Ana María Matute, Premio Cervantes 2010
Se convierte en la tercera mujer en conseguirlo tras María Zambrano y Dulce María Loynaz
JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS / ROSA MORA - Madrid / Barcelona - 24/11/2010
Ana María Matute es Premio Cervantes 2010. La ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, ha sido la encargada de anunciar el nombre de la ganadora del
Premio Cervantes , el más prestigioso de las letras en lengua española. Hay una regla no escrita que dice que, después de que el año pasado lo recibiera
el mexicano José Emilio Pacheco, este año tocaba español.
Ana María Matute tiene 85 años y no 84 como dicen buena parte de sus biografías. "Nací en 1925", dijo recientemente a este diario. El Premio Cervantes reconoce su obra, 12 novelas y varios volúmenes de cuentos, ahora reunidos en
La puerta de la Luna, desde los primeros textos de 1947 hasta 1998.
"Si me dan el Cervantes daré saltos de alegría, saltos de alegría espirituales", dijo en la entrevista. Matute, una mujer fuerte de salud frágil se apoya en una muleta para andar.
Es el premio que le faltaba. Los ha tenido casi todos, dos nacionales de Literatura Infantil; el Nacional de las Letras (2007); el Nacional de Literatura y el de la Crítica por
Los hijos muertos; el Nadal 1959 por
Primera memoria; el Planeta 1954, por
Pequeño teatro, e incluso el Ciutat de Barcelona 1966 por un relato maravilloso,
El verdadero final de la Bella Durmiente.
"Nací cuando mis padres ya no se querían". Es la primera frase de su última novela,
Paraíso inhabitado, quizá la más autobiográfica de sus obras. Esta historia, como
Olvidado Rey Gudú,
Aranmanoth,
La torre vigía,
Los soldados lloran de noche,
La Trampa o tantos otros títulos, muestran su capacidad extraordinaria para fabular y conmover. Su estilo literario y su imaginación conquistan a los lectores, a veces, mucho más que a la crítica.
Fallado por primera vez en 1976 -se lo llevó Jorge Guillén- el Premio Cervantes solo contaba con dos mujeres en su palmarés: la pensadora malagueña María Zambrano (1988) y la poeta cubana Dulce María Loynaz (1992). Cada año se recuerda esa cifra y cada dos, cuando toca español, se recuerda el nombre de Ana María Matute, tal vez la única persona del parnaso literario nacional que ha dicho abiertamente que le gustaría ganar el premio.
La tendencia de los últimos fallos apuntaba al menos a que le había llegado el turno a su generación, la de los años 50, la de los niños de la Guerra Civil, un puñado de autores a la altura ya de la otra gran generación clásica del siglo XX, la del 27. Ahí están los premios a Juan Marsé, Antonio Gamoneda o Rafael Sánchez Ferlosio, los últimos españoles en lograrlo.
http://www.elpais.com/articulo/cultura/Ana/Maria/Matute/Premio/Cervantes/2010/elpepucul/20101124elpepucul_3/Tes
Comentarios
De ella he leido sólo Primera Memoria hace muuuuchos años.
Oiquixa era una pequeña población pesquera, con callejuelas azules, casi superpuestas y unidas por multitud de escalerillas de piedra. Parecían colgadas unas sobre otras, porque Oiquixa había sido construida en una pendiente hacia el mar. Una sola calle, ancha, llana, atravesaba el poblado y recibía el pomposo nombre de Kale Nagusia, porque en ella se elevan orgullosas las casas importantes de la localidad. Kale Nagusia avanzaba, avanzaba hasta convertirse en un camino largo y estrecho que se adentraba en las olas. Lo remataba un viejo faro en ruinas, cuya silueta se recortaba melancólicamente sobre el color del mar. Cuando llovía, parecía resbalar un llanto nostálgico sobre sus piedras. Al atardecer, se diría que todo Oiquixa
estaba a punto de derrumbarse y caer en las aguas rosadas de la bahía. Era un hermoso espectáculo, tal vez parecido a un sueño absurdo, aquella extraña gradería de puertecitas y tejados reflejándose al revés en el agua. Pero en la noche, desde la colina, el muelle de Oiquixa era como un negro pulpo de ojos amarillos que avanzase sus tentáculos hacia las olas.
Allí, en aquel muelle, nació Ilé Eroriak. Ilé Eroriak quiere decir Pelos Caídos, y ningún otro nombre le hubiera sentado mejor. Era un muchachito menudo, con un mechón de cabello negro y rebelde, como la crin de un potro, que se alborotaba sobre la frente. Estaba siempre
muy sucio, con escamas relucientes pegadas a la piel y a la ropa. Pero tenía los ojos azules, como mar que duerme.
La obra literaria de Ana María Matute no es excesivamente extensa ya que estuvo prácticamente dos décadas sin publicar nada por culpa de una depresión.