Empiezo hilando este relato con retazos de lo que una vez fui y no volveré a ser.Fui niña en un tiempo en el que la movida madrileña arrancaba su poderío con el concierto a Canito, enseñando a los españoles, que después del frío, viene el calor y había que montarse al tren, no fuera que se nos perdiera la voluntad.Crecí viendo la Bola de cristal, con la Bruja Avería y me machaqué bien lo de tener diez segundos para imaginar, porque ahora lo hago en cinco.Los fanzines estaban a la orden del día y quién no leyera Du-Duá, Madrid me mata o La pluma eléctrica, no era buen lector o no estaba en la onda.Me vestían con vestiditos llenos de cerezas, fresas, mariposas o abejitas, depende de la inspiración maternal y con zapatitos de charol, algo incómodo para mí, pues siempre estaba subida a un árbol, jugando al fútbol o mejorando esas pócimas que alguna vez, mi bisabuela se le ocurrió comentarlas en voz alta.Crecí entre dos mundos, dos lenguas, dos vidas y parecía a la Píquer con su baúl, pero en mi caso, con mi maletita de cartón a cuestas, de avión en avión, de espera en espera, de sueño en sueño, porque siempre estaba en la luna y no en vano, aún hoy soy conocida en la familia, por lunática, porque esa es mi casa, pero no lo digáis a nadie, es un secreto.
Comentarios
En pocas líneas nos cuentas de tu vida.
Un abrazo Dragón.
Desde mi cómoda posición lunar, siempre en cuarto menguante para que mi pie pueda quedar bailando en el vacío y tomar esa postura de despreocupada niña, he conseguido mantener la sonrisa ante cualquier momento de crisis. El primero de la larga retahíla de ellos lo recuerdo a menudo, algo debió marcarme. Apenas había abandonado la fauna mi ropa cuando delante de mi boca me encotré de sopetón otra. La de mi primer novio. Y sin avisar. Yo había ensayado espejito en mano eso de los besos bucales, pero con los ojos abiertos, que si no no lo consideraba efectivo. E incluso una vez mi hermana se ofreció a darme un lametón de prueba, que solo me sirvió para no encontrarle gracia a los besos. Pero ahora, con el hermano gemelo guapo apodado El Flequi, tan atractivamente canalla anudado a mi cintura, dudaba. Mi vida pasó en un instante delante de mis ojos. Me acordé primero de mi amiga Angelita, que me aseguró, y yo la creí porque se le veía curtida en estas lides, que si no era un beso con lengua no te quedabas embarazada. Luego rememoré el beso de mi hermana, y recé para que el que iba a suceder se pareciera más al mío con mi reflejo, la verdad. Mi madre, salía por detrás de Angelita o eso parecía, y me daba una bofetada porque como las madres son así muy adivinas, se había dado cuenta de que mi boca había sido desvirgada. Y luego pensé que mi adorado Flequi , que me había pedido de salir ( se decía así) una semana antes de este día fatídico, me dejaría por Merche seguramente, que tenía más pecho que yo, si no le daba el puñetero beso. Así que con tanta presión y tanta gente merodeando, simplemente dejé hacer. Procuré que su lengua no pasara de la barrera hecha con dientes que imaginé infranqueable, para evitar un posible embarazo. Nada. Que resulta que las lenguas tienen más fuerza. Estaba fría, recuerdo esa lengua como si fuera un cubito de hielo que se paseaba ridículamente me pareció a mí, de un carrillo a otro. Eché de menos a mi hermana. Y luego, como yo no quería abrir mucho la boca, mis dientes chocaban con los suyos, y hacían un ruidito espantoso que se me antojó que oían todos los que estaban en aquel callejón con nosotros, porque desde dentro de mi boca y por cercanía auditiva, era atronador. Por fin se acabó. Adiós, Flequi, qué mal besas. Llegué a casa, mi madre no me notó nada, qué bien disimulo. Esperé mi regla, y bien, no estaba embarazada. Pero lo que no pude impedir es que el supergemelo se enrollara con Merche dos días después, demostrándome que por lo visto y a juzgar por las veces que repetían los besos, la que besaba mal era yo. O quizás era lesbiana y por eso no me gustó. Pero en el fondo, desde mi luna, me imaginaba a Merche en un futuro cercano con un par de gemelos enganchados a sus cántaros, y los dientes desgastados.
