Flavia no sabe de esas cosas. No sabe que esa misma tarde se jugará —en la otra punta de la ciudad—, un partido decisivo. Por eso es no le preocupa caminar las diez cuadras envuelta por el algodón de una musculosa roja.
No lo sabe, y está bien que así sea. ¿O acaso saberlo hubiera cambiado en algo su final? Tal vez.
En el noticiero, poco y nada dicen de lo que a ella realmente le preocupa, por eso es que no lo sabe. Si nunca tratan los asuntos importantes como la planificación de los inolvidables quince, o la complejidad de las funciones trigonométricas, o cómo reaccionar si han pasado dos días y el período no llega.
La bañera está llena y tibia, y Flavia se sumerge despacio. Está sola en la casa, pero acompañada por las baladas que resuenan a todo volumen en su habitación. Afuera, un tren pasa y se aleja, dejando el eco de los bombos que zumban al unísono, justo cuando Flavia se empapa el cabello y las orejas y la mitad de la frente.
Flavia no los oye, o tal vez los ignora. Y también ignora que, debajo de la musculosa roja —que eligiera azarosamente del ropero—, duerme inconsciente, frágil, el fruto de su retraso menstrual.
Pronto llegarán sus padres, y Flavia no quisiera cruzárselos en el camino. Ellos tampoco lo saben. Tal vez, su padre sí lo sepa, pero es un partido de fútbol, y espera verlo desde la comodidad del sillón. Vuelven de reservar el salón para el próximo abril, sin imaginar que no habrá cumpleaños, ni fiesta. Ni en abril, ni en mayo, ni nunca más.
Flavia desempaña el espejo, y controla que no haya aflorado ningún granito usurpador. Se llevó la ropa al baño, y forcejea para no chocarse con los azulejos resbaladizos y con la pileta, atestada de prendas limpias y perfumadas. Se pone sus anillos, se vuelve a calzar el piercing en la nariz, y se cuelga el suvenir del quince de Yani, su mejor amiga. Fue ella, quien la contactó con Cecilia, la ginecóloga. Tiene turno a las cuatro. Son apenas las dos, pero está nerviosa, alterada. Faltan dos horas; y dos horas es mucho para las diez cuadras que debe caminar hasta al consultorio. Se estampa la musculosa roja, se alborota el cabello, y termina de vestirse en la cocina.
Los perros ladran como siempre, como todos los sábados. Como cada vez que el barrio se moviliza paseándose bajo las sombras frescas de la vereda. Algún vecino insiste en cortar el pasto a la hora de la siesta, sin interesarle el partido decisivo que se jugará en breve.
Flavia se sirve un vaso de yogur, y mata la sed en dos ligeros tragos. Recoge su juego de llaves y sale a dar una vuelta, a hacer tiempo. Sus padres no aparecen: es su día de suerte, piensa. Y a su paso, el perfume del champú se funde con el del pasto decapitado; y por un momento, que coincide con la persistente bocina de unos cuantos autos festivos, se olvida del atraso, y de los preparativos de abril.
Flavia no sabe que pronto se olvidará de todo, que más tarde se jugará un partido decisivo entre “El Rojo” y “Los Azules”, y que jamás estuvo tan equivocada en cuanto a su suerte.
El primer patrullero hace chirriar la sirena, y el micro escolar inicia su temblorosa marcha. Es sábado y no hay clases. Ese micro naranja —custodiado por dos móviles policiales— traslada una barra de hinchas que, con bravura, golpea dos enormes bombos al ritmo de una arenga amenazadora y pegadiza. Las banderas azules y los fanáticos caracterizados cuelgan de las ventanillas, y el patrullero que los escolta procura no alejarse demasiado. Cuarenta y tantos son los que gritan y cantan y putean y golpean los costados del micro que parece destartalarse a cada paso.
Un partido decisivo se jugará pronto y el chofer del micro, y los policías, y los cuarenta y tantos que canturrean y chiflan, y los cientos que los miran pasar, intuyen que algo puede suceder. Todos, excepto Flavia, que mira vidrieras esperando que lleguen las cuatro de la tarde.
