El nombre estremeció a la joven, fue el mismo que leyó aquella noche cuando bajó la información del servidor de Nicolás, ahora sabría por qué ese nombre había causado ese sentimiento en ella; conocería la historia del primer vampiro.
Nicolás tomó asiento en lo que había quedado de su biblioteca; levantó un sillón para poder realizar esa acción. Con un gesto por demás arrogante invitó a la joven a ponerse cómoda.
El
sommelier unió sus manos al frente y con una mirada fría encañonó a su joven invitada. Estaba a punto de revelar un secreto que había estado oculto por eones. Una historia antigua como la misma humanidad, escrita con arena y sangre.
Recargó su espalda contra el mueble, inclinó ligeramente su cabeza hacia la derecha, un dejo de molestia apareció en su rostro al ver el desorden de su biblioteca. Unió sus cejas para recriminar a la responsable de ese tiradero, la cual sólo atinó a encoger los hombros. Enderezó el cuello, la melodiosa y varonil voz de Nicolás rompió el silencio espectral.
—Todo inició hace miles de años en las lejanas tierras que ahora conocemos como Jordania. En un oasis vivían Natael y su familia. Eran nómadas pero al encontrar ese lugar bendecido por Dios con el don del agua dulce, decidieron quedarse; la familia consistía en su mujer y dos hijos; la vida era buena, y al igual que los demás nómadas era un ferviente creyente del dios de Abraham, que bendecía a su familia con tan singulares dones.
“Cada noche rezaba pidiendo por los menos agraciados, así como por las múltiples bendiciones de las cuales era poseedor y porque siempre hubiera felicidad en su familia”.
—Se apoderaron de ese trozo de tierra a mitad del desierto. Con trabajo, esfuerzo y dedicación lograron arrancarle frutos a la agreste tierra. Lo que parecía algo imposible se tornó en una realidad, cuando las uvas brotaron de aquellas vides con un hermoso color azul negruzco, brillantes ante la cálida caricia del sol que maduraba, el azúcar y los ácidos de tan noble fruto.
“La temporada de cosecha se aproximaba, las uvas estaban en su punto justo para la vendimia; el invierno fue generoso y los frutos habían alcanzado su equilibrio: color, aroma y sabor lograron su apogeo; la fama de este beduino como enólogo corrió por toda esa región del mundo mesopotámico, pastores y demás personajes recorrían grandes distancias para probar tan deleitante bebida. El secreto para la crianza de esas cepas era celosamente guardado por Natael como su más preciada posesión; en numerosas ocasiones los habitantes de la zona intentaron comprar dicho secreto con nulos resultados”.
—Zuqaqip, Lugal
[1] de Kish, una ciudad al este de Babilonia en la región ahora llamada Mesopotamia, al probar aquel afrutado y aromático vino quedó cautivado por la apoteosis que daba ese cultivo a la bebida. Decidió enviar a un mensajero para negociar con el secreto que atesoraba aquel pobre nómada. El oro no era problema con tal de poseer semejante conocimiento”.
—Natael recibió al enviado, quien trató por todos los medios de obtener el secreto de tan singular vino, pero el beduino era hábil y no se dejó envolver por los ardides del negociador. El método que poseía valía más que todo el oro que pudieran ofrecerle; así pues, el negociador se retiró ofreciendo sus respetos, al menos eso parecía”.
—Esa noche, con el temor de volver sin una respuesta ante el Lugal de Kish, al cobijo de las oportunas nubes que cubrían la luna llena y protegido entre sombras, se adentró en la plantación para tomar una vid que sembraría posteriormente en los campos de su señor. Sin más viñador que Natael y su familia, sería algo relativamente fácil la tarea, además, podría quedarse con el dinero que había ofrecido su señor por dicho secreto”.
—En el aire había un hedor extraño, pensó que era producto de algún exótico abono que debían utilizar para dar madurez a las uvas. Tomó un poco de aquel suelo para colocarlo dentro de una bolsa que llevaba consigo, también un trozo de vid. Usarían esa cepa para emular el viñedo del nómada, el misterio de su crianza ahora tendría otro dueño.
“Al salir del viñedo se dirigió a su montura, había corrido con buena fortuna, durante su misión la luna llena se había ocultado tras varías nubes, ahora el satélite emergía iluminando poco a poco el desierto.
“El mensajero abrió la bolsa para ver qué tipo de abono era; sus ojos se abrieron como platos, soltó de inmediato el saquillo, llevándose la diestra a la boca para no gritar, la luz lunar iluminó el contenido; entre gusanos y tierra rojiza se podía observar un dedo humano”.