Ignoria, me ha encantado tu relato, fantásticamente escrito, que trasmite momentos adolescentes y juveniles perdurables en la memoria de muchas.
Sobre todo me gusta ese contraste entre el puritanismo de los padres y los impulsos naturales de los hijos en el descubrimiento de la sexualidad y el amor.
Saludos.
Y gracias a Sinrima por su plácido trato.
Amparo, si supieras las veces que me sonrío con tus cosas...ja.
Un saludo a todos.
La primera parte acerca recuerdos de una época decisiva que marcó a muchos jóvenes.
La segunda habla del descubrimiento de una incipiente sexualidad por parte de una persona joven.
Juntas, nos ofrecen un relato completo de la juventud: la sociedad y el individuo, la intimidad y el descubrimiento.
¡Menudo cartel Taurino!
¡La peque y la Niña los Toldos!
Esto promete. Permaneceré atento a próximas entregas.
¡Qué soy todo un caballero!
La moral que la tengo hoy un poco rastrera. Eso preciso que me levanten...
Gracias, Jack London, por el comentario.
Gracias Alejandro, por seguirmos tarde pero incodicionalmente, ja.
Gracias Amparo por levantar ánimos.
Dragon, cielo, que se nos pasa el arroz, concéntrate y escribe. : )
Un saludo a todos.
.
Aunque es cierto que algunas no lo precisáis.
y mirando de soslayo, al chico que me gustaba, que ya no era El Flequi, era otro, del cual, no recuerdo yo ya el nombre y tendré que preguntarselo a mi familia.
esta frase es sencillamente genial. ¡Amiga tienes alma de escritora! Y capacidades. (¡Auxi aprende!)
Te toca ignoria. Listón alto...
Bueno, a ver qué se me ocurre. Uhm, quizás algo dramático , un asesinato o algo. Bajo la palmera, mataré a alguien metiéndole dátiles con un embudo hasta que confiese que me quiere. : ) Un momento, los muertos no hablan...
Plan B.
Un saludo.
Por momentos pensé que ibas a decir: "por el..."
Bueno te lo dejo a tí.
1 de Diciembre de 1992. Lejos de mi familia esta vez, pero feliz porque la luna llena que parecía mi vientre estaba a punto de reventar, y el pequeño hijo de esa luna no tardaría mucho ya en probar el néctar de mis ahora y temporalmente enormes pechos. Pero nada resultó tan romántico. Mi costumbre de no quejarme en voz alta, supongo que llevó a aquellas personas que me debían cuidar, incluído al donante de semen al que algunos llamaron padre, a pensar que estaba mejor sola en una habitación alejada de todo grito contagioso que estropeara mi supuesta calma. Y tantas horas pasaron, y tanto fue mi silencio, que se olvidaron de mí. Para cuando a alguien le dio por acordarse de que hacía 14 horas que yo contraía mi útero sin grandes progresos, ya era tarde. El bebé sufría y todo fueron prisas. Conseguí que a pesar del poco espacio que pude ofrecerle, su cuerpo se escurriera desde mí hacia las manos de la señora que le salvó la vida. No se posó en mi pecho, ni siquiera pude verle, salvo durante muchos días y con el corazón empuñado, tras los cristales. Mi castigo, seguir confinada en la 303. Nadie, a excepción de médicos y enfermeras, entró. Hacía intentos por ir a ver al pequeño a la cuna de lunas fortificadas. Cuando me acercaba a ella por el largo pasillo a la hora estipulada para los encuentros visuales, el escaparate que yo ansiaba estaba ocupado por el padre, y no conseguía llegar a mi destino. Eran las enfermeras las que fuera de horas, y supongo que conmovidas por mi llanto y mi falta de apetito, me llevaban a escondidas a verle. No llegué a hablar con el hombre, que hasta entonces fue mi amor, desde que el día antes del nacimiento me dejara en aquella habitación. Así que podría decir: sí, me daba miedo encontrarme con él y que me dijera que todo aquello era culpa mía, porque no supe explicar de otra forma lo que estaba sucediendo. Y no me perdoné durante mucho tiempo. Transcurrido éste no le perdoné a él, y cuando lo hice, le dije adiós.
Un saludo.
A ver que se me ocurre a lo largo de la noche...o del día...o de la semana...