500 segundos
Gimen porque nace el sol. Gimen porque muere el sol...Todo está
allí, apretado en la cuenca, donde, pájaro quieto, aguarda.
Alfonsina Storni
Es difícil escribir cuando todo se acaba.
Es difícil escribir, cuando sabes que nunca más volverás a ver reír a tu hijo.
Y es difícil escribir, cuando sabes que nadie va a leerte en mucho, mucho tiempo. Quizás nunca nadie lo lea.
Alguna que otra lágrima cae sobre mi portátil.
Advierto como los rayos del Sol inciden en él, cegándome al mirarlo de lleno; debido a la reflexión que ejerce la luz sobre su plateado chasis. Intento levantar la vista hacia él, pero no puedo.
Un torrente de recuerdos nostálgicos inunda todo mi ser, provocando que el sudor recorra mis manos y empape las teclas mientras escribo.
Toda mi vida desfila ante mí, y la cuenta atrás ya marca cien segundos menos.
Me inmiscuyo tanto en la memoria, que logro ver retazos de lo que nunca había recordado antes.
Una pila bautismal en la iglesia del pueblo de mis padres. Es curioso comprobar que mi mente aún guarda aquel episodio tempranero; en el que involuntariamente cedí mí fe. Aquellos días en los que Dios me acogió en su abrigo misericordioso.
¿Por qué no hacía acto de presencia y solucionaba toda ésta mierda?
Quizás estuviera demasiado ocupado en otros menesteres. A decir verdad, siempre pareció estarlo.
Mi primer perro. Era un perdiguero, de esos que se utilizaban para cazar. Lo conocí con cuatro añitos. Era sólo un cachorro cuando lo vi en el establo de casa de mi abuela.
Cogí tal llantina que el hermano de mi madre se compadeció de mi inocencia infantil y me lo regaló. Su nombre era Thor.
Thor murió doce años más tarde, de pura vejez.
Aunque me pilló maduro, fue un momento muy duro para mí. Ya me había echado mi primera novia, estaba en el instituto; e incluso dejé de ser un imberbe. Pero lloré como si aún llevase pañales. Puede ser que incluso más que ahora. Son situaciones que te preparan para los sufrimientos que te depara la vida.
El cronómetro marca trescientos segundos.
El cabrón del tiempo es implacable.
Lo es ahora, y lo fue en mi pasado.
Casi sin darme cuenta ingresé en la universidad, me doctoré, me hice pareja de hecho con mi novia de toda la vida; compré una casa decente para nuestros sueldos de ingenieros informáticos, y por fin nos lanzamos a tener nuestro primer hijo.
Y nació Daniel. Un rollizo bebé, rebosante de salud y con una sonrisa de ésas que te cambian la cara al verla.
Siempre anhelé criar un hijo. Poder transmitirle los valores que mis progenitores me otorgaron, y añadirle esas dosis de corrección y cultura; de las que uno aprende de motu propio con la vida misma.
Por eso, estos cuatro años con mi hijo y con Verónica me han parecido insustanciales.
No he aprovechado el tiempo. Aunque ya, poco importa; la cuenta atrás indica doscientos segundos.
Lo cierto es que a casi tres minutos del final, nadie se esperaba esto.
Ni los astrofísicos de la jodida NASA se dieron cuenta antes que las televisiones.
Aunque… ¿Hubiésemos podido evitarlo?
Es paradójico, pero el termómetro marca treinta y dos grados.
A ciento cincuenta segundos del acabose, hace un calor de mil demonios. Sin embargo, el Sol ya no está donde ha permanecido durante eones.
Nadie ha sabido explicarlo. Nadie ha querido afrontar el reto de averiguar porque el Sol ha desaparecido. Pero todos comprobaremos sus efectos.
Como bien predijo Einstein, si el Sol desapareciese; tardaríamos en notar las consecuencias (oscuridad, frío, ausencia de gravedad orbital) lo mismo que tarda la luz en atravesar los ciento cincuenta millones de kilómetros hasta llegar a nuestro planeta.
Y sólo quedan noventa segundos.
Un minuto y medio para despedirse de la vida y todo lo que el ser humano ha conocido en su historia. Aunque me gustaría seguir escribiendo, no puedo. He de ir a despedirme de mi pequeña familia. Suceda lo que suceda, esperaremos; fundidos en el más luctuoso de los abrazos.
Ojala exista tal paraíso.
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