Escribo este relato a petición de Carlos que nos deja de vez en cuando en este apartado susadictivas confesiones y, aunque creo que como escritora amateur no le llego ni a la punta de los zapatos, me he decidido a darle un poco de uso a este teclado que últimamente tengo tan abandonado.
¡Deja ya los preámbulos y pisotea tu vergüenza, Carmen, manos a la obra! (mi Pepito Grillo particular)
TRES AÑOS CON ALFONSO (PRIMERA PARTE)
Era yo una jovencita de 19 años que no estaba del todo mal. Era de estatura pequeña (siempre lo he sido), delgada pero de tipo mediterráneo, con un tipo muy parecido a una botella de cocacola, cintura estrecha, cadera ancha, buen culo. No es que llamara siempre la atención por la calle pero tampoco me faltaban mirones y piropeadores.
Estaba en aquella edad en la que te gusta ir de ligue a las discotecas o bares de moda, compitiendo entre amigas a ver quien de nosotras se enrollaba con el más guapo. Tened en cuenta que no teníamos la facilidad de los chats, las páginas de contactos o las redes sociales ya que la informática estaba en pañales por aquel entonces.
En aquellos tiempos, enrollarse con un tío no era acabar en la cama (o en el coche, o en el hotel, o en el lavabo) con el culo al aire enfriando calentones con el susodicho encima (o debajo, o detrás o delante) de tí queriéndote demostrar toda su experiencia en el arte amatorio. En aquel entonces nos enrollábamos sin pasar de los besos con lengua y alguna que otra caricia sobre la ropa. De hecho difícilmente nos atrevíamos a irnos solas con ninguno de esos chavales que insistían en acercarnos a casa en coche o en moto y cuya intención era hacer una paradita por el camino para calmar los instintos marcados por sus hormonas adolescentes.
Pues a eso íbamos mi hermana y yo, casi religiosamente los jueves por la tarde. A ligar a la discoteca de moda de Barcelona. Íbamos los jueves por que no teníamos un duro (y digo bien, por que entonces todavía eran duros y no euros) y a las chicas nos dejaban entrar gratis, utilizándonos como reclamo para que entraran los chicos detrás nuestro pagando entrada y consumición (que el negocio no sabe de igualdades entre sexos y cuando hay dinero por en medio, que se quiten las ideas machistas o feministas).
Esa tarde, entramos en la casi vacía discoteca a las 6 de la tarde. Debíamos aprovechar para divertirnos todo lo que pudiéramos ya que mi padre nos obligaba a volver a casa a las 9 y media y las dos sabíamos cómo se las gastaba el señor sargento si nos retrasábamos (no era sargento de profesión pero para el caso, como si lo fuera, aunque su uniforme consistiera en un traje de comercial cuya corbata debía de apretarle siempre por la mala leche que se gastaba, y que conste que lo digo con todo el cariño filial del mundo).
Al poco de estar junto a la pista mirando cómo bailaban las pocas personas que en ese momento estaban en el local, notamos que había una pareja del sexo masculino que nos miraba y cuchicheaba sin demasiado disimulo y, como por allí no había mucho donde elegir, nosotras les devolvimos alguna que otra mirada, dándoles a entender que podían atacar y acercarse. Si esta situación se presentara ahora con la misma edad que tenía entonces, segurmente hubiéramos pasado de tanta miradita y tanta tontería para atacar nosotras sin ningún reparo, lanzándonos directamente en sus brazos, pero entonces éramos más paradas que el caballo de un retratista y esperábamos siempre a que fueran los hombres los valientes que se arriesgaran a recibir calabazas.
Volvamos al tema, que me voy por las ramas. A falta de guapos resultaron ser de lo más simpáticos y nos sentimos a gusto hablando de mil cosas intrascendentes. A mí me tocó el más bajito de los dos, Alfonso se llamaba (perdonad si no doy su nombre real). Físicamente no era nada del otro mundo, yo había tenido amigos y más que amigos mucho más atractivos que él, pero creo que llamó mi atención por la seguridad en sí mismo que se desprendía de su porte y de sus palabras.
En fín, fue una tarde de charla agradable. Más que charla fue conversación a gritos por el volumen de la música de la discoteca. Digamos que nos entendimos bien y estuvimos entretenidas mientras nos bebíamos las copas a las que nos habían invitado. Llegó la hora de irse y ellos nos acompañaron hasta la parada del autobús donde nos despedimos, aunque Alfonso se las apañó para quedar conmigo el sábado siguiente para ir al cine a solas.
Y ya sabemos que la oscuridad del cine da pie a los primeros besos y las primeras caricias. 9 meses esperamos (o más bien le hice esperar yo) para que me llevara a un pisito minúsculo que tenía y que utilizaba como picadero cerca del paseo de San Juan. Yo no era virgen entonces, pero tampoco era una cabra loca que se acostara con el primero que me lo propusiera y a él, no sé por qué, me apetecía hacer que se lo currara un poco. A partir de aquel momento, Alfonso quedó encantado de mis aptitudes y actitudes ya que yo era muy desinhibida en cuestión de sexo y muy abierta (nunca mejor dicho) a nuevas experiencias.
Pero también fue en ese momento en que se produjo un cambio en su comportamiento conmigo.
En la cama, éramos dos almas gemelas, encontrábamos la forma de compenetrarnos fácilmente (otra vez encontré la palabra exacta) y en poner en práctica fantasías que compartíamos los dos. Sin embargo, fuera de ella, él empezó a ser un tanto peculiar y acabábamos siempre discutiendo o, callando, según el caso (siendo siempre él quien decía la última palabra y yo la que callaba).
Habían detalles que yo no acababa de comprender del todo. Por ejemplo, no dejaba que le cogiera de la mano mientras íbamos por la calle por que decía que eso era cosa de niños. Cuando hablábamos de mis estudios (yo preparaba oposiciones para maestra) se las arreglaba para desanimarme y despreciar mi inteligencia con frases como: "por más que te esfuerces, nunca podrás aprobar". Nunca salió de sus labios nada que pudiera hacerme creer que había algún sentimiento hacia mí más que una amistad con derecho a roce. Jamás me dijo te quiero, ni en los momentos más íntimos cuando en pleno clímax esas palabras se te escapan sin quererlo, y me hizo pasar más de un momento incómodo en el que parecía despreciarme delante de sus amigos o de los míos.
Uno de esos momentos fue cuando, estando en la misma discoteca donde lo conocí, y en compañía de mi hermana tuve la mala suerte de caerme en un escalón que yo no había visto. Sin ni siquiera preguntar si me había hecho daño o ayudar a que me levantara, arrastró a mi hermana de la mano diciéndole: yo a ésta no la conozco.
Ese mismo día, le acompañamos a la casa donde vivía con su abuela a recoger no se qué que se había olvidado. Y la presentó a ella como su novia. Y la gota que colmó el vaso fue cuando pasando por delante del pisito que usábamos para nuestra intimidad le propuso que subiéramos los tres, dejando bien claro que su intención no era ir allí a tomar un refresco y pasar un rato de tertulia sino poner en práctica la fantasía por excelencia de casi cualquier hombre: tener a dos féminas desnudas y a disposición de lo que quiera el señor encima de un colchón y sin ropa de por medio. Por supuesto lo dijo medio en broma, medio en serio y nosotras simplemente pasamos de largo dando a entender que se tendría que quedar con las ganas.
En vez de darle una somanta de palos como se merecía, yo callaba y aguantaba. Os preguntaréis por qué consentía sus desaires, y también me lo preguntó yo ahora que lo recuerdo friamente, y no sé qué contestar.
Lo que sí sé es que yo no sentía aprecio por mí misma, de hecho pensaba que lo único para lo que servía era para dar placer en las situaciones en las que sobra la ropa y no es necesario demostrar nuestra capacidad de hablar y, menos aún, nuestra inteligencia. Viéndolo en perspectiva creo que eraun poco como las mujeres maltratadas que se acostumbran a pensar que su maltratador siempre tiene la razón y son ellas las que no están a la altura. Y, a pesar de todo, le quería o al menos eso creía yo (sería una especie de síndrome de Estocolmo o era tonta de remate, o las dos cosas al mismo tiempo).
Y pasó el tiempo, y llegó el momento en que Alfonso se tuvo que ir a la mili, por que ya se le había acabado la prórroga que le habían concedido por estar estudiando. La mili en los 90 era todavía obligatoria y sólo se podían librar los que tenían la suerte de ser excedente de cupo o declarados no aptos por cuestiones médicas.
El muy....(prefiero no decir la palabra que me viene a la mente)... antes de irse me dijo: "Estando contigo, me he acostado con fulanita, menganita me hizo una mamada que me dejó lelo y estuve a punto de acostarme con la novia de mi mejor amigo, y te digo esto por que no quiero que, mientras yo esté cumpliendo obligatoriamente con el Estado, tú te quedes sola y amargada en casa, sino que te diviertas con quien tú quieras".
En realidad, él mismo no creía en sus palabras, pero no quería demostrar bajo ningún concepto sus sentimientos por que según él las demostraciones de afecto te dejan al amparo de las personas y te hacen débil ante ellas.
Pues decidí en ese momento hacerle caso y, aunque nos vimos unas pocas veces durante su servicio militar, y nos escribimos algunas cartas, yo me solté la coleta y le puse los cuernos con todo aquel que me dio la gana: un italiano al que conocí en unas vacaciones, un compañero de facultad que estaba de toma pan y moja, un aspirante a torero que conocí en la escalera de mi casa repartiendo las guías telefónicasy que me rompió las medias haciéndolo en su coche por que era más bestia que un petisuisse de chorizo... y creo que no hubo ninguno más aunque sí hubo otras ocasiones que rechacé por que sus protagonistas no supieron despertar en mí el instinto. (Recordad que sentía que era buena sólo en una cosa (el sexo, por si hay alguien que no lo pilla) y no era cuestión de desperdiciar ese talento.
Comentarios
Cuando Alfonso volvió definitivamente después de un año de vestir el uniforme militar, de hincharse a hacer guardias de día o de noche, de obedecer órdenes de cabos, sargentos y demás oficiales y de cuidar caballos en la cuadra del cuartel, ni corta ni perezosa le devolví la pelota que él me había lanzado antes de irse, explicándole con pelos y señales todas mis aventuras. Y, si soy sincera, lo hice sabiendo que no le iba a hacer ni puñetera gracia. (hay que ver lo rencorosas que podemos llegar a ser las mujeres cuando nos lo proponemos).
Y, aunque no quería demostrar que le importaba, sí me lanzó puyas con el objetivo de hacer que me sintiera culpable. Fueron frases como: "O sea, que tú estabas montándotelo tan ricamente con un italiano mientras yo me pasaba horas con la única compañía de los caballos" o esta otra: "Tú bien calentita en la cama con otro hombre mientras yo me pelaba de frío haciendo guardia en la garita".
Todo esto y mi cambio de actitud, me demostró que nuestra relación ya no tenía razón de ser. Tres años había aguantado yo sus desplantes y sus caprichos sexuales creyendo que podría hacerlo cambiar y, convencida de que en el fondo, él también sentía algo por mí. Y decidí, cansada ya de hacer el primo, ponerle fin al asunto no sin antes desearle lo mejor (o más bien lo peor, ¿para qué engañarnos? ya que tenía unas locas ansias de vengarme por haberme hecho sentir como una yegua preparada para el semental de turno y deseé en mi interior que tuviera que casarse por obligación con una mujer a la que hubiera dejado embarazada sin quererlo).
Y debo de ser bruja, por que al cabo de los años un amigo común me comunicó que efectivamente se había casado de penalty, que luego se había divorciado y que tenía problemas con su ex por la manutención y la tutela del niño.
Me siento un poco ruín, pero sigo pensando que se lo tenía merecido (al fin y al cabo soy mujer e imperfecta y no creo en lo de poner la otra mejilla).
En fín, lo último que he sabido de Alfonso fue al coincidir en un portal de internet en el que se juega a la vez que se puede chatear con tu contrincante. Esas casualidades de la vida que parece que no son posibles hicieron que coincidiéramos como adversarios de juego y hablando, hablando (más bien escribiendo y leyendo) nos reconocimos, e intercambiamos emails de vez en cuando. Hasta que él empezó a querer quedar conmigo y no sólo a hablar, ya que me preguntaba si cambiaba las sábanas del pisito en el caso que decidiéramos cerrar la fecha del encuentro. Me comporté como una verdadera.... (otra palabrota que no pienso escribir) y le hice creer que había posibilidades de volvernos a ver, para al final negarme. (Si es que derrocho maldad por los poros cuando dejo libre al diablillo que llevo dentro.)
Al negarme a quedar con él, reaccionó como lo hacía antes. Es de esas personas que cuando se sienten heridas reaccionan atacando a la persona que les hace daño y, esta vez, no iba a ser menos. Me envió un mensaje diciendo que era una inmadura como lo había sido 15 años antes cuando salíamos juntos. Supongo que esperaba que me mordiera la lengua, pero ya no tenía 19 años y mi complejo de sumisa había quedado en el olvido así que me quedé sobradamente satisfecha en mi venganza con mi último email que decía: "Puede que sea inmadura y que lo haya sido siempre, pero el que ha reaccionado como un niño al que se le quita el caramelo de la boca, has sido tú".
Aun ahora, de vez en cuando, me felicita la navidad a través de un mensaje electrónico, que yo nunca contesto. Creo que siempre me quiso pero le faltó el valor suficiente para demostrarlo.
En fín, él se lo perdió, yo me lo ahorré y otro lo ganó.
y como dicen el el telediario, así sucedió y así se lo hemos contado.
Fin
Apunto que no sé si realmente se puede ligar por Internet, ¿se puede?:D Y bien sé por mis primas que salían a la discoteca los viernes por la noche y no llevaban el monedero ¿Para qué? Me decían, entonces yo era muy ingenuo.
¿Qué ese chico te quería y no tuvo valor para demostrarlo? Bueno, yo disiento de esa opinión. Pero quizá te comprendo porque a mi con alguna chica que se ha portado mal siempre he querido verla con buenos ojos. Ignorar el pecado porque me costaba pensar mal de alguien a quien quieres...
En fin, Carmen, ahora después de esto y de demostrarme que sabes escribir de verdad no puedes quedarte aquí. Tienes que contar más cosas!:D
Lo único negativo es que debes vivir muy lejos y no te voy a poder invitar a un vaso de caracoles...:rolleyes:
Gracias, Carlos por tus ánimos y por no ser muy crítico con mi forma de escribir, ya iré dejando alguna cosilla por aquí. Aunque si te soy sincera, no suelo escribir sobre mi vida. Normalmente mis relatos tratan sobre otros temas.
Te informo de que vivo en Sevilla, por lo de invitarme aunque los caracoles no son santo de mi devoción lo cambiaría por una tapita de queso que me pirra.
Cuando tenga un poco más de tiempo voy a leer tu última aportación al foro y también te dejaré algún comentario. Un saludo
Me pregunto si no ha tenido algo de catarsis esta confesión tuya, si no te has sentido liberada de un peso, de una losa.
Me has hecho pensar , y mucho:
A veces, muchas mujeres nos empeñamos en no querernos y en cargar con las culpas que a otros habrían de achacarse. Él no te quería, o no al menos, como me parece que tú te merecías y como tú sí que hubieses podido quererle a él.
Creo que yo no tendría el valor que has tenido tú.
Para Carlos:
¿Estás revolucionándonos a [EMAIL="todo@s"]todo@s[/EMAIL]?
Vaya, en Sevilla y yo imaginándote en Barcelona por lo menos...:rolleyes: Y no pienses que te estoy haciendo la pelota, a mi me ha gustado tu relato, y ya ves que a Francesca también. Ya sé que todos tendemos a minusvalorar lo que escribimos. Pero no, guapa, no te piropeo para quedar bien.:rolleyes2:
De los caracoles lo que me pirra a mí es el caldito picante...que con algo fresquito está de muerte...los caracoles en sí no saben a nada!:D Pero vamos, que el queso si es curado de oveja...:rolleyes:
Aun estoy pensando en lo de la botella de Coca-Cola:rolleyes:. Eso si que es poesía modernista. Claro, que lo del trio de Alfonso...pero de las fantasias sexuales esa quizá es la que menos me atrae (que no es que descarte claro, pero...difícil lo veo) porque como decía un colega mío: que sentido lógico tiene estar con dos mujeres a la vez si no tenemos dos penes.:D:rolleyes:
Bueno, Francesca, solo quedas tú, porque Nae ya escribió su confesión, Carmen, también...así que yo no te quiero presionar, chiquilla, pero...en fin, tú verás. Que como tú misma dices ya verás lo agusto que te quedas!:cool:
Gracias Francesca por tus palabras. La verdad es que la historia con Alfonso ocurrió hace tantos años que ya no me afecta. Viéndolo en perspectiva me doy cuenta de lo diferente que era entonces dejándome llevar siempre por mis sentimientos y permitiendo que este hombre me pisoteara la moral una y otra vez. Pero si me queda algún sentimiento de aquello es vergüenza por no haber cortado por lo sano mucho antes. Pero esa experiencia me enseñó a quererme un poco más y a valorarme a mí misma.