Oscurecía temprano, o tal vez es que llegaba tarde, temprano, tarde, temprano, tarde... Llevaba 16 años con la conciencia dormitando en un rincón escondido en el baúl de los recuerdos, lo había conseguido casi todo: Una casa, un trabajo, su propia galería de arte: Cuadros desgarrados por la tinta del recuerdo olvidado y yaciente en el subconsciente, esculturas retorcidas en orgasmos homéricos y en silencio. En sus cuerpos plasmaba toda esa pasión, toda esa carne que había olvidado y que había evitado durante 16 años. 16 largos años con sus húmedas noches, con sus paranoicas visiones de una mujer morena desconocida que atrapaba su alma, que comía toda su carne cruda, que la reventaba en sueños y le hacía el amor una y otra vez hasta dejarla rota, seca y fuera de combate. Se despertaba completamente empapada y con ansias de una ducha de agua fría, o de seguir durmiendo durante tres días más. Nunca supo quien era la desconocida, jamás la encontró, quisiera o no, aquella le recordaba su parte olvidada, su instinto primario, le despertaba un odio hirviente que no era tan, era tan solo una máscara que ocultaba la verdad primigenia de un ser sensible y oculto, dentro de su caparazón la verdadera Natalia Pi pugnaba por salir a la superficie. Quería gritar, quería salir corriendo, quería salir fuera de la cáscara, ser libre, volar, quería recordar lo que a base de pastillas había conseguido olvidar, aunque había sido superficialmente feliz notaba que tenía una deuda pendiente: Algo estaba por ocurrir y cambiaría el resto de su vida.
Su padre solía decir que la gente va al teatro para escuchar lo que realmente ocurre fuera, pues solo tras esos muros y ese escenario podrían vislumbrar un abismo de verdad, lejos de la falsedad y la hipocresía del vulgo... Ciertamente, a veces el único modo de decir verdades es mintiendo como una bellaca, Natalia estaba a punto de descubrirlo.
Hacía años que no iba al teatro pero algo la llevó allí aquella noche, tal vez la empujara el aburrimiento, las palabras de su ya desaparecido padre, o el hecho de que un cliente le cediera unas entradas para ir a ver Las Cartas.
Cuando puso sus pies en el recinto, supo por qué había ido allí. Le bastó una mirada para vislumbrar de lejos el fruto de su inconsciencia, el objeto de sus pesadillas, de sus fantasías ocultas, la propulsora de su auténtico yo que a cada paso que daba hacia las gradas estaba más y más fuera de su cáscara. Barbie, Bárbara, allí, vestida con un ligero atuendo blanco, Safo... una rabia empezó a recorrer sus venas y pinchaba su sangre, endulzó sus labios con el hierro de la propia, los labios se le resquebrajaron del frío y la sequedad, su lengua se tintó de su rojo característico y se hundió en su asiento. Su intimidad se humedeció hasta ser molesta, intuía lo que ocurriría y sabía por qué había ido allí: A saldar una cuenta pendiente desde hacía 16 años. Una noche de San Juan que estuvo a punto de consumar con la única persona que había despertado a la vez su odio y su pasión, la misma persona que vestía de blanco, que pronunciaba intrincadas y poéticas frases, la bella Safo, la hermosa Barbie, Bárbara dos Santos, si la viese Brenda...
Todo se cubrió de niebla y apareció la sombra, que se hacía más nítida a cada paso que daba hacia ella. Las luces se fueron apagando de manera intermitente hasta dejar un leve destello que se paseó a sus anchas por la carne de la hermosa morena que se quitaba el maquillaje sin mirarse en el espejo, la intuía, conocía el destino, sabía que estaban allí, solas, de nuevo, pero esta vez sería para unirse, de una vez por todas.
-¿Te gusta el teatro de mi padre?-Era su explicación directa para la ausencia de gente tras la función, dejó a un lado sus dudas, dejó por una vez que su odio saliese a flote, Barbie la sujetó mientras ella trataba en vano de descargar toda su rabia contra la culpable de todo, de aquella absurda historia, de la que había ocasionado que su madre la ingresara en un hospital durante los mejores años de su vida, hasta que queriendo y sin querer olvidara lo único que había querido de verdad en toda su vida, Barbie vio en sus ojos su historia, en sus lágrimas su pecado, en sus temblores su pasión, su deseo, su virginidad...
-Eres virgen...-lo dijo casi sin darse cuenta, Natalia se quedó paralizada de la cabeza a los pies, con su intimidad palpitando enloquecida y húmeda, enrojecida por la verguenza, trató de zafarse y de salir corriendo, pero apenas se sostenía, Barbie la abrazó con ternura y bajó sus manos por su espalda hasta llegar a rodear la redondez de sus caderas.
Natalia suspiró cerca de su oreja, el odio luchaba contra la pasión que hervía en su corazón, en su mente y en sus venas arrasándolo todo, los años de tortura y depresión quedaron eclipsados por la sonrisa de aquella morena, sus palabras, sus caricias anestesiaban su conciencia y sus recuerdos, la deseaba, la única persona con la que quería desfallecer de deseo, de humedad, de orgasmo...
Tembló, aunque Barbie estaba segura de lo que hacía, ella se moría de deseo y de miedos, sintió las manos de la morena recorrer su cuerpo por encima de la ropa, apenas respiraba, estaba muy acelerada y la angustia la mordía, Barbie paró y la miró
-¿qué te pasa cariño?
Tiritó de amor ante sus palabras, se abrazó aún más a ella con ansias de sentirse querida, le confesó con apenas voz que estaba asustada, aunque había soñado muchas veces con aquel momento, tantos años soñando que se hacía mujer entre sus dedos... Barbie acarició sus labios con sus largos dedos finos, la besó y le acarició las raíces del cabello, la tomó entre sus brazos y se la llevó, en el escenario, con luz tenue, improvisó un pequeño lecho, que cubrió de pétalos de flores y mantas, desnudó lentamente a su pupila mientras esta temblaba, la besó, mimó y acarició mientras le susurraba bonitas palabras, tomó entre sus manos sus pechos, turjentes y ávidos de besos, devoró toda su carne cruda, recorrió cada curva de su cuerpo y hundió profundamente su lengua y sus besos en las zonas más sensibles de su anatomía, Natalia lloraba de pasión, mordiéndose los nudillos, sentía que su cuerpo se convulsionaba una y otra vez en un placer que la llevó lejos de sí misma, la alejó de todo y la llevó por fin a la paz que llevaba tantos años buscando, al fin había llegado al cielo, y ella era su ángel. Aquella noche la hizo mujer, le quitó toda su pureza y a cambio le brindó la libertad, recordó todo lo olvidado, aceptó todo lo estipulado en el contrato de su felicidad incumplida: Aceptación, paciencia, y entereza.
Se casó con Barbie y ambas se demostraron y demostraron ante los ojos del mundo que un amor, nunca se olvida, y el mundo juega sus cartas para hacernos chocar con él las veces que sean necesarias para que nos demos cuenta de que, si lo encontramos, no debemos dejarlo escapar. Natalia estuvo dormida 16 años, que le bastaron para comprender que su odio siempre fue amor, que de no haberlo aceptado hubiese destruido su ser. Sin embargo, habiéndolo aceptado había descubierto en su interior una paz y una visión completa de la existencia como nunca antes había sentido, era feliz. Y lo seguiría siendo más allá de la eternidad, mientras el alma suya y de Bárbara continuaran existiendo para el Cosmos Universal.
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