El día en que la sirvienta personal de la señorita Elisabeth Drake cayó enferma y murió, y tuvieron que poner en su lugar a una mujer cuya torpeza no le permitía siquiera encender un triste fuego, fue el día en que Billy, uno de los muchos trabajadores de la hacienda, se obsesionó con ella y con su olor.
Aquel día la nueva sirvienta de la señorita hizo llamar a un trabajador escogido al azar para que la ayudase a encender el fuego de la chimenea, y calentar así el cuarto durante aquella lúgubre noche. El elegido fue Billy, que entró al cuarto bostezando y apestando a caballo, y que al momento se puso manos a la obra. Y fue entonces cuando la vio a ella, a la señorita de la hacienda, a Elisabeth Drake.
Era pelirroja e iba ataviada con ropa de dormir que dejaba sus piernas al descubierto y su figura bien definida y que, a la luz de la vela que llevaba en las manos, permitía a Billy ver a través de la seda. Poco faltó para que su anonadamiento le costara varias quemaduras, pues no podía apartar la vista de su señora y del par de tetas que la luz dejaba ver, redondas y firmes, pálidas y salpicadas de pecas, de pequeños y rosados pezones. Cuando la señorita puso la vela en la mesita de noche para acostarse en la cama, la luz quedó al nivel de su entrepierna y entonces, durante unos segundos, Billy pudo entrever los pelos rojizos que allí anidaban.
-¡Vas a quemar la alfombra!-chilló la sirvienta entonces, devolviéndolo a la realidad.
Billy se percató de que así era, de que sostenía con mucha fuerza un leño medio cubierto en llamas que se acercaba peligrosamente a la alfombra.
-Anda, ya te puedes marchar, gracias por tu ayuda.-lo apremió la sirvienta en cuanto hubo colocado bien el leño.-Y llévale esto a las lavanderas, de paso.-añadió poniéndole un cesto de ropa sucia en las manos.
Billy así lo hizo y se dirigió con presteza a su destino, procurando disimular en lo mejor posible la erección que florecía por debajo de sus pantalones. Se percató entonces de la ropa interior que había en el cesto. Miró a un lado y al otro, asegurándose de que no hubiese nadie y, cuando así lo hubo hecho, rebuscó en el cesto y sacó una prenda de dormir. Olía a perfume y a lavanda en su mayor parte, así que Billy pegó la nariz en la parte que correspondía a la entrepierna e inhaló con fuerza. Aquel olor le pareció una mezcla de sudor, pescado, carne y algún tipo de flores silvestres tan embriagador que estuvo mucho tiempo con la prenda pegada a la cara, y con una erección tan fuerte que pensó que la presión rompería sus pantalones.
A partir de ese día, una completa obsesión por aquella mujer y por su majestuoso cuerpo nubló por completo la mente de Billy. La conocía desde que había empezado a trabajar en la hacienda, un par de años atrás, pero nunca había pensado en ella de la forma en que lo hacía ahora. No podía quitarse de la cabeza sus cabellos rojizos, su cara pálida de pómulos altos, sus labios carnosos, las piernas suaves de pies delicados y rosados, el cuerpo desnudo que vio, o que creyó ver, la noche en que fue a encenderle el fuego. Terminó por perder el control de su imaginación y de su miembro viril.
Cuando llevaba el ganado a pastar o trabajaba en el campo, era completamente incapaz de centrarse en la tarea. Todo lo que era capaz de hacer era imaginarse a la señorita Drake sin ropa ante si, acariciándose las redondas y generosas tetas e introduciendo su dedo en el nido de pelo rojizo de su entrepierna, y acercándose a él para darle a probar los fluidos de su fruto, con ese sabor a flores y a sudor que tan loco lo volvía. Y luego él idolatraría hasta el último palmo de su cuerpo con besos; la boca, las tetas llenas de pecas, el ombligo, los muslos cálidos y chorreantes del fluido que con tanta abundancia salía de su entrepierna, los piececitos y, por último, hundiría la cabeza en su coño y se quedaría ahí para siempre, embriagándose con el mismo olor que había en el cesto de la ropa sucia.
-Billy… ¿estás empalmado?-era el capataz, que de un plumazo devolvió a Billy a la realidad.
-Eh… no…-fue lo único que se le ocurrió tartamudear a Billy.
-Pues sácate la zanahoria que tienes en los pantalones y deja de intentar arar la carretera, que el campo está en la otra dirección.
Los demás trabajadores se echaron a reír y a señalar para él, y entonces Billy se percató de que su erección era tan grande que se podría discernir desde la lejanía.
Pasó el tiempo y el rendimiento de Billy iba disminuyendo cada vez más, a la par que su imaginación se iba volviendo cada vez más morbosa, siempre con la señorita Drake como protagonista. Su capataz incluso decidió llevarlo a un burdel para ver si aplacaba la furia de su polla, pero de poco sirvió. Ninguna de las prostitutas se parecía a su señora.
-Más te vale que aprendas a controlar a la nutria que tienes debajo de los pantalones, porque como sigas en las nubes como hasta ahora, mucho me temo que tendré que echarte.-le dijo un día.
De forma que, y armándose de todo el valor que era capaz, Billy decidió que debía declararse a la señorita Drake. Lo más probable era que ella lo rechazase, obviamente; y aunque no lo hiciese, su padre nunca consentiría que su hija compartiera la cama con un simple trabajador, por lo que terminaría echándolo de la hacienda. Sin embargo, y como aquello último parecía inevitable de todas formas, Billy no tenía otra opción.
-Hola, me llamo William, aunque todos me llaman Billy. Nos vimos alguna que otra vez, aunque como yo siempre estoy trabajando en el campo y tú estudiando en la ciudad, rara vez lo hacemos. La última vez que os vi estaba aquí mismo, en vuestro cuarto, encendiendo la chimenea. Y desde ese día os deseo como ningún hombre os desearía nunca.
La señorita Drake se permitió un gesto de sorpresa seguido de un tenso silencio.
-No se que decir…-dijo ella entonces, con una voz tan dulce como lo era su cuerpo.
-Aquella noche estabais en ropa de dormir, y… y luego me ordenaron llevar vuestra ropa sucia…
-¿Ropa sucia?
-Si. Y… bueno… creo que desde ese día os amo.
La señorita Drake asintió con la cabeza como quien da eso por sentado.
-Ya. Pero mi ropa siempre la tienen limpia desde primera hora de la mañana, nunca la dejan para la noche. Aquel cesto contenía la ropa de mi señor padre, cuyo cuarto es contiguo a este.-dijo entonces, señalando la puerta.
A Billy se le quedaron unos ojos de corderito degollado y, acto seguido, acercó la cabeza a una maceta y comenzó a vomitar.
La señorita Drake no pudo contener la risa.
-Al ser un hombre viudo supongo que se dará algún que otro placer por la noche.-comentó haciendo un gesto obsceno con la mano, lo cual provocó que Billy vomitase con más insistencia.
-Soy un idiota, lo siento.-dijo el pobre muchacho entre lágrima.
La señorita Drake volvió a reírse y lo estrechó entre sus brazos.
-Sí que lo eres. Pero no pasa nada, hombre.-dijo limpiándole el vómito de la cara.-Anda, corre, ve a lavarte. Cuando lo hayas hecho, vuelve aquí sin que nadie te vea.
La mirada de alegría que Billy le dedicó a la señorita Drake fue tan intensa, tan sincera, que ella casi se conmovió. Aquella noche ambos compartieron las mismas sábanas, siendo Billy el primero en quitarse la ropa
-Vaya… tu amigo parece impaciente.-dijo la señorita Drake con una risa, señalando su erecto miembro viril, del cual comenzaba ya a salir líquido.
Acto seguido ella comenzó a desvestirse, mostrando cada parte de su cuerpo lentamente, sirviéndole la carne poco a poco. Primero las piernas, sedosas y largas, las cuales Billy acarició y besó. Cogió los pequeños y rosados pies de ella y se metió cada uno de los dedos en la boca.
-Qué fogoso…-dijo ella.
Luego la señorita se quitó el vestido, quedando en ropa interior y, más tarde, completamente desnuda. Billy se volvió loco con sus tetas, y ella se volvió loca con su lengua sobre sus pezones. Se llevó los dedos a la entrepierna y comenzó a acariciar los labios de la vagina, y mientras tanto, él seguía enloqueciendo con el cuerpo de ella, mordisqueándole las tetas, comiéndole la boca, metiendole la lengua en las orejas, haciendo que se pusiera tan caliente como lo estaba él.
-Sí que sabes encender la chimenea…-dijo la señorita Drake con un suspiro, mientras hundía los dedos en el húmedo y abierto coño.
Billy comenzó a bajar por su cuerpo, dejando atrás la cara, las tetas, el abdomen y llegando a la entrepierna, cuyo bello púbico chorreaba liquido. Y entonces hundió la nariz en la vagina y no le cupo duda de que era infinitamente más glorioso que el hedor que recordaba de la ropa sucia.
Después de toda la noche follando y retozando como benditos, Billy tuvo que abandonar la habitación de la señorita Drake, pues sería terrible que los vieran juntos.
-Espero que nos volvamos a ver, mi amada. Mi corazón late de desesperación ante la sola idea de pasar demasiado tiempo sin veros.-dijo Billy antes de irse.
-Claro.-asintió la señorita.-La próxima vez tráete a Robert y a Nick; seguro que los conoces, trabajan contigo. Ellos también vienen por aquí de vez en cuando atraídos por el olor de mi coño…
Comentarios
El relato muy bien llevado, con una pequeña dosis de humor, sin caer en lo ridiculo y un giro bien llevado al final, al declarar la señorita Drake que otros peones también visitaban su alcoba.Felicidades.