La niebla cubría las calles como un sudario gris, tan espesa que Mary no veía más allá de unos cuantos pasos. A pesar de que conocía el barrio de Lambeth como la palma de su mano, pues había nacido y crecido en medio de su miseria, se sintió desorientada, agotada como estaba tras todo el día en la calle intentando despertar la compasión de los transeúntes que cruzaban el Tower Bridge, sentada sobre sus pies en uno de sus extremos, vestida de harapos y cargando con el pequeño Michael, el cual se pasaba el día semiinconsciente, presa del hambre y de la fiebre.
En más de una ocasión, cuando se levantaba para restablecer la circulación de sus piernas, dormidas tras horas de permanecer en aquella postura, se quedaba absorta mirando la corriente del ancho río Támesis, y su mirada se perdía en los remolinos de agua verdosa que giraban como las agujas de un reloj que avanzaba a toda velocidad hacia un fatídico final. Se sintió tentada de encaramarse a la baranda y lanzarse en pos de ellos, para huir así de la agonía de una vida sin esperanza y un hijo condenado. Pero le faltaba valor.
En vez de eso, había acudido a la puerta del gran Hospital que llevaba su nombre, el St. Mary’s Hospital, en el elegante barrio de Paddington, y se sentó en las escaleras a implorar caridad hasta que una pareja de bobbies, los estrictos policías londinenses, la hicieron marcharse de allí. Fue entonces cuando un caballero que salía del Hospital y que se dirigía a su carruaje se fijó en ella y se le acercó, haciendo resonar la punta de su bastón contra los húmedos adoquines.
-Espere, señora. Por favor, espere.
Mary se detuvo y le miró con ojos acuosos por el llanto, y en seguida bajó la mirada, amedrentada, y se inclinó en señal de respeto, con dificultades por el peso del niño que llevaba en brazos. El caballero la detuvo y la ayudó a levantarse, tomándola del brazo.
-No, por favor. Se lo ruego. ¿Qué le sucede al niño? Permítame examinarlo.
-Muchas gracias, Milord. Desde hace unos días tiene fiebre y se pasa el día dormido.
El caballero se había agachado frente a ella y abrió la destrozada camisa del niño, dejando ver un pecho famélico en el que resaltaban las costillas. Le tomó el pulso, le abrió los ojos con el pulgar para observarlos, y puso su mano tras la nuca, intentando levantar su cabeza. Al hacerlo, notó una fuerte resistencia debido a la rigidez de su cuello. Bajó la mirada, abatido.
-Su hijo tiene meningitis. Lo siento mucho.
Se puso en pie, metió los dedos en el bolsillo de su chaleco, sacó tres monedas de un chelín y se las tendió a Mary, que se había puesto a llorar desconsoladamente.
-Ya no se puede hacer nada por él. Llévelo a casa y acompáñelo hasta el final. Tome este dinero y compre comida para usted y sus otros hijos.
-No tengo más hijos. –replicó Mary, entre sollozos. Se levantó y dio media vuelta, sin aceptar el dinero.
Vagando por las calles sin encontrar el camino a casa, agotada por el peso del crío, se sentó un momento en la acera mientras intentaba orientarse. Michael medio abrió los ojos y se echó a llorar, un llanto desgarrador fruto del hambre y el sufrimiento. Mary lo estrechó contra su pecho y lo acunó, balanceándose sobre sí misma, llorando en silencio. Apoyó la mano en el suelo, para acomodar el peso, y sus dedos tropezaron con algo. Tomó la esfera en su mano y se la llevó a la nariz. Era una naranja, pero estaba medio podrida. Una de sus mitades estaba blanda y cubierta de un moho verde. Pero como no tenía nada más, la partió con los dedos en pequeños trozos y se la fue metiendo a Michael en la boca. El pequeño dejó de llorar y masticó ávidamente hasta comérsela entera. Mary lo dejó en el suelo y se agachó, al ver más naranjas dispersas en torno a un cubo de basura. Al parecer algún frutero se había deshecho de ellas al quedar en mal estado. Recogió todas las que pudo, cargó de nuevo con el niño y siguió caminando, hasta que llegó al río y por fin encontró el camino a su casa.
Nueve días después, Alexander salió del Hospital de St. Mary y se disponía a subir en su carruaje, cuando le llamó la atención una mujer sentada en las escaleras, pidiendo limosna. Recordó su rostro, y meneó la cabeza apenado al verla sola. Pero luego reparó en un chiquillo que corría riendo, subiendo y bajando las escaleras y espantando a las palomas, mientras la mujer le miraba, sonriendo. La sorpresa se reflejó en su rostro, y mecánicamente se quitó el bombín, mientras se acercaba a Mary. Ella también le reconoció, y sonrió a su vez.
-Buenos días, Milord.
-Buenos días. ¿Es ése su hijo?
-Sí, es él.
-¡Es imposible! Tenía una meningitis en fase terminal, ¡no puede ser él!
-¿Cree que no conozco a mi propio hijo, señor?
-Claro, discúlpeme. Es que es… increíble. ¿Cómo se ha curado?
-No lo sé.-respondió Mary, mirando al pequeño Michael, que seguía corriendo.- Es un milagro.
-¿Le dio alguna medicina?
-No, señor. No tengo dinero para comida, mucho menos para medicinas. El día que usted me ofreció su ayuda, tuve que darle fruta podrida porque no tenía otra cosa.
-¿Fruta podrida? Fruta podrida… ¿por qué?
-Porque no tenía nada más, Milord.
-No, quiero decir, ¿por qué? ¿Por qué la fruta podrida le ha curado?
-No lo sé, señor.
-Yo tampoco, señora… -Alexander sacó un billete de una libra, y se lo dio a Mary. – Por favor, acéptelo.
-¡Muchas gracias, Milord! –Mary le sonrió con sus dientes amarillos- Por favor, dígame su nombre para rezar por usted.
El caballero, que miraba al niño con aire fascinado, volvió los ojos a la pobre mujer que, sin saberlo, acababa de darle la llave del descubrimiento que salvaría millones de vidas.
-Me llamo Fleming, señora. Alexander Fleming, a su servicio.
Comentarios
Muy bonita la historia e ilustrativa, no sabía esto de este señor tan importante, gracias, cada día aprendo algo más:);):D:p