Bondad insospechada
Busquen en los basureros
I
No es casual, sino más bien causal, que cuando Borges pretendiera ese Acercamiento a Almotásim (pretendiera alcanzar a ese hombre, supongamos, intrínsecamente bueno, finalmente bueno), describiera, en el penúltimo paso de su detectivesca genealogía, a un librero. Esa metáfora, si cabe, se presenta de manera mucho más sutil (y mucho más elocuente) en El libro de arena, en donde un hombre oculta un libro (el libro que, de alguna forma contiene a todos los demás) en una biblioteca. Así es: esconder a un libro bueno en medio de una biblioteca (o una librería en la calle América) me parece mucho más subrayable, más pertinente y más fecundo; porque, si bien una hoja en un bosque no solo se oculta, sino que se vuelve invisible, la primera hoja de un bosque no solo se esconde, sino que convierte a todo el bosque en esa última hoja, en posiblemente la última hoja; del mismo modo: esconder a los hombres buenos en el paki de la esquina, en el chino del barrio, en una ciudad perdida entre las montañas no solo los diluye, sino que los convierte en imprescindibles.
No es casual, sino determinante que cuando uno quiere encontrar a un hombre bueno deba buscar en los lugares menos probables. La bondad solo es bondad si se presenta inesperada, irreverente, irrevocable y, sobre todo, si se nos presenta sin ninguna posibilidad de interés. La bondad provoca la sensación de la belleza (sería un juicio kantiano). Probablemente, en la última biblioteca de la calle América, encontraríamos un ejemplar de América, el libro de Kafka, en donde, nada más comenzar, un niño / un joven / un paki sacrifica su maleta (su única pertenencia en este nuevo continente) en post de favorecer a un fogonero en su debacle laboral. El debate en Kafka es de orden moral, pero también es (de alguna manera incluso lo es más) un debate místico, metafísico. La bondad solo es bondad si no puede ser explicada de manera causal, como siendo locura. Porque la locura es la única propuesta metafísica. Así, aunque abordar el término sublime ahora sería pernicioso; porque la bondad siempre se nos presenta contendida, como forma y como presencia absoluta, hay que reconocer que la bondad puede es sublime en tanto a que escapa a ese orden causal predispuesto de las cosas. No hay una razón para la bondad.
Bondad, o bondades. Probablemente, de buscar con esmero y con tiempo, en esa misma calle América encontraríamos muchas, pequeñas bondades: una bondad que Borges llama felicidad y que se llaman libros (o, más bien, posibilidades de lectura, condiciones de posibilidad), encontraríamos una bondad que se llama tiempo (y que no es solo bueno, sino piadoso, porque, finalmente, consecuentemente, cuando se acaba, llega a su fin), encontraríamos otra bondad, la última bondad (concedida a quien busca lo suficiente), que se llama final.
II
Cuando aun vivía con mi abuela, tenía unos doce años, aprovechaba los fines de semana para perderme en un silencioso y maloliente letargo frente al televisor. Podía pasar días acostado, torciéndome la columna. Después, el domingo, aprovechaba para contonearme en mi uniforme manchado con la salsa de la pizza del viernes. A veces, siento que aun camino, manchado y gruñón, por los jardines de mi abuela.
Siento que aunque el mundo ha estado siempre dándome múltiples oportunidades para que haga lo correcto, de manera constante me ha presentándome pruebas, yo, descaradamente, insolente, cobardemente las he dejado pasar. No sé (espero, con miedo, que no sea así) si las oportunidades en la vida, en efecto, son como los tiros de una escopeta; no sé si yo ya me he gastado las mías, no sé si me he gastado las oportunidades de los demás.
Ahora, en la noche que se difumina en el día, sin perderse nunca, estoy diluyéndome yo entre la vida que hay más allá del teclado. No puedo regresar ya. Escribir esto ahora no me trae ninguna satisfacción, en cambio si me trae la sensación de que estoy escapando; como si, por escribir esta historia estuviera escapando de mi deber como ser humano. Como si quisiera decir: fallé, pero bueno, aquí estoy. Pero la verdad es que, yo no estoy aquí, que cualquier parecido con la realidad es pura apariencia.
Pero no, la ansiedad que siento, cuando quiero definir un sentido a lo que quiero, se corresponde con mi incapacidad de formular un sentido. No se qué pensar, no se qué creer, no se qué decir, no se si decir o por qué. No quiero, sin embargo, que esta narración sea una de carácter solipsista y que la presencia de ese Yo que mis manías y mi decadente técnica formulan ahogue toda posibilidad de sentido.
Esta narración no se trata de mi, sino de la bondad.
III
Bondad insospechada
Mientras camina por la calle, las gotas que caen en forma de llovizna le dan de golpe en la cara descubierta y en los brazos. Las calles están atascadas y, en los semáforos, puede escucharse claramente el sonido de las plumas, empujando el agua, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha; el sonido tibio del agua evaporándose con el calor de los faros, la radio de radioescucha. Se escuchan varias canciones más pretenciosas que melancólicas, la voz de la radio-locutora interrumpe la transmisión para informarnos acerca de su ininterrumpida transmisión musical. Por la tarde, estuvo leyendo el Quijote de Avellanada.
Apenas entrar en la tienda, como siempre, en seguida, busca las cervezas. Mientras revisaba las marcas, verdes, enlatadas y frías; siente la voz acaramelada, dulce, aparentemente sospechosa que le dice “buena noche”. Se da la vuelta (el dependiente le sonríe) y asiente con la cabeza. Paga. Se va.
IV
Muchos han revisado antes que yo los múltiples sentidos de la Comedia. Pero a mi no me importa ese texto en tanto a obra de contenido religioso, en tanto a summa teológica, en tanto a enciclopédica recolección de los postulados filosóficos medievales. Otros han socavado ya las múltiples escenas: el juego de voces entre Dante, Farinata y Cavalcante; el amor devoto (y sin embargo impío) de Paolo y Franchesca; la traición a la divinidad de Ulises (reflejo de la traición del Dante real) al pretender adelantarse a los juicios de la providencia. La última sonrisa de Beatriz se titula el texto de Borges en el cual expone que, toda la magnánima Comedia, fue escrita por Dante con la última y patética (entiéndase patética en su sentido más triste y piadoso) esperanza de que, al encontrarse Beatriz de vuelta en su asiento en la rosa de los justos le sonriera una última vez (una primera vez) como prueba de su amor (amor que nunca existió en la Beatriz terrenal).
El sentido devastador de ese texto, postula la figura de Dante como la de un hombre que busca ser dentro del teclado lo que nunca pudo ser fuera.
Pero, ¿y si la bondad puede ser, en efecto, formalmente patética (fea, grotesca, poco apelativa)? Y si, ¿el último acto de amor no correspondido es en efecto un acto de bondad? Arriesguémonos a postular que, esa debilidad objetual (de finalidad) en la Comedia no es en realidad una debilidad, sino un atributo positivo, el atributo, alrededor del cual toda la obra se articula y por el cual se glorifica también.
¿Constatar en nuestra última obra nuestra máxima debilidad, nuestro mayor arrepentimiento no es en realidad un sacrificio? Dante se entrega en post de la tradición literaria. Beatriz (que nunca le amó) le seguirá sonriendo para siempre en esos últimos cantos de El paraíso; él, que mirará desde arriba (así lo creía Dante, al menos), seguirá recordando es última, inexistente, flotante, sonrisa. Lo demás, digamos, es literatura.