—La noticia llegó a oídos de Zuqaqip
, quien se enfureció ante semejante revelación y mandó llamar a su guardia para que fueran a darle fin a semejante monstruosidad. Aquel beduino había contaminado a cientos de almas con su vino maldito, haciendo que cada ser humano probara tan perversa bebida; con sólo pensarlo el estomago parecía salirse de su lugar”.
—Natael se encontraba arando la tierra, cuando vio la nube de polvo propia de una cuadrilla de hombres; por esas épocas del año era común que fuera gente de los poblados cercanos a comprar de las primeras vendimias o para hacer tratos, apartando vino para los próximos meses, por tanto, no se alarmó y continuó arando la tierra.
“Cuando se percató que algo andaba mal ya era tarde, cinco de esos hombres ya lo tenían rodeado con espada en mano. Al principio pensó que podían ser forajidos, pero vio el emblema de la ciudad de Kish en sus ropas, así como sus finas monturas. Aquellos hombres debían pertenecer a la guardia real.
“Le ordenaron arrodillarse, acto que obedeció sin mayor prisa.
—¿Dónde están tu esposa e hijos? —preguntó el capitán.
—Los estás viendo —respondió con parsimonia.
“El capitán miró en todas direcciones, pero sólo estaban ellos, golpeó con el pomo de su arma el rostro del viñador.
—¿Dónde esta tu familia? —volvió a cuestionarlo con desprecio en sus palabras.
“Se limpió la sangre; tenía rota la nariz, un par de gotas resbalaron y fueron drenadas con premura por el suelo poroso.
—¿Estás sordo acaso? —sonrió—, ya te dije que la estás viendo.
“El golpe no se hizo esperar; Natael tomó algo de tierra y se la mostró al guardia.
—Esto es mi familia, aquí están, en estos plantíos —su mirada era fría y estoica—, hace varios años que murieron bajo un ataque de ladrones. Yo sobreviví sin saber por qué; sepulté aquí a mi esposa e hijos. Como no tenía más cosa para marcar sus tumbas, coloqué vides sobre ellas, las cuales florecieron, dándome las uvas más deliciosas que haya visto. Decidí hacerlas vino y me di cuenta de cómo mejoraron la crianza de mi viñedo, era el mejor abono que podría tener, sangre humana.
“Todos los guardias dieron un paso hacía atrás, presos de un escalofrío inusual; Natael lentamente se puso en pie mirando al capitán de aquella tropa.
—Fui a buscar a los asesinos de mi familia; los encontré dormidos; aún no sé cómo fue que di con ellos; una voz me llevó entre dunas y planicies hasta su campamento. Asesiné con mis propias manos a cada uno de ellos y los sembré en todo este campo, al cabo de un par de meses dieron uvas hermosas, deliciosas, perfectas.
“Los guardias comenzaron a ponerse nerviosos, sentían como si las uvas fueran los ojos de las cepas y los observaran con hambre.
—Desde entonces he dado muerte a un sinnúmero de personas para alimentar mis cultivos; la sangre da cuerpo y sabor a mis uvas, produciendo el vino más delicioso, un vino con cuerpo, con… —sonrió— alma.
“Uno de los guardias dio un certero golpe en la nuca del viñadero, logrando sacar del temor a sus compañeros; a sus pies yacía el hombre sin sentido.
—¡Rápido, corten todas las plantas que puedan, daremos muerte a este desgraciado tal como lo pidió Su Excelencia Zuqaqip!
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Continúa en el sigueine emsnaje de este hilo
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—Natael despertó con una gran herida en el costado; se encontraba amarrado por el torso a una palmera. El agudo dolor que rayaba en el paroxismo de la locura se acrecentó cuando vio arder su viñedo. A sus pies yacían varios troncos de vid.
—Ahora que has visto que tu infame plantación ha muerto lo harás tú también.
“El condenado vio que los troncos a sus pies estaban afilados, su verdugo clavó varios de ellos en su cuerpo. Piernas, brazos y abdomen, uniéndolo al árbol del cual estaba sujeto. Estando en el umbral que divide los dos mundos, Natael vio cómo el capitán tomó el último trozo de vid y perforó su torcido corazón.
—Sombras y fuego, eso esperaba al beduino, un eterno suplicio por sus crímenes cometidos en vida, para una mente y alma que habían ofendido a Dios.
“Sin embargo, Natael no murió; justo cuando el sol se ocultaba, cuando el último latir de su corazón estaba por detenerse; escuchó una voz distante, la voz de Dalhan, el demonio devorador de viajeros.
