El silencio de los Muñecos
Pablo Rojo
El espectáculo marchaba sobre ruedas, y él era el siguiente artista en subir al escenario. La suya era la función más esperada de la noche, y siendo consciente de ello, preparó el mejor guión posible; chistes con ingenio, diálogo con ritmo, y cómo no, preparó metódicamente su voz. Susurró, gritó, intercaló sonidos agudos y graves, imitó voces. Sólo apreció un ligero picor en la zona de la nuez. De entre sus numerosos muñecos eligió a Pepe Piscinas, el pueblerino con boina y un sólo diente; el que más risas y aplausos había cosechado hasta el momento. Repasó una, dos, tres, y hasta ocho veces su número, enfrentándose al espejo como único censor. Todo tenía que salir perfecto.
El presentador del evento, un andaluz con salero - que buscaba también su momento de gloria -, le llamó a escena mediante un chiste de ventrílocuos. Se santigúó, y agarrando con firmeza a Pepe Piscinas, salió ante el público, bajo un mar de aplausos y focos. Agradeció la acogida con una sonrisa, y luego, metiéndose en el papel, asomó a Pepe Piscinas por su flanco derecho, comentando el calor que hacia en el teatro, y haciendo un chascarrillo acerca del avance de la tecnología del Aire Acondicionado. El público aplaudió con entusiasmo el primer envite.
Debido a la buena acogida que tuvo su entrada, el número salió con mucha más naturalidad de la prevista; eso le hizo ganar confianza. Improvisó algún chascarrillo, y forzó tonos de voz, haciendo más cómico a Pepe Piscinas. Sabía que estaba siendo aquél el mejor número que en su vida había concebido. Y en la cresta, cuando empezaba a sentir el placer que daba el éxito, algo falló; Pepe Piscinas enmudeció. Se escucharon risas de fondo, como si estuviera previsto en la actuación. Pero no era así. Su garganta había fallado, y la notaba apunto de estallar en mil pedazos. Buscó la técnica del susurro, intentó silbar, luchó por aquel silencio. Resignado y vencido, observó al muñeco, y se echó a llorar. El pabellón se apagó; no sabían si reír, aplaudir, o llorar junto a él.
Se olvidó del protocolo de emergencia para esos casos, se olvidó del público, y se olvidó de su muñeco, el cual, con ojos de madera, temblaba de terror. Pues su silencio, era su muerte.
Comentarios
Sólo he leído por encima. Mañana vuelvo a la carga. Igual te anticipo que el texto está bien llevado (se te escaparon uno o dos adjetivos, pero no importa).
Hay algunos lugares comunes que deberías evitar como "marchaba sobre ruedas" o "la función más esperada de la noche". El lugar común es un elemento cómodo porque ya viene "armado de fábrica", hay que buscar una voz propia para pintar la escena.
Te animo, si te apetece, a que trates de darle más intensidad, más dramatismo. Así como se presenta, el texto se muestra un poco descafeinado. Ya sé que la limitación impuesta te martilla en los dedos, pero creo que podrás con ella.
También te agradecería que comentaras cómo te has sentido al no poder echar mano a los adjetivos. Había dos caminos posibles, escribir usándolos —y luego tacharlos—, o prescindir de ellos de entrada. ¿Cuál utilizaste? Sospecho, por la estructura, que te decantaste por el segundo método.
La prohibición no es caprichosa, es un modo de valorar una herramienta de la que se suele abusar. Sin adjetivos, el texto se vuelve más seco, más cortante. Hay que luchar con las palabras para que el conjunto tenga peso. Pero, una vez encontrado ese camino, se logran verdaderas maravillas. Como valor adicional, cuando vuelvas a utilizar adjetivos les darás un uso mucho más austero y preciso.
Antes de nada, perdona el enorme retraso en mi respuesta, pero entre el curro y temas personales no tuve tiempo para poder contestar; lo siento
Trabajaré el texto en lo que me sugieres; sí, un defecto mío (de los muchos) es recurrir a las "frases hechas", haciendo que el texto pierda originalidad. Es un recurso que utilizo de modo inconsciente. Le meteré más intensidad y dramatismo; al principio pensaba hacerlo así, darle más emotividad, pero preferí hacerlo sin tanta fuerza emotiva. En cuanto lo tenga, lo publico, si me da tiempo antes de que cambies de consigna jejeje.
Pues realmente el impedimento de los adjetivos no me ha resultado tan duro como al principio imaginé. Cierto es que he ido escribiendo el relato cuidando de no añadir adjetivos, creo que se nota un poco. El primer método nio se me ocurrió, la verdad.
No obstante trabajo en todos mis relatos el ciudado en el uso de adjetivos, pues otro defecto mío es ser bastante retórico y enfático. Me ha parecido excelente esta restricción, y es un ejercicio que me ha ayudado a aprender un poco más a cómo y dónde usar los adjetivos.
Un saludo cordial, y gracias por tus enseñanazas,
Pablo
Las frases hechas nos llueven, lo importante es reconocerlas y reemplazarlas por otras de nuestra cosecha.
Trabaja tranquilo.