Nací un día que la Vida quiso seguir amándome.
En un pueblo entre sobrio y alegre,
entre llanno y altura,
bajo el sol de Castilla y a la orilla del Duero.
Nací frágil e impaciente como la flor del almendro
y vagabunda como los vientos de marzo.
Y el viento me llevó de la rama,
para poder volverme, cansada,
a descansar en la casa que fue mía para siempre.
Caminé en el polvo y el hastío
durante los años que olvidaba,
hasta que un día comprendí:
en el fracaso se aprendía
y en el fracaso se me amaba.
Y volví a sentir la libertad del nacimiento
y la amplitud de los principios.
Nací sobre todo, sobre todo, sobre todo,
decidida a no recibir con amor
lo que por amor se me daba.
Para buscar, hasta la eternidad sin límites,
la dicha del amor que nada espera.
Y un día me oí cantar:
"Si pudiera recibir por amor
lo que con amor me dan..."
Pero aún no era.
Hoy me llega la paz
como si todo el silencio de la tarde
se hubiera concentrado en nuestra huerta.
Y mientras contemplo encenderse las luces,
poco a poco,
en las ventanas,
pienso:
"Todo el camino ha sido primavera".
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