Cuando me traslado de la cocina al comedor, casi siempre inmerso en ideas inútiles, mi biblioteca me interrumpe con axiomas de dudosa rigurosidad, e incluso ha llegado a lanzarme ininterrumpidamente los resultados de ecuaciones matemáticas para mi, imposibles de comprender. He probado todo lo que tuve a mi alcance para que me dejara tranquilo en las horas del sueño, incluso la he vaciado completamente creyendo que el motivo de sus exclamaciones, era el peso de los textos y de los dos portarretratos libres que decoran el primero de los estantes, pero el resultado fue siempre mucho peor; ni bien la despojaba de sus elementos, daba inicio a un frenético y sinsentido desfile de vocablos obscenos y a la pronunciación(algo forzada debo decir) de sonidos indecorosos que al principio me hacían gracia pero más tarde me daban ganas de tomar el hacha y descargar toda la furia sobre la vieja piel de pino que se pretende algarrobo y se piensa humana.
Cuando desisto de esa idea, devuelvo inmediatamente los tomos de las enciclopedias a su lugar(que suele ser la parcela inferior) y de a poco presencio la magnífica transformación, y me alegro al oír el renacimiento de palabras reparadoras como septiembre, metáfora, revolución y melancolía.
Cuando estoy aburrido y mi biblioteca no para de chillar, me divierto entremezclando los libros con el azar de mis manos y con sólo mover uno, cualquiera(uno de Wilde por ejemplo), provoco reacciones innumerables que rebotan de sonidos histéricos a rumores somnolientos, hasta que vuelvo a mover otro cualquiera, un Dostoyevski o cualquier otro autor ruso y todo el cuchicheo se acomoda bruscamente y surgen otra vez alborotos nuevos.
Si me siento con ánimos de molestarla, manoteo el Quijote y lo escondo, por caso cerca de alguno de García Márquez y con la inocencia de un niño, estalla y sin ocultar su odio, lanza quebradizos rechinares y ahí ando yo, a las corridas, lija en mano, queriendo tranquilizarla, y volviendo urgente a ubicar a Cervantes, por ejemplo, entre Eco y Bioy Casares.
Sin embargo, por mucho que la moleste y me las cobre ignorándome con sus cansados discursos filosóficos, cada vez que me ve tomar las llaves del alhajero de vidrio, llorisquea infantilmente y me perdona de inmediato.
He prestado atención y he concluido que sus peores días son los jueves y los domingos, mientras que los lunes parece descansar. Es entonces cuando aprovecho para volver a mis ocios desatendidos y escribo algún poema errante que descansará rápidamente, estrujado entre las tapas duras de algún diccionario bilingüe y ya no, bajo la yerba usada de los mates viejos del desayuno. A veces, la mayoría de las veces, son insultos mis únicas ocurrencias y los acomodo de forma tal que la mañana del miércoles, o del domingo quizá, mi biblioteca amanece vociferándolos con la pasión que no tuve al momento de escribirlos. Con frecuencia siento lástima al saberla tan fortuita y a la vez tan predecible. No he sabido yo, por mera incompetencia, acomodar los libros para que no sufra lo que está sufriendo, porque para hacerlo debo arrebatarle algunos y ahí empieza otra vez con ese vozarrón insoportable y esa conducta impertinente, tan impropia de las bibliotecas decentes.
Si prefiriera llamarse a silencio, al menos un día de cada dos, entonces podría yo, aprovechar para completar el cuarto estante que está a medio llenar, con lecturas que llevo pendientes desde su primera palabra, aunque temo volver a sentirme culpable, como cada vez que me aproximo al alhajero y mi biblioteca cree que me voy y rezonga pensando que llevo en la mano un mate viejo y un poema negado.
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Muchas gracias. Muchas gracias a todos!