—Morirás Namir[2], arderás en el infierno por siempre, serás carne que los caídos comerán, masticarán y te regurgitarán para volverte a comer. Tendrás mil y un tormentos que te atosigarán por la eternidad a menos que…
“Guardó silencio.
—¿Qué?
—A menos que renuncies a tu esperanza, te hundas en las penumbras de la oscuridad, te conviertas en la aberración y el temor de los ángeles. Te daré poder, poder sobre la vida; poder sobre la muerte, el miedo que roe almas bajo el cubierto de la noche. Beberás sangre, al igual que tus viñedos, será tu único alimento. Vivirás por siempre, sólo el fuego que muerde la vid con fiereza o el sol que seca sus jugos te podrán matar; serás sempiterno.
—¿Eres Dios? —preguntó dubitativo.
—¿Dios? —rió con sarcasmo— ¿Hablas acaso del mismo Dios que mató a tu familia, del mismo Dios que te ha puesto en esta situación, que permitió que te convirtieras en un asesino? ¿Hablas acaso de ese Dios? No Natael, yo no soy ese, yo soy Dalhan, el único que acudió a tu llamado de justicia; soy quien te llevó adonde esos ladrones dormían; soy quien te ha llevado a todos esos viajeros perdidos que hábilmente has convertido en alimento de tus vides, no soy tu Dios, pero he hecho mucho más por ti que El Que Reina en lo Alto ha hecho por ti.
—¿Por qué yo? —preguntó desconcertado.
—Porque tu corazón arde aún con sed de venganza, porque el Que Reina en lo Alto, al no tener la misericordia de acabar con tu sufrimiento te dio un infierno; porque asesinas para devorar la vida y alimentar tus frutos; porque realmente Natael, no le temes. Eres como yo. Odias al Que Reina en lo Alto. Quiero que seas mi enviado, mi mensajero, devorarás las almas de los humanos, como yo lo hago con los viajeros del desierto. Serás mi embajador de muerte por todo el mundo.
“Natael guardó silencio. Aquellas palabras tenían sentido para él, para calmar su sed de venganza sólo podría satisfacerla con sangre.
—Decide namir: mueres para arder en el tártaro o vives por toda la eternidad.
“Sus ojos alcanzaron a vislumbrar una sombra delante de él que extendía su mano. Con las pocas fuerzas que le quedaban logró sujetar aquella mano; el trato se había hecho”.
—La vida se apagó en Natael. Su corazón dejó de bombear sangre y sus plumones de jalar aire, había fallecido. Estaba muerto, pero vivo, era una aberración contra todo lo natural; sin embargo, no podía moverse.
—¡Quítenlo de ahí para que los buitres se lo coman! —gritó el capitán.
Desataron el cuerpo, dejándolo caer sobre la arena.
—¡Retiren esas malditas plantas y arrójenlas al fuego!; no quiero que ni una de estas cosas pueda echar raíces otra vez —ordenó.
“Fueron removiendo uno a uno los troncos. Cuando quitaron el último, aquel que atravesaba su corazón, Natael sintió el control de su cuerpo otra vez. Pudo moverse. Se abalanzó sobre uno de los guardias; tan rápido que no lo pudieron ver. De entre sus fauces emergían cuatro colmillos alongados que penetraron el cuello del guardia, dejándolo seco en un instante.
“Con la furia de una tormenta cayó sobre los soldados uno a uno, quienes tuvieron el mismo fin que su compañero; el capitán logró llegar al caballo para huir, azotó con dureza los costados de la montura, la cual respondió de inmediato, presa del mismo miedo que su jinete. Corrió a todo galope, mirando con temor hacia atrás, donde una silueta lo miraba, perdiéndose en lontananza. Volvió su mirada al frente, para ver con horror al viñadero a pocos metros de distancia. La diestra del hacedor de vinos se movió rápida y certera, partiendo el cráneo del caballo de un solo golpe; el jinete cayó, rodando por la arena. Aquel ser se acercó, levantándolo en peso y mordió con fuerza su cuello, lo último que vio el infortunado capitán fue la luna llena sobre el desierto.
“Al final de la masacre, Natael, el padre oscuro, tenía sed, una sed como nunca había tenido en el desierto, que no se saciaba con agua: una sed de sangre”.
[FONT="][1][/FONT] Como se les conocía a los reyes de las ciudades estado en el 3500 AC.
[FONT="][2][/FONT] Namir: Peyorativo con el cual los ángeles y demonios se dirigen al ser humano, significa Simio.