Son las tres y cuarto, y el policía del primer patrullero —que conoce muy bien el camino y el procedimiento—, se desvía dos cuadras para evitar el semáforo de la avenida. El micro lo sigue balanceándose por el medio de la calle. El segundo patrullero se adelanta ruidosamente para esperarlos en el siguiente cruce.
El programa es sencillo: retoman la avenida en la próxima intersección, conducen hasta la autopista, y sin demoras, llegan al estadio dentro del horario pautado.
Hay cosas que no se pueden programar, piensa Flavia, tocándose instintivamente el vientre. Son las tres y media, y abandona a la sensual joven que la mira en el reflejo del local de zapatos. Esa sensual y delicada quinceañera que le devuelve un guiño, y desaparece con su musculosa roja y sus calzas negras.
Suena su celular, pero no atiende. Es David, lo sabe. Veinte minutos faltan para las cuatro, y su teléfono vuelve a chillar. Es otra vez él, pero Flavia no va a responder hasta tanto no se haya entrevistado con Cecilia.
Más tarde volverá a llamar, pero Flavia no será capaz de contestarle, nunca más.
Cecilia navega en internet. Le cancelaron la consulta de las tres, y lleva más de media hora esperando que llegue la chiquita que ayer la llamó temerosa y urgente. Enciende el ventilador de techo de la sala de espera, y se fuma el último cigarrillo del día, en el balcón. No tiene el celular de la chiquita de las cuatro, por eso no la llamó para adelantar el turno. Aplasta la colilla contra la baranda y, asegurándose de que ningún vecino la vea, la arroja bien lejos, para que caiga entre las plantas del pulmón del edificio. Se encierra unos minutos en el baño, y vuelve a su escritorio oliendo a Colgate y a alcohol en gel. No tiene más que correos no deseados en su casilla. Le resta esperar.
El patrullero dobla en la esquina y sigue su recorrido. A ambos lados del micro escolar, se suceden dormidas, paredes de vidrio con maniquíes bien vestidos y zapatos lustrosos. Los bombos hacen temblar el asfalto y las vidrieras, y provocan una sinfonía de alarmas histéricas que los dueños de los autos ignorarán por completo, porque es la hora de la siesta y querrán dormir. Una botella de cerveza se desparrama en el primer asiento, y el chofer hace un gesto reprobatorio por el espejo retrovisor, pero no se anima a más. Cuarenta y tantos gritan ahora, a favor de Los Azules, y en contra de El rojo, porque entienden que se juega un partido decisivo, y la batalla comienza en sus gargantas y en sus bombos enormes. Llegan a la intersección, y una pequeña mujer de musculosa roja y calzas negras camina —en apariencias despreocupada—, por el costado sin sol de la vereda. El micro escolar se detiene apenas un segundo, y sigue su andar al ritmo de dos tiros que el patrullero opaca con su sirena.
Flavia no sabe de esas cosas. Por eso la sorprende el ardor en el pecho y en la espalda que se desangra y se extiende rápidamente por el frío algodón de la musculosa roja. Se arrodillará incrédula sobre las baldosas grises, creyendo tal vez, que ese dolor asfixiante es producto de los nervios, o del atraso de dos días.
Cecilia esperará impaciente, hasta las cuatro y media, y se irá maldiciendo a la chiquita irresponsable que no fue capaz de avisarle que finalmente no iría. Apagará el ventilador de techo y se llevará consigo la notebook, para ver más tarde —en los portales de noticias—, que a una cuadra de su consultorio, una chiquita fue asesinada por la espalda, y que se ignora de donde le llegó la muerte.
Flavia nunca supo —nadie le dijo—, que era conveniente elegir otra de las tantas remeras del ropero, ninguna de ellas de color rojo, porque ese sábado —en la otra punta de la ciudad—, se jugaba un partido decisivo.
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