Los seis años de gorrión saltarín abrieron la puerta de la calle con un botijo en la mano y enfilaron la calle, cuesta abajo, satisfechos de si mismos, importantes como una misión salvavidas.
El abuelo había olvidado el agua y, ahora, estaría en la era, con este calor, muerto de sed.
Miró el botijo con regocijo, con satisfacción, con orgullo: era el agua fresca que salvaría de la sed a su abuelo.
“¿Estaría el agua tan buena como a ella la parecía?” Decidió comprobarlo.
La alegría y la impaciencia se mezclaron en su cabeza. Veía esa agua fresca correr dentro del botijo, dentro de su cuerpo, por la era donde su abuelo, sediento, esperaba que alguien se acordara de él. Pensó en su abuelo disfrutando de un trago refrescante y vivificador, en su sonrisa de satisfacción… Pensó en ello mientras bebía de su botijo, pequeño, juguete de niña, pero tan grande como para llevar tan enorme alegría.
¡Sí que estaba buena el agua!
Ya había vuelto la esquina de las últimas casas, ya podía ver la era objeto de su impaciencia. ¿Seguiría el agua fresca o se habría calentado por el camino? Tenía que asegurarse…Sí, el agua seguía fresca y agradable.
Vio la figura de su abuelo, inclinado, moviéndose por la era.
Le gritó: “¡abuelo, te traigo agua!”, mientras alzaba y columpiaba el botijo para que pudiera verlo desde lejos. El abuelo se alzó y se quedó mirando la figura que corría hacia él. Parecía no entender. La impaciencia seguía golpeando su cabecita con el deseo de que el alivio llegara cuanto antes. Si la veía beber, el abuelo entendería, y empezaría a disfrutar del agua fresca que le llevaba…Y bebió un tercer trago. Otro trago de su gran pequeño botijo.
Ya estaba frente a su abuelo que la miraba sonriente entre satisfecho y socarrón: “abuelo, te traigo agua”…
Comentarios
En tu corto relato, brindas una ternura que trae...te felicito, escribes muy bien.
un abrazo,