Se sentía estúpida y engañada. Mirando por la ventana las lejanas estrellas, quietas en un cielo sereno, no podía disfrutar de la noche. La quietud no podía entrar en su revuelto espíritu.
Se había dejado engañar otra vez. Ni siquiera había intentado contarle sus ilusiones para aquel día. Porque era ilusiones lo que llevaba. El había llegado con su plan hecho y la había puesto en marcha. Y ella se había olvidado de todo viéndole feliz y esperando su compañía.
¿Pero, cómo era posible que él no se diera cuenta?
Bueno, la culpa era suya, que le había acostumbrado a su asentimiento sonriente. Quizás pensara que en aquella cabecita y en aquel corazón no había algo propio, nada fuera de su propio reflejo. Quizás ni se le había ocurrido que ella también era un ser individual.
¿Y de quién era la culpa? ¿No era de ella, por ser estúpidamente feliz sólo viendo que contaba con ella y la quería? La quería… Quizás si la amara fuera otra cosa…
Ella no había hecho caso a su propia individualidad desde hacía mucho tiempo y esta empezaba a rebelarse. Empezaba ya a rugir, dando verdaderas patadas. Y la dolía. La dolía, sobre todo, comprender que, si no hacía algo, no podría manifestarle todo el amor que le tenía. Ese amor se pudriría en su interior, ahogado por aquella sensación de engaño que lo inutilizaba. Se convertiría en furia, en deseo de rabioso ataque. Y eso era injusto. Era injusto para él y era injusto para ella.
“El amor que le tenía…” El nunca la había dicho que la amaba. Siempre: “te quiero”. Y ese “te quiero” ahora la sonaba a posesión, a deseo de tener.
Ella nunca le había querido tener, se había conformado con verle feliz. Y tampoco iba a permitir que la tuviera, que la confundiera con un objeto de su posesión.
Al día siguiente haría ella los planes. El se enteraría de que también ella tenía planes, ilusiones, deseos. Mundo propio.
Y con ese propósito firme, ilusionante, se había dormido. Por fin. Y había descansado.
Al despertar encontró una mañana radiante. El sol entraba a raudales por la ventana. El día olía a frescor y a novedad. Pero… ¿qué pasaba? ¡Ah, sí! Algo en su interior la empujaba, acuciante, a ponerse a trabajar. Por su individualidad. Por su amor.
¿Me podeís decir, por favor, qué es esto? No tiene historia para ser cuento, ¿o si? No es prosa poética... ¿qué es?
Gracias.