Frente a mí te yergues,
sabia y rugosa.
Tu altiva mirada,
me mira desde el destierro.
¿Cuántos mares habrás recorrido?
Los hombres erraron en el mar,
ahogándose en la profunda palabra.
Oxigenaron su ansia de saber
y olvidaron la salina palabra,
la persistencia y paciencia de las mareas,
y la calidez de la luna flotando en el agua.
La iletrada tosquedad trabajó con sus manos,
la tristeza paseo por la playa
y se bañó en la complacencia del mar.
¿Quién construyó la estatua?
A ti te pregunto en mi desazón,
querida estatua de sal.
Me apenó verte en la triste soledad de la playa,
ver con que delicadeza sostienes las palabras,
que son ya cristales que resplandecen
frente a mi bruta desnudez.
Me acerco y te toco,
se deshace mi cristalina mirada
y brotan las palabras de sal.
Arrodillado ante ti,
lloro palabras de sal
y me lamento por las palabras
que resbalan y se pierden.
A ti me abrazo y siento la triste soledad de mi alma.
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