Hola a todos, soy un escritor novato y les vengo a traer mi primera aportación. Espero que les guste
Un viaje entre mareas.
“En tierras extrañas luché con la suerte, derecho y sin vueltas no supe mentir”... Cantaba don Jaime en las calles de París, bajo una farola de mármol color ocre que parpadeaba debes en cuando amagando con desnudar la noche.
De nacionalidad Argentina, se mudó a Francia por problemas políticos en el año 1978. Era un hombre simpático de avanzada edad, amante de la música, las bellas artes y los libros; un idealista y soñador.
Como lo frecuentaba hacer cada noche, sentado en un pequeño banquillo a mitad de la vereda, Don Jaime extraía las mas bellas melodías de un bandoneon Alfred Arnold de 1925 (lo que consideraba una verdadera reliquia), mientras entonaba alguna que otra estrofa.
Eran las diez de la noche, llevaba su camisa blanca arremangada a la altura de los codos y los tres primeros botones desabrochados debido al calor del verano. Sus lentes redondos ahumados eran algo característico en él, junto a su sombrero negro con una cinta roja que lo rodeaba por la mitad.
La gente se detenía unos minutos a contemplar la destreza que desprendían aquellas manos arrugadas del viejo bandoneonista, y unos pocos se limitaban a arrojar un par de monedas dentro del estuche de el bandoneon.
Ya era media noche, la gente entraba y salia de los bares, la mayoría con unas copas de más. El ruido de los autos y el murmullo de las parejas que iban y venían pasaban desapercibidos. La música dominaba el momento y a su vez daba el cierre final de un día más.
“Bebiendo el último licor, entre penumbras de ansiedad; fumando un cigarrillo a puro nervio, con sabor a soledad”... cantaba don Jaime cerrando su recital callejero, cuando un billete de cien dólares calló lentamente dentro del estuche sobre un par de monedas. La presencia lo intimidó por un momento y enseguida, sintió el inconfundible aroma de un costoso perfume francés. Una misteriosa y hermosa dama estaba ante su presencia. Vestía unos zapatos de taco alto y un enorme vestido de sirena color rojo carmesí, que sin duda resaltaba en la tenue noche de Julio. Su color de cabello era de un rojo mas oscuro e intenso y unos ojos relucientes como un diamante. Deslumbraban. Cualquier persona se hubiera quedado perpleja ante esa mirada, sin embargo , don Jaime esbozó una sonrisa y prosiguió con un: -Bonne nuit madame, cuánto tiempo, realmente la echaba de menos-.
-Ya pasaron más de veinte años- respondió la joven devolviendole la sonrisa.
- Así es. ¿Me concede la última piesa?- don Jaime miró para un lado y para el otro, se dio cuenta de que estaba completamente solo, no había una sola alma en su rango de visión. El viento resoplaba con cautela, arrastrando unos papeles de diario en medio de la calle y moviendo levemente la copa de los árboles. La mujer de cabello rojizo contemplaba y analizaba cada uno de sus movimientos, podía notar que le sudaban las manos, tragaba saliva con dificultad, y antes que los nervios dominen su jugada, dijo:
-Cierra los ojos, respira profundo- don Jaime sacó un pañuelo blanco del bolsillo derecho de su pantalón para secar su frente.-No estas solo, y no estás con una desconocida. Recuerda el momento en que nos conocimos, eramos solo dos jóvenes en busca de un camino, de un destino, de una aventura, de un amor. Un par de ingenuos que creía que la vida era tan simple como en una película de Hollywood, y por mas que nos dijeran lo contrario, eramos lo suficientemente cabeza dura para negarlo. Eramos un tanto especial, y teníamos tanto en común como el agua y el aceite, pero igual nos amábamos, mas que a nada en el mundo-. Las mejillas de la mujer sonrojaron e inclinó la vista hacia sus zapatos. Don Jaime volvió a sonreír. Cantó:
“Pero sigo riendo, luchando
Sufriendo en silencio.
El destino es un puño
Que golpea con fuerza,
Quebrando montañas de anhelos,
Dividiendo mares de lágrimas,
Peleando contra mis sueños.
El mundo no conspira a mi favor,
El mundo trata de sobrevivir.
Frustración irreversible,
Delirio inconfundible.
No te vallas hoy, todavía no.
Acobijame entre tus brazos
Y en la calidez de tus senos.
Tus labios todavía saben a fresa
Y se vuelven fríos como el hielo.
Extiende tu mano,
Hagamos juntos este viaje.”
Don Jaime levantó la cabeza, se sacó sis lentes de sol y abrió los ojos. De repente se encontraba transportado en una carretera. Giró su cabeza y se le heló la sangre.
Podía reconocer perfectamente el lugar donde se encontraba, campo a sus laterales, solamente una vieja casa a lo lejos, y un cartel a un costado de la ruta que decía: Buenos Aires 90 km.
-¿Por qué estoy recordando esto? Fue una herida que cicatrizó hace tiempo, solo un mal trago. -Quiso preservar la mente en blanco cuando todo pareció tan legible y palpable como la realidad. Tenia en frente un Mercedes Bend color negro totalmente destrozado, la parte delantera era irreconocible, y sin pensarlo dos veces giró la cabeza para ver lo que no quería ver. Un cuerpo a un lado de la carretera tapado por una manta en medio de un charco de sangre.
El lugar estaba rodeado por una cinta de precaución que impedía el paso, las sirenas de los bomberos y de la ambulancia se disipaban dando lugar a la superposición del sonido de las voces de un par de policías que controlaban el tránsito de aquella tarde lluviosa.
Don Jaime estaba demasiado aturdido para diseñir las palabras que le retumbaban en su cabeza. Quiso correr hacia el cuerpo de su amada pero se dio cuenta que por alguna extraña razón no podía hacerlo, sus pies estaban inmovilizados, congelados, amarrados a el pavimento como si fuese un charco de loco o arenas movedizas que impedían su transcurso. De repente se vio a el mismo sujetado por dos policías, llorando desconsoladamente de rodillas a diez metros del lugar de los hechos, maldiciendo a dios y despotricando algunos juramentos.
“Jamas pensé que la pérdida de algo tan preciado influiría de esta manera en la mente de una persona. Todo es diferente desde el minuto en que tu rutina cambia y no tenes ese beso por las mañanas que te asegura un buen día. No es justo, nada en la vida promete un trato justo.”
Un beso en la frente lo empujó de nuevo a la realidad. Le tranquilizó un poco la mirada celestial de la mujer de vestido de sirena, aunque todavía le templaban las manos.
-¿Vamos?- preguntó la joven.
- Quédate acá conmigo.- La mujer soltó una carcajada- No puedo regresar, ya no pertenezco a este lugar, y tu tampoco, ven conmigo. Desde el momento en que ese billete de cien dolares calló sobre tu maleta, dejaste de pertenecer al mundo que te rodea. Hicimos un juramento, estar juntos por siempre, y por eso te vine a buscar.
El anciano sacudió la cabeza, miró la farola de mármol que había dejado de parpadear para apagarse por completo, y pensó en lo absurdas y ridículas que son las interpretaciones de la vida. Dártelo todo, quitártelo de sopetón, e intentar devolvértelo en pedazos como quien quiere volver a la normalidad una hoja de papel que fue completamente arrugada.
-Es verdad, es lo que siempre anhelamos, estar juntos para siempre, pero no de esta manera.- contestó el viejo.
-¿Hay otra opción?
-No, pero...
-Pero así son los laberintos de la vida Jaime, una vez que entras puedes quedarte divagando horas y horas ahí adentro sin encontrar una salida, puedes pensar que estás dando vueltas en círculos o simplemente que no hay escapatoria. Pensar que estas llegando cuando te diste cuenta que volviste al principio. El secreto está en derribar los muros del laberinto. ¿Es hacer trampa? No, es simplemente buscar el camino mas fácil, ingeniártelas para vivir y amoldarte a las remotas posibilidades que se te presentan.
-¿Y si los muros son demasiado grandes para romperlos? No podría solo.
-Ese es tu problema. Dicen que la imaginación no tiene límites, y es verdad. Pero por un momento quiero que dejes de pensar que vives entre cuatro paredes, y si no puedes dejar de hacerlo,con tus alas puedes volar más que por encima de aquellos gigantes muros. Todo está en tu cabeza, la clave es vivir la vida aferrándote a las circunstancias. Siempre hay una alternativa, y hoy te la vengo a ofrecer.-
El bandoneonista, anonadado por tanto recelo, no lograba entender si todo esto era parte de un sueño, un delirio agónico, o si en verdad su estadía había terminado y sus pases de vuelta estaban en manos de, Clara. ¡Clara! Aquella hermosa mujer cuyo nombre hacia juego con el encanto de su piel. Esto último era lo único que podía reconocer con exactitud, todo lo demás era ajeno al tiempo.
La mujer le extendió la mano, la mirada del hombre llena de duda e inseguridad clavada en la de Clara formaron un cúmulo de palabras que solo una persona podía entender, y esa persona era ella.
-Vamos, levántate-. Jaime, todavía sentado en el taburete de madera a mitad de la vereda, acentó con la cabeza y extendió su mano hacia la de ella. Estaba suave y con mucha claridad pudo recordar imágenes guardadas en lo más profundo de sus recuerdos; paseando por los parques de Buenos Aires pegados de la mano, mientras que decenas de palomas merodeaban por el mismo sitio esperando que alguien les tire algunas migajas de pan duro. Noches cantando frente al río y mañanas donde el sol se cuela por la ventana haciendo entrecerrar los ojos de ambos, acurrucados aún dentro de las sábanas.
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Ambos guardaron silencio y a paso lento caminaron por un angosto sendero en forma de túnel donde el verde del bosque sobresalía por sobre todas las cosas. Pequeños rayos de sol se filtraban entre las hojas, algunas de estas ya secas, armonizaban el suelo de tierra húmedo y crujían con sus pasos. A medida que avanzaban, ese nítido olor a menta se hacia cada vez más notable. Jaime, sin dejar de ver a sus alrededores asombrado como un niño en un circo, al fin pudo observar de dónde provenía. Eran plantas de mentha spicata de casi un metro de altura que don Jaime usaba como hierba aromática en el jardín de lo que habia sido su nuevo hogar tras la llegada a Europa. Los laterales del camino estaban plagados de ellas, junto a ramas y hojas que formaban una especie de galería tropical. Al fin del corredor, una luz refulgente que tapaba la visibilidad de un mas allá si es que lo habia.
Clara extrajo un racimo de las flores que pertenecían a la menta y contempló los pequeños pétalos de la corola. El vestido de la joven ya no era de color rojo, era blanco como la nieve y desprendía un aura de un celeste muy claro, lo cual la hacia ver mas hermosa y reluciente.
Jaime frenó su marcha y se dio cuenta que habia ganado unos diez metros de distancia por encima de Clara. Dio media vuelta y la miró con incertidumbre tratando de buscar en su mirada, cuál seria el siguiente paso.
-Ve-. Fue todo lo que dijo, afirmándolo con la cabeza.
Caminó hacia la luz. ¿Qué había detrás de ella? ¿Un mundo paralelo de cielo, nubes y algunos lujos donde solo la gente de buenas actuaciones iba a parar? Imaginar eso le sonaba a leyendas infantiles de cuentos infantiles. Tonterías pensó, eso es demasiado irreal. Pero, ¿Qué es real y qué no en este lugar? Jaime siempre creyó en que la vida formaba parte de un bucle infinito el cual comenzaba nuevamente después de fallecer. Una especia reencarnación.
Por un momento solo se limitó a pensar en la nada, en encontrarse con una habitación oscura en donde pertenecer ahí se volvería poco a poco en un acto de locura. <Esto es demencial> pensó. <Lo más probable seria sumergirse en un sueño profundo y quedar dormido para siempre, si, eso es, solo eso>
Su corazón empezó a latir con fuerza y él sabia que eso no estaba nada bien. Por un momento en la vida quería disfrutar de la situación sin tener que enfrentarse a sus miedos. Se dio cuenta de que sus ideologías pesimistas siempre pusieron una barrera en sus decisiones. –Derriba los muros, y toma el camino más fácil-. La voz de Clara resonó en su cabeza con algo de eco como si estuviera al frente del anciano. Jaime giró su cabeza para encontrar rastros de ella pero no habia más que un camino de huellas que provenían no solo de sus zapatos, si no también de los de Clara. Sabia que en algún lugar ella estaba presente, en las voces dentro de su cabeza, en la compañía de sus pisadas o en lo más profundo de su alma; guiándolo a esa estrella que no dejaba de brillar en el final del túnel.
Justo cuando el anciano se estaba acercando, un destello de luz lo consumió. Lo único que puso divisar fue una puerta de madera a tres metros de él. Avanzó entrecerrando los ojos y con una mano en la frente haciéndose un poco de sombra, tomó el picaporte y abrió la puerta. Esta ves más decidido que nunca.
-Llegas tarde- comentó Clara aún con su vestido blanco, el cual resaltaba notablemente con la vestimenta negra de las demás personas que acudían al lugar.
-¿Cuántos días han pasado? ¿Me trajiste a mi velorio?
-Un día, un día y once horas para ser exacta; y si, te he traído a tu funeral. ¿No es bello? Es al aire libre y ha tocado un bonito día. Yo que tú lo disfrutaría.
-Nunca me gustaron los velorios. Todos mis seres queridos llorando y lamentando mi muerte, y otros no tan queridos fingiendo un par de lágrimas y acordándose por primera vez de mi existencia en un cajón rodeado de flores. Me gusta recordar buenos momentos y revivir sonrisas de la gente en mi memoria, me parece absurdo que mi última visita sea en esta situación.
-No seas tan frió, aparte, no te he traído aquí a despedirte de ti mismo ni mucho menos a que veas cómo tu familia se despide de ti.
-¿Entonces? ¿Qué estamos haciendo acá?
-Quiero que elijas.- Jaime frunció el seño.
-¿Elegir qué?- Clara emitió un largo suspiro y sin retirar la mirada del cajón, comenzó a hablar:
-Mira, tu propósito no se ha acabado. Hay quienes buscan la felicidad, buscan su camino y su destino, y tú tienes que acompañar a alguien en ese transcurso. Guiarlo, aconsejarlo, estar a su lado cuando necesite acudir a alguien, y por sobre todas las cosas nunca abandonarlo.- Clara giró la cabeza y sus ojos se clavaron en los de Jaime, sonrió y prosiguió- Yo te elegí a ti. Yo te guié hasta este momento y fui tu ángel en cada segundo de tu vida después de mi muerte. La felicidad es una habilidad que las personas buscan constantemente, pero se estancan en la piel de sus recuerdos cuando sucede alguna tragedia inesperada, eso les impide seguir adelante. Tu tienes las herramientas para quitar los escombros del camino de la persona que elijas para que así, encuentre el por qué de su existencia. Ya no eres aquel hombre inseguro que conocí, tienes años de experiencia a lo largo de tu vida para llenar de pureza un alma en busca de aquella palabra tan ambigua llamada felicidad.-
Don Jaime acepto con orgullo su desafío. Él no tenia hijos ya que por un problema de salud no podía hacerlo, pero tenia alguien con quien compartió muchos momentos que lo hicieron sentir como el padre que nunca pudo ser. Fue en la primera y última persona que pensó. Con tan solo nueve años, tenia toda una vida que afrontar por delante.
El catorce de septiembre del 2014, tres golpecitos sonaron en la puerta de la casa del niño, Brandom. Eran las doce del medio día, su madre algo ocupada en la cocina ordenó a Brandom que abriera la puerta. El niño bajó rápidamente las escaleras de su cuarto para abrir de un golpe y con una gran sonrisa, con la esperanza de que fuera su padre en su vuelta del trabajo. Miró para todos lados y no vio a nadie. Volteó la cabeza hacia abajo y se encontró con una gran caja de cartón que le llegaba a la altura de sus rodillas; tenia su nombre escrito con fibron verde. Sin pensarlo demasiado y con algo de dificultad, entró la caja adentro de su casa ya que era algo pesada y cerro la puerta.
-¿Quién era?- Pregunto su madre desde la cocina.
-Nadie mamá-. Brandom abrió la caja con mucha impaciencia y curiosidad, no tenía idea qué lo esperaba ahí adentro. Cuando por fin abrió las cuatro paletas de la caja, sus ojos se deslumbraron al encontrar esa tan preciosa reliquia, un bandoneon Alfred Arnol de 1925. Encima, una nota que decía: “Cuídalo. De tu tío Jaime. Feliz cumple años”
No no entiendo que quiere decir…pardadeaba debes en cuando amagando con desnudar la noche.
Cuidado con las acentuaciones
Un relato ordenado incluso cronológicamente, cuidadoso de todos los detalles, haces una radiografía de las características del personaje, su vestuario, sus manos arrugadas, de su situación, de suscircunstancias pasadas y presentes, del escenario en el que actúa, del mes, de la hora, y hasta la marca y la fecha del acordeón, ya que es una reliquia. Una puesta en escena casi teatral, porque a mí me parece que se abre untelón y : Voilà!, he ahí a don Jaime enuna calle de París.
A la mujer de rojo también la describes,aunque con un corsé típico-tópico de una vampiresa demodé. En vez de enorme vestido, podría vestido largo. Como la vampiresa de mirada celestial ( se contraponen los términos ya lo sé), también es argentina la última “piesa”, debería ir entre comillas o en cursiva, (piesa por pieza). El discurso que le hace la de rojo muy poco natural, parece que esté actuando más para el público que para el bandoneísta, hasta la veo pasear por el escenario y levantar la voz para que los de la última fila la escuchen. El soliloquio deJaime me parece igual de impostado.
Muy dramática todo, cuando ella muere en la carretera, en el km.90 a Buenos Aires. Vale que el drama haya que tratarlo con seriedad, pero si aprietas la tragedia casi se convierte en vodevil. La chica muere…y lueg ovuelve para llevárselo con él por un juramente eterno que hicieron. Todo un cliché.
Creo que es la primera vez que te leo, bienvenido al foro.