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Mériac, un vampiro con alma. Capítulo 18: Guerra

ValakyaValakya Pedro Abad s.XII
editado octubre 2010 en Terror
[FONT=&quot]GUERRA[/FONT]
Como en antiguos tiempos, el aire se llenaba del aroma previo a la matanza. Una sensación provocada por al tensar los músculos, sentidos con mayor agudeza y una sinfonía en lontananza, el sonido de la estampida, una carga de caballería.
Los caballos eran medios de transporte propios de los días del pasado, el sonido de pezuñas al golpear contra la tierra causaban una vibración que aumentaba la adrenalina y resonaba en el pecho. Corazones que latían a un ritmo de cascos al avanzar. Tolvaneras que anunciaban al enemigo aproximarse. Momentos previos, armas prestas, respiración y pulso acelerados; el enemigo a vista, blandían las armas con gritos de batalla, cientos de almas dispuestas a ofrecer un tributo de sangre y muerte en nombre de aquello que nos diferencia de los animales: el placer de matar.


Sujetó con firmeza el volante cuando de entre la tierra y pavimento vio emerger cuerpos con garras y dientes. No cambió de rumbo, un solo objetivo entrar y tomar la ciudad; escuchó cuerpos golpearse contra el vehículo, una silueta apareció a una centena de metros.
—¡Dale duro imbécil o esa perra nos va a detener! —gritó nervioso.
Pisó hasta el fondo. Arriba de doscientos veinte kilómetros por hora marcaba el velocímetro digital. Atravesó el cuerpo como si fuera una bruma, no hubo sonido de impacto, sangre o gritos; sin pensarlo el inmortal desenfundó una colt anaconda y apuntó hacía el techo, ella estaba arriba.
Ambos escucharon el tétrico sonido del metal abrirse ante un par de garras. Sin dudarlo comenzó a disparar hasta que vació el cartucho, cargó de nuevo su arma y reinició el ataque.
—¿La tumbaste? —preguntó el conductor aterrado.
—No lo sé, no escucho na...
La puerta fue arrancada de tajo y la mujer entró, las balas mordían la piel; sin embargo, cerraba ante cada nuevo impacto, sus garras despedazaron al cruzado, la sangre bañó los interiores; el conductor sacó un arma e intentó defenderse, pero no hubo tiempo, sintió una herida que ardió en el brazo, con el rabillo del ojo vio como Diana lo canibalizaba.


El alarido retumbó en varías cuadras a la redonda, quienes lo oyeron quedaron petrificados del miedo, no parecía humano, como un lamento del más allá, ese grito inundaría por siempre casas, mentes y almas.
Ante el sólo quedaba una masa informe de sangre, carne y hueso. Un final cruel e inhumano incluso hasta para un vampiro; ese fue el destino de Rafael a manos de Bruno Kurchenko, un sicario de los cruzados.
La masa sin forma aún se movía, el Diávolo procuraba dejarlos vivos hasta el último momento, en un sufrimiento que los tornaba por completo al Demonio Interior que habitaba en ellos, perdían todo rasgo de humanidad al ser tocados por el ingente dolor del legado persa, el poder de la familia procedente de los Cárpatos, allá en la mítica y lejana Transilvania, patria putativa del persa Fyrom Diávolo.
—Mi señor, la resistencia aquí ha terminado.
—Terminemos el trabajo, Su Altísima Excelencia estará satisfecha—comentó complacido en un marcado acento alemán.


—Por Dios Mériac, no puedes salir en ese estado.
Con gran esfuerzo había logrado curar las heridas, aún quedaban rasgos de quemaduras, pero ya podía ver de nuevo. Se encontraba obnubilada por esforzarse más allá del límite, logró reunir suficiente control para sanarse.
No escuchaba a Sofía, solo avanzaba; en vano la joven hacía esfuerzos por detenerla, pero era como tratar de parar un automóvil en movimiento. Hasta que fue derribada. Mériac desvió la mirada para observarla. Sofía se reculó, desconocía la expresión fría, inexpresiva, vacía, era la mirada del Demonio Interior impregnada en los iris, ahora blancos de la joven vampira.
Durante dos noches utilizó sangre para curarse, sin la cantidad requerida de alimento. Dalhan —el demonio que habita en cada vampiro— apareció, para dominar la voluntad de Mériac. Requería del alimento de una estirpe tan vieja como la raza humana, necesitaba el preciado y perverso vino que les daba inmortalidad: Sangre.
Los dientes se asomaron para mostrarle a Sofía todo el horror de los vampiros. Trató de huir, pero Mériac se abalanzó sobre ella como gato tras ratón. Sintió prensas como hierro sujetarla por los hombros, perdió contacto con el piso, frente a ella vio un espejo, en el no vio a Mériac detrás de ella, sino a un monstruo ansioso de sangre humana.


—¡La encontramos, Su Excelencia! —Exclamó ansioso Nasef, con un celular en su mano.
—¿Dónde está esa perra renegada? —más que pregunta fue una orden.
—Están en la carretera a Chapala —respondió con premura.
—¡Por Natael! —Valdus salió de prisa sin colgar el celular—Fernando está al pendiente de esa zona.


—¿Cómo amaneció tan rápido? —gritó desesperado y lleno de miedo.
Ardía por completo, para terminar convertido en cenizas. Carne chamuscada caer en trozos, aroma a piel y pelo quemarse, dolor más allá de los límites de la cordura, el viejo sol ardiente y brillante como nunca caía sobre él sin saber por qué había amanecido tan pronto y de una manera tan inesperada, tendría la muerte que el sol procura al fruto de la vid en el desierto.
Pero no había ni día, ni sol. La noche cubría el cielo entero. Sólo había sol en la mente del renegado. Parado frente a él se encontraba Fernando Vásquez, patriarca de una familia que tenía por legado una maldición. Hacía milenios Dhulzar había despertado parte de la esencia de la diosa oscura de Sippar en ella, ahora su descendencia tenía un placer ingente por la guerra y la sangre inmortal, en algunos de ellos se había desarrollado el poder de implantar ilusiones en las mentes de otros, incluyendo inmortales; cada Dhurzal esperaba a quien habría de despertar por completo el poder de Kirthegihian para someter por completo a la Sociedad Inmortal y al mundo entero.
Veinte miembros de esa familia contenían el avanzar de Sarah Alcántara. Con ayuda de varios camiones urbanos bloquearon la entrada a la altura del parque Montenegro, lograron evitar su avance de forma temporal.
Un cuerpo catatónico quedó tirado, mientras otro inmortal se acercaba con cierto recelo a Fernando.
—No podremos detenerlos más tiempo, traen consigo un grupo de tres engendros y están despedazando los camiones.
—Lo sé, pero debemos de darles tiempo —posó la mirada perdida en el interlocutor— ¿Ya ubicaste a Sarah?
—Sí, se encuentra en un Rubicon verde.
—Traigan la bazuca, es hora de darle una bienvenida... con todo y mariachi a esa perra Santaterra.


Sofía se encontraba en el piso, fría, inerte; el miedo impedía movimiento alguno. En el último momento un atisbo de humanidad asomó en la razón de Mériac, arrojó a su amiga contra la pared y huyo de las instalaciones, aún con ropas de hospital. El impacto dislocó su hombro derecho y al parecer tenía una costilla rota, pero eso era mejor que estar muerta.

****
Continúa en el siguiente mensaje de este hilo...

Comentarios

  • ValakyaValakya Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    ... Continúa del mensaje anterior
    *****

    El escenario era una zona de guerra en todo el sentido de la palabra. Automóviles partidos en dos, fincas destruidas, postes de luz caídos, varios mortales habían tenido la mala fortuna de estar en un lugar equivocado en un momento equivocado, sus cuerpos terminaban con el decorado de la avenida Tonaltecas, en Tonalá.
    Ramón Guzmán encabezaba una ofensiva contra una manada pequeña de rebeldes. La incursión era encabezada por un Santaterra de nombre Teodoro; pretendían entrar con sigilo al cobijo de los enfrentamientos en las demás zonas, pero lo que nunca imaginó era encontrarse con un grupo numeroso de miembros de la familia Saitan.
    Toda la manada había sido aniquilada a golpes, ahora él recibía un inmisericorde castigo por parte del patriarca, en cuya sangre hervía el deseo de combatir de antiguos guerreros espartanos. Los poderes mentales de nada servían ante un vampiro enloquecido por el deseo de combatir. Los golpes caían cual relámpagos y retumbaban en las calles como truenos. Sabía que el final había llegado, trató de vender cara su existencia, pero sólo la prolongó en una patética y dolorosa extinción.


    El humo se disipaba en la salida a Colima; la avenida López Mateos se encontraba completamente destrozada: restos de pavimento, vehículos, carne y demás escombros, recubrían el camino.
    —Su Excelencia, creo que eso fue excesivo —comentó con respeto.
    —Terminamos con toda esa ralea de afeminados, ¿no? —respondió con sarcasmo.
    —Así es, Su Excelencia, pero ahora tendremos que caminar, la autopista quedó despedazada y ni siquiera los todoterreno pueden pasar por ese lugar.
    El cruzado miraba con orgullo, habían hecho detonar una serie de bombas donde antes estaba el cerco Dubois.
    —Caminaremos entonces.
    Avanzó entre los cuerpos mutilados y calcinados. Un sobreviviente tomó el celular para marcar un mensaje de texto, imposible usar la voz, no sin quijada y lengua para poder hablar. Con las últimas fuerzas terminó el mensaje y lo envió. Dejó caer el celular.
    En el aparato se leía: “EL OBISPO OSCURO ESTÁ EN LA CIUDAD”.


    Beto avanzaba con nostalgia por la Avenida México, casi esquina con Chapultepec, cuando vio una figura extraña avanzar hacía él, envuelta en ropas blancas, oscilantes. Su cabello estaba despeinado, pero a pesar de todo logró descubrir quién era.
    —¿Mériac? ¿Qué te pasó? —preguntó intrigado.
    La joven miró al interlocutor; ya no era un amigo, era parte del viñedo, un odre lleno de vino. Ante los cuestionamientos sólo hubo una respuesta:
    —Tengo hambre.
  • eanueanu Banned
    editado octubre 2010
    Gran capacidad para poner a todos esos personajes sin perder el hilo de lo que hace cada uno de ellos.

    Crítica profesional:

    No me he enterado de nada o de casi nada.

    Dices que hay fincas destruídas, postes caídos, pero yo no he visto a nadie destruyendo fincas ni tirando postes.
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