo y sus ocurrentes frases de protesta unas veces y de resignación, otras.
Saludos.
¡Oiga! que uno ya no es un niño y se sigue agachando cuando ve monedillas de céntimos por la calle.
¡Un respeto!:rolleyes:
He de decir que llevo toda la vida haciéndolo, cuando las monedillas de cinco céntimos de aluminio desgastadas, con el caballo en lanza, o las del agujero en el medio, o aquellas chiquititas de diez céntimos: siempre me he agachado.
Tú no sabes el valor que han tenido esas míseras monedas para mí, como tu texto.
Los finales de los cuentos jamás deberían de ser tristes, porque yo con esas monedillas indeseables creé un imperio.
Felicidades.
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Debías de tener hambre, y cuando uno pasa hambre se come todas las haches.
Gracias por tus palabras, veo que enseguida has visto que hay una protesta oculta en este relato: la injusticia por las diferencias de clase.
Veo que eres una de las pocas personas que ven que un céntimo igual no es importante pero granito a granito se puede hacer una montaña. Me has recordado a mi madre, que durante años fue guardando pesetas en una hucha y las conservó hasta que llegó el euro. Entonces las sacó y alguna de ellas le hizo ganar un dinero inesperado por que eran valiosas para los coleccionistas por haber sido acuñadas en años determinados en los que hubo pocas pesetas nuevas.
Yo también soy de las que van recogiendo los céntimos que mi familia va dejando olvidados por la casa. Así que igual me asocio contigo para que ese imperio del que hablas sea aún más rico.
Me alegra verte por aquí.
Pues no conozco esos cuentos, será cuestión de leerlos por que me encantan los cuentos infantiles. También he escrito alguno. Muchas gracias Francesca.
Lo dicho, tienes que traernos más relatos. Y jamás vuelvas a decir que yo escribo mejor que tú. Acabas de demostrar que no soy más que un pobre juntaletras